Viaje alucinante al fondo de la mente
Cabeza borradora pertenece a ese grupo de obras inexplicables que el cine ofrece de tarde en tarde. Al igual que el 2001 de Kubrick o Un perro andaluz de Buñuel y Dalí, el film de Lynch no se puede describir de manera racional. Deliberadamente, se coloca en una posición tan alejada de cualquier interpretación lógica y tan rabiosamente enfrentada a cualquier tipo de construcción narrativa tradicional que su visionado no admite términos medios. Ésta ha sido, ya desde este film, la constante de su autor.
Empeñado en escarbar en los rinconces más profundos de la psique humana y regurgitarlos al espectador en forma de pesadillas paranoicas, teñidas de un turbio romanticismo, en donde Eros y Thanatos campan a sus anchas en medio de un clima desasosegante y angustioso, el grueso de la obra de Lynch se basa en la deconstrucción de cualquier imaginario popular, sacando a la luz su flanco más brutal y demente. Ya sea la podredumbre moral escondida en una colectividad aparentemente idílica (Terciopelo Azul), en el reverso tenebroso de un cuento de hadas sobre dos desclasados (Corazón salvaje) o en la reflexión metalingüística y terminal del estrecho margen que separa la realidad y la ficción (Mulholland Drive). Asimismo, el ritmo premeditadamente pausado refuerza la extrema intranquilidad que exhala el universo de Lynch, alargando las secuencias hasta límites insospechados y provocando la inquietud más insoportable en el fascinado espectador.
El cine de Lynch, en el fondo, es la representación de un constante estado de escisión psicológica. Todos sus personajes se encuentran al borde de la enajenación o han accedido directamente a ella, de forma y manera que la concepción de los decorados o escenarios por los que se mueven son fieles representaciones de su demencia (los amplios salones con las características luces de pared), así como el sensacional diseño de efectos sonoros que reproduce, de la manera más turbadora que se pueda imaginar, todo un cúmulo de ilusiones auditivas.
Todo ello ya se halla materializado en Cabeza borradora, película que es mucho más que una simple indagación experimental como ha venido a demostrar el resto de la filmografía de su autor. Pero vayamos por partes. La película presenta una excusa argumental en parte deudora de cualquier comedia de Frank Tashlin, por ejemplo (Henry yendo a cenar a casa de los padres de su novia, su posterior boda y la difícil relación conyungal, en el fondo una historia de parejas). Sin embargo, todo ello está edificado sobre una estructura alucinatoria que hace desaparecer, casi desde el mismo comienzo del film, cualquier resquicio argumental con el fin de potenciar la abstracción y la intensidad sensorial como motores fundamentales a la hora de enfrentarse e intentar asimilar la propuesta de Lynch.
Esto nos lleva a considerar diversos factores que, si bien no dan una explicación directa a la película, sí nos hace ver qué es lo que desea plasmar el cineasta: por un lado, Cabeza borradora está envuelta en unos decorados enrarecidos, casi marginales que hacen que el film se encuentre fuera del tiempo, perdido en el limbo de una cronología indefinida que se alimenta tanto de elementos futuristas como de otros austeramente coyunturales. Éstos decorados, por consiguiente, ya sean los interiores en el apartamento de Henry o los exteriores en las calles de la ciudad, planean sobre el film otorgándole todo su aire onírico y asfixiante, en un ejercicio de claustrofobia que tiene su más evidente símbolo en el radiador donde habita la cantante de abultadas mejillas.
Por otro, la sombría, contrastada y espléndida fotografía en blanco y negro de Herbert Cardwell y Frederick Elmes acentúa, tanto el aspecto vanguardista y temerario de la obra, como su vertiente intencional. Al concebirse como expresión directa del cerrado universo de su autor, los claroscuros actúan como un personaje más, definiendo el estado anímico o emocional de los personajes dependiendo de cómo sea la intensidad de la luz (algo más diáfana al comienzo, duramente expresiva al final) o qué parte de sus rostros queda iluminado confiriéndoles, en ocasiones, aspectos extrañamente monstruosos (el personaje con que se abre y cierra el film), inquietantes (la vecina) o imprecisos (el mismo Henry).
De igual manera, el trabajo de todos los actores en general y de Jack Nance en particular deviene un elemento importante para redondear la propuesta de Lynch. El film se sustenta, sabiamente, en el rostro hierático, compungido de un excelente Nance quien, casi como un Buster Keaton venido directamente de Marte, concentra toda su labor expresiva en el mínimo gesto, en un leve levantamiento de ceja, un fruncimiento del ceño o un logradísimo trabajo corporal que consigue transmitir al espectador la pesadez existencial de un personaje grisáceo, desequilibrado, definitivamente perdido en los recovecos de la enajenación artística de David Lynch.
Cabeza borradora es, por todo ello (y mucho más), una experiencia al límite. Al límite de la vanguardia, al límite de lo racional y, sobretodo, al límite de la cordura. Lynch, al igual que ha demostrado en todas sus obras posteriores, es el cineasta que mejor conoce la mente humana, el único que puede sacar a la luz la mezcolanza de deseos, represiones o actos inaceptables que discurren por nuestro interior en las horas de sueño. Todo ello, afortunadamente, en la catártica oscuridad de una sala de cine.
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EEUU, 1976-78. Director, productor, guión, montaje, dirección artística: David Lynch. Producción: AFI y Libra Films. Música: Peter Ivers, David Lynch. Música no original: Fats Waller. Fotografía: Herbert Cardwell, Frederick Elmes, en B/N. Diseño de producción: David Lynch y Jack Fisk. Duración: 89 minutos. Intérpretes: Jack Nance (Henry Spencer), Charlotte Stewart (Mary X), Allen Joseph (Sr. X), Jeanne Bates (Sra. X), Judith Anna Roberts (chica), Laurel Near (dama). |
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