Lo cotidiano como recipiente de lo extraordinario

El exorcista (The Exorcist; 1973) siempre me ha parecido un film de terror tremendamente particular. Pese a tratarse de una supeproducción financiada por la Warner Bros., con un director que por aquel entonces, era de los más prometedores del momento con un Oscar y todo en el bolsillo, el film dirigido por William Friedkin supura en todos y cada uno de sus planos una, por momentos, insoportable sensación de insufrible realidad. Los sonidos, los ruidos, la casa, la niña, los gritos..., todo parece sacado de la calle de al lado.

Esta impresión de incómoda cotidianidad, viene aderezada por un mosaico de personajes tan frágiles como la propia realidad. Chris McNeil (Ellen Burstyn), es una actriz que además —dato importante— es madre y la vemos planchar y limpiar la ropa. Pero cuando el drama hace dolorso acto de presencia, Chris se transforma en una mujer asustada, cansada, con los ojos ojerosos de pasárse una y otra noche en vela. Otro tanto de lo mismo se puede decir del otro prodigio dramático que es el personaje del padre Karras (Jason Miller), un hombre que al contrario que Chris, ya inicia el relato roto, demacrado. La madre del padre Karras es el péndulo que al borde del avismo, empuja a Karras a la oscuridad. El padre Karras encontrará en su misión demoniaca una forma de, nunca mejor dicho, exorcizar su ausencia de fe.

Pero además, El exorcista está muy bien filmada, y aquí reside, a mi parecer, uno de los aspectos más interesantes. Hay que admitir que William Friedkin es un director arriesgado, o al menos lo era, antes de involucrarse en proyectos como La tutora (The Guardian; 1990), Jade (1995), Ganar de cualquier manera (Blue Chips; 1994), Reglas de compromiso (Rules of Engagement; 2000) e incluso The Hunted (2003), que por más que sea su mejor pelìcula en años, está a años luz del talante de Friedkin de por ejemplo, A la caza (Cruising; 1980), sin que ésta sea ninguna obra maestra. Pero lo cierto y verdad es que William Friedkin, antes de caer en los suburbios de la mediocridad, era un director todo terreno que no parecía dispuesto a deternerse ante ninguna convención.

Pero volviendo a El exorcista, lo cierto es que en film de Friedkin el director de The French Connection (1971) consigue de forma muy sutil, que la imagen que El exorcista desprende sea de incómoda inestabilidad, de horrible cercanía, de desasosegante familiaridad. El exorcista, sin desmarcarse por completo, rehuye hasta cierto punto de las convenciones propias del cine de Hollywood, de la estabilidad estilizada propia de una gra producción. La cámara de Friedkin aborda El exorcista, con cierta inestabilidad visual, con cámaras al hombro o planos fijos. Además hay muy pocos primero planos, por lo general son planos americanos, enteros o generales. De hecho, Friedkin suele introducir las escenas de terror con planos abiertos, Reagan orinándose en mitad del salón, la primera vez que vemos a Reagan con la cara marcada, o todas las barbaridades que ésta se hace asimisma. William Friedkin no cae en el error de insertar primeros planos, ni si quiera cunado la niña, ya de aspecto monstruoso, arremete, verbal o con fluidos, al probe infeliz que se le acerca.

Terror subliminal

Mucho se ha escrito, a mi parecer, a todas luces demasiado, a cerca de la hipotética presencia de imágenes subliminales, que se suelen achacar a unas imágenes de un rostro, de aspecto diabólico, que aparece interminténtemente a lo largo del film de forma muy concreta. Aunque tengo que admitir que no conozco personalmente a ninguno de los responsables de El exorcista, recuerdo haber visto a William Friedkin en una entrevista asegurando que ese mito era eso, un mito, que la inserción de cualquier imágen en el film, era concreta y perfectamente localizable.

Aunque todos sabemos el gusto por parte de algunos autores de enfatizar sus propios mitos, llamenme iluso, pero a mi me basta. Más que nada porque considero que el verdadero terror de El exeorcista, efectivamente, supuro de entre cada fotograma, no por una técnica tan burda como la inserción de planos subliminales (para eso ya esta David Fincher, ¿no?), sino por la propia esencia del film, por la atmósfera del conjunto, por lo intrincado de su tragedía, por lo trascendente de su propuesta.

El exorcista es un film que consigue proponer de manera, muy sencilla, una aproximación verdaderamente trascendente y compleja. Aunque el film presenta ciertos tópicos, o mejor, ciertos amagos de tópicos, a veces irremedibales, como es el personificar el mal, en un sujeto sobre el que poder descargar nuestros atques, en ese sentido, el film de Fridekin conserva algo que pocos films de terror poseen, y es que pese a esa personificación del mal, la lucha sigue siendo interna, trascendente. Sabemos que Reagan esta poseida por algo, por el mal esencialmente puro, los ataques del padre Merrin (Max Von Sydow) son místicos, intangibles (aunque el agua bendita le cree grietas de sangre a Reagan, es pese a todo el precio a pagar por ser occidentales), el aterrador dolor con el que debe convivir el padre Karras, es interno.

El film en su conjunto es poroso, en su esencia y transmisión del mal. Sus imágenes, por cercanas y verosímiles, lindantes con el realismo, juegan un papel decisivo en su transmisión de lo malvado, donde lo cotidiano, se torna recipiente de lo extraordinario.

Por David González
cartel

EEUU, 1973. Director: William Friedkin. Productores: William Peter Blatty, Noel Marshall, David Salven. Guión: William Peter Blatty. Música: Jack Nitzsche. Música no original: David Borden, Mike Oldfield, Anton Webern, Krzysztof Penderecki. Fotografía: Owen Roizman, Billy Williams, en color. Montaje: Norman Gay, Evan A. Lottman, Bud S. Smith. Diseño de producción: Bill Malley. Duración: 122 minutos. Intérpretes: Ellen Burstyn (Chris MacNeil), Max von Sydow (madre Lancarter Merrin), Jason Miller (padre Damien Karras), Lee J. Cobb (teniente William Kinderman), Kitty Winn (Sharon Spencer), Jack MacGowran (Burke Dennings), Linda Blair (Regan Teresa MacNeil).