Un mundo fantástico completamente nuevo

«Me gusta la fantasía; Me gusta la ciencia-ficción; Me gusta crear mundos. Y el rock presentaba la posibilidad de crear un mundo fantástico completamente nuevo»
Brian de Palma (1)

El fantasma del paraíso estaba "condenado" a convertirse en obra de culto ya desde su estreno, en la noche de Halloween de 1974. Tan sólo contemplando los cinco primeros minutos, cualquiera puede darse perfecta cuenta de que no va a ver una película al uso. Es más, hoy en día, más de 30 años después, pocas películas desde entonces han sido capaces de ofrecer algo parecido. En ese espectacular comienzo, mientras contemplamos el sello de "Death Records" (un pájaro muerto que se me antoja el reverso tenebroso del de "Swan Song", el de Led Zeppelin), una voz en off nos anuncia lo que vamos a presenciar. Aunque por supuesto las palabras se quedan cortas, sirven bien para anunciar lo que se avecina dando ya desde el principio cierta dimensión a la historia.

A continuación vemos a los Juicy Fruits desgranando en directo Goodbye, Eddie, Goodbye, el primero de los números musicales de la película, mientras van sucediéndose los títulos de crédito. Al acabar la actuación, veremos la presentación de los dos personajes principales: A Swan, una especie de Phil Spector que convierte en oro todo lo que produce, que aparece como un malvado de opereta; mediante el empleo de la cámara subjetiva el director nos coloca desde su perspectiva, donde observamos la mirada temerosa de su esbirro Philbin, que escucha atentamente las maquinaciones del villano, del que sólo podemos ver sus guantes blancos, reservándose su rostro para más tarde. Después, llega Winslow Leach, el héroe de la historia, el que se convertirá en el fantasma, sentado a su piano mientras el segundo número musical no se hace esperar.

Efecivamente, la película es un musical, más exactamente un musical de horror, haciendo caso a una definición del propio director, pero alejado del género como se le entiende habitualmente, pues a diferencia de otros musicales, las canciones se integran en la narración permitiendo que ésta avance de un modo lógico, no siendo, como en otros musicales (no todos), meros descansos narrativos en los que no ocurre nada con la historia. Poco importa que las actuaciones sean el centro de atención de lo narrado o que por momentos pasen a un segundo plano, centrándose la acción en las conversaciones de los personajes (la del comienzo entre Swan y Philbin) o simplemente en hechos ajenos al número musical (la secuencia de la bomba, por ejemplo), lo importante es que los protagonistas no se ponen a cantar porque sí (como en la mayoría de musicales; ya sé que es una convención del género, pero qué le voy a hacer, esas cosas me ponen nervioso y nunca los disfruto como debiera), sino porque es parte de la historia.

Con un tono paródico (no hay más que ver la captura de Winslow y su ingreso en prisión, más aún, su imposible huida), de Palma envuelve una historia que a nivel argumental bebe directamente de El fantasma de la ópera (no sólo desde el título), tanto de la novela como de cualquiera de las versiones cinematográficas y de Fausto, desde la cantata inspirada en la obra que compone Winslow hasta la propia historia de Swan, que vendió su alma al diablo a cambio de su eterna juventud y su éxito, y que a su vez hará el papel de Mefistófeles ofreciéndole a Winslow un trato que no podrá rechazar.

Estéticamente, el director de Carrie (id., 1976) despliega una vez más un catálogo de recursos que, unidos, son a día de hoy, probablemente la mejor seña de identidad de su cine. Emplea la pantalla dividida que tanto le gusta en la secuencia de la bomba, en un homenaje no demasiado explícito a la secuencia inicial de Sed de mal (Touch of Evil, Orson Welles, 1958), o al menos no tan explícito como el que le hace a su admirado Hitchcock, al parafrasear la famosa secuencia de la ducha de Psicosis, de un modo bastante divertido, ya que no sutil; también la cámara subjetiva en varias ocasiones como la citada presentación de Swan, o la incursión del fantasma en Swanage (la mansión del malvado), que a su vez es un pequeño plano secuencia, de esos con los que también suele obsequiarnos. Además de un montaje plagado de recursos como las cortinillas de diseño entre secuencias o la superposición de imágenes (memorables los relojes con forma de vinilo o viceversa), a la hora de, por ejemplo, mostrar el transcurso del tiempo mientras Winslow termina su cantata encerrado en la mazmorra que Swan le reserva.

Siempre digo que me gustan las historias de venganza. Por pobre que sea el argumento, y este no es precisamente el caso, sólo por el hecho de narrar una venganza se engrandece la historia. Por supuesto, se puede fallar en otros puntos, pero este tampoco es el caso. Porque la venganza, como el amor o el odio, o tal vez porque casi siempre surge de la conjunción de ambos, es uno de los sentimientos más fuertes que existen, y se consume ésta o no, si la película consigue transimir ese deseo, y este sí es el caso, gana muchos puntos a su favor. El fantasma del paraíso, de todos modos, conjuga todo en su historia, amor, traición, y la subsiguiente venganza. Y además lo adereza con música, mucha música: Desde el glam rock que estaba en pleno apogeo en esa época, el surf y el doo-wop de los cincuenta o el rock más setentero, o fusionando todos ellos, la banda sonora de Paul Williams (que encarna además al malvado Swan) es de una excelencia musical que no sólo no desmerece a la película, sino que contribuye a convertirla en lo que es hoy en día, sobre todo teniendo en cuenta que la música es uno de los protagonistas más importantes de la historia. Ella, junto con el montaje, es el principal motor impulsor del endiablado ritmo que la mueve. Una vez más nos podríamos remitir a la secuencia inicial o a la de la captura-ingreso en prisión-fuga de Winslow, que probablemente sea la más rápida de la historia del cine (a pesar de los seis meses que transcurren entre uno y otro momento), o al menos la sensación que deja al espectador. La audición de Phoenix (Jessica Harper, que canta de maravilla, por cierto) o la actuación de Beef y su banda son también ejemplos donde la música ejerce como catalizador, tanto si está en primer plano (la audición) o en segundo plano (cuando el fantasma prepara su ataque a Beef, mientras éste "canta" con toda su alma).

La combinación de géneros es otra de las bazas que juega a favor de la película. Una combinación en la que quizá con el predominio del musical (un musical especial, como hemos dicho) y la comedia, una comedia que, a pesar de todo, no impide que el final resulte conmovedor, permite la irrupción del terror y el género fantástico que dimensionan la historia, completándola, convirtiéndola lo mismo en una caja de sorpresas que en una bomba de relojería de imprevisibles consecuencias.

Tenemos que sumar a esto un elenco de actores para quitarse el sombrero, pues están increíbles tanto los secundarios George Memmoli (Philbin) y Gerrit Graham (Beef), como William Finley (El fantasma). Pero merecen destacarse Paul Williams en el papel del villano Swan, que imprime la maldad y la sorna adecuadas a un personaje que parece hecho a su medida, y sobre todo Jessica Harper (Phoenix), en lo que supuso su descubrimiento para la gran pantalla. Su interpretación transmite perfectamente la fragilidad del personaje, que, sin embargo, se muestra completamente desenvuelto cuando se sube al escenario, logrando perfectamente la contraposición de ambos caracteres.

El fantasma del paraíso, con un portentoso derroche de imaginación y fantasía, transporta al espectador a ese mundo fantástico completamente nuevo del que hablaba De Palma. Un mundo en el que priman la música, el espectáculo y la aventura.

(1) En una entrevista publicada originalmente en 1975 por Filmmakers Newsletter, reproducida a su vez en www.briandepalma.net

Por Sergio Vargas
cartel

EEUU, 1974. Director y guión: Brian De Palma. Productor: Edward R. Pressman. Brian de Palma. Fotografía: Larry Pizer, en Color. Música: George Aliceson Tipton, Paul Williams. Montaje: Paul Hirsch. Diseño de producción: Jack Fisk. Duración: 92 min. Intérpretes: Paul Williams (Swan), William Finley (Winslow Leach), Jessica Harper (Phoenix), George Memmoli (Arnols Philbin), Gerrit Graham (Beef), Archie Hahn (Juicy Fruits), Jeffrey Comanor (Juicy Fruits), Harold Oblong (Juicy Fruits).