Rodada en 1972, la última película de Joseph L. Mankiewicz es un apasionante thriller psicológico que reflexiona sobre la lucha de clases y el juego como filosofía de vida y diabólico método de humillación y venganza.
Tras una brillante carrera como director y guionista que alcanzó sus cotas más altas de calidad entre 1949, año de Carta a tres esposas, y 1959, cuando rodó De repente, el último verano, Joseph Leo Mankiewicz se enfrentó a la que sería su última película con la ilusión y las energías de un debutante. Muy pocos directores han sabido despedirse de la industria con un film tan redondo, vital e inteligente, lleno de dobles lecturas y matices, a la vez que entretenido y con una clara vocación comercial. Como en su anterior film, El día de los tramposos (1970), Mankiewicz construye la película alrededor de una magnífico texto y dos actores en plenitud de facultades. Si en aquélla fue el tándem de guionistas David Newman-Robert Benton y los actores Kirk Douglas y Peter Fonda, en ésta es una pieza teatral de Anthony Shaffer (Frenesí), que firma también la adaptación, y la portentosa actuación de Laurence Olivier y Michael Caine, dos de los mejores actores británicos de todos los tiempos.
Olivier da vida a Andrew Wyke, un potentado escritor de novelas policíacas que vive pagado de sí mismo en una rica mansión del siglo XVI decorada con todo tipo de juegos. Muñecos parlantes, un billar, juegos chinos de ingenio, puzzles, ruletas de la fortuna y un largo etcétera lúdico forman el santuario privado de un hombre convencido de que "la novela criminal es la recreación de la mentes nobles". Él mismo es un aristócrata, un hombre anclado en el pasado que desdeña la modernidad y el arrivismo de las clases populares. Un día, Wyke decide invitar a su casa a Milo Tindle (Caine), un joven peluquero de ascendencia italiana que resulta ser el amante de su mujer Marguerite, para hacerle una proposición en apariencia beneficiosa para ambos.
Wyke, que a su vez tiene una amante, Taia, quiere que Tindle finja ser un ladrón que asalta la casa y roba las joyas aseguradas de su esposa. Así, Tindle podría venderlas y vivir holgadamente con Marguerite, acostumbrada a un lujoso tren de vida, mientras que Wyke cobraría el seguro y haría lo propio con Taia. Al principio, Tindle se muestra escéptico con la oferta porque Wyke es suficientemente rico como para prescindir del seguro, y también porque cree que no tiene sentido ayudar al amante de su mujer. Sin embargo, éste le explica que su "noble espíritu de caballero" le obliga a procurar el bien de Margueritte, aunque sea con otro; pero sobre todo es la ruina del negocio de Tindle lo que le convence definitivamente de dar el golpe y robar las joyas. La avaricia, por tanto, activa un macabro juego en dos actos donde nada es lo que parece y cada personaje se desdobla en múltiples identidades conforme avanza la historia.
Un juego sin ganadores
Amante obsesivo de la mascarada, Wyke embarca a Tindle en un robo que no es sino el inicio de un primer juego inspirado en sus propias novelas (que no en vano están protagonizadas por un detective aristócrata que es una proyección narcisista del mismo Wyke), cuyo fin es humillar al joven peluquero y alejarle de Marguerite, a la que aunque ya no ame se resiste a perder por orgullo personal y de clase, el verdadero tema del film. Primero le reta a buscar las joyas, luego le convence de que se disfrace de payaso para que nadie pueda identificarle, y por último le engaña con una pistola de fogueo haciéndole creer que va a matarle. Tindle cae en las redes de Wyke por necesidad, una necesidad disfrazada de amor; pero también porque quiere demostrar al escritor que puede superar el reto, que no es el estúpido hijo de un inmigrante italiano fracasado y que está a la altura de los viejos caballeros ingleses. En ese punto el amor desaparece de la trama y Mankiewicz desvela el verdadero pelaje de la obra: la lucha histórica de clases. "Un figurón muerto de hambre que desconoce cuál es su puesto. ¡Le odio, le odio, le odio!", grita Wyke a Tindle poco antes de dispararle.
Enardecido por la victoria, Wyke se dispone a celebrar su triunfo con una cena al ritmo de Cole Porter —atención a las letras de las canciones Just one of these things, You do something to me y Anything goes, así como al tono bufonesco de la genial partitura de John Addison—, cuando llaman a la puerta. Es el inspector Doppler, encargado de investigar la desaparición de Tindle. Como en sus novelas, Wyke menosprecia la figura del policía, pero muy pronto éste se rebela como un hombre sagaz y le arrincona acumulando pruebas que apuntan un posible asesinato de Tindle a manos de Wyke. Los papeles se han invertido y, por primera vez en la película, el afamado escritor da muestras de debilidad e inseguridad. Por fin, Doppler consigue arrancar a un humillado Wyke una confesión sobre lo sucedido, y en ese mismo instante el policía le hace otra confesión aún más demoledora: Doppler es en realidad Milo Tindle disfrazado. «Ustedes juegan, los de mi clase nos vengamos», le dice Caine a Olivier.
No contento con eso, Tindle le explica a Wyke que ha asesinado a su amante, Taia, y que tiene menos de un cuarto de hora para encontrar cuatro pruebas que le inculpan antes de que llegue un inspector de verdad. Pese al escaso tiempo, Wyke logra hallar las pruebas segundos antes de la entrada del policía, que no es otro que un sonriente Tindle. Taia está perfectamente; todo ha sido una nueva farsa. La victoria (o venganza) ya es total. Pero aún queda una última sorpresa. Incapaz de asumir la derrota, personal y social, Wyke apunta a Tindle con un arma cargada con balas reales y le mata. De nada sirve que éste le diga que ha informado a la policía sobre lo sucedido esos días, y que puede presentarse en cualquier momento para comprobar la veracidad de los hechos. Wyke está cegado por la ira y acaba con Tindle justo cuando se oyen las primeras sirenas de la policía. Ninguno ha ganado. Sólo una invisible Margueritte, que presumiblemente heredará una fortuna.
El canto del cisne
El rodaje de la última cinta de Mankiewicz tuvo lugar íntegramente en los famosos estudios Pinewood de Londres, donde se recreó el interior de la mansión de Wyke, único escenario del film a excepción del jardín con forma de laberinto en el que arranca la cinta, y un par de escenas breves en el exterior de la casa. En pantalla, esta unidad de acción, heredada del origen teatral del texto de Shaffer, se convierte en un elemento de enorme importancia dramática, ya que contiene las decenas de juegos que colecciona Wyke. Lejos de ser testigos mudos del guión, estos juegos son símbolo y metáfora de todo cuanto sucede, tiñendo la película de un espíritu grotesco, cínico y burlón, por otra parte habitual en buena parte de la filmografía del realizador. Julio César, Eva al desnudo, La condesa descalza o la citada El día de los tramposos descubren un director irrepetible a la hora de escenificar la idea aristotélica de que la vida es un teatro, y todos nosotros máscaras.
Con La huella Mankiewicz añadió un escalón más a esa particular disección de las dobles apariencias, las inteligencias que se suicidan desde su propio ego y las vanidades que corrompen almas y corazones. ¿Un regate al Hollywood que conoció? Todo ello desde un sentido del humor negro y satírico que hace comprensible su mensaje al público adulto. Sin duda, un rasgo que heredó de su maestro Lubitsch, quien le supo inculcar que no hacían falta inaprensibles discursos (textuales y/o visuales) para explicar el funcionamiento de la psicología humana. La huella fue nominada a cuatro Oscar (director, actor principal por partida doble para Caine y Olivier y banda sonora) pero no ganó ninguno. Ese año, 1972, la ola del nuevo cine americano estaba en lo más alto y El padrino de Coppola y Cabaret arrasaron en la mayoría de categorías. Un relevo generacional que Mankiewicz entendía mejor que nadie porque lo había rodado muchas veces.
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Reino Unido, 1972. Director: Joseph L. Mankiewicz. Productores: Morton Gottlieb, David Middlemas, Edgar J. Scherick. Guión: Anthony Shaffer. Música: John Addison. Fotografía: Oswald Morris, en color. Montaje: Richard Marden. Dirección artística: Peter Lamont. Duración: 138 minutos. Intérpretes: Laurence Olivier (Andrew Wyke), Michael Caine (Milo Tindle), Alec Cawthorne (inspector Dop pler), John Matthews (detective sargento Tarrant), Eve Channing (Marguerite Wyke). |
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