La rapsodia sentimental

«Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi ex mujer más que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué ha sido de aquel amor? Qué ha sido de él, eso es lo que quisiera yo saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo.»

De qué hablamos cuando hablamos de amor

Ni el título ni la cita son míos, son de Raymond Carver, ese narrador de historias inequívocamente americanas contadas con tan mala baba, con ese sello tan yanki, tan revulsivamente yanki quiero decir, precario y sucio como el realismo que practicaba Carver en sus cuentos, prácticamente la misma América grasienta e inexacta que filman Jarmusch, Hartley, Waters, Lynch, los indivisibles Coen, los astracanescos Solondz y Clark, a su manera Tim Burton, evidentemente Altman. Narradores de lo feo, lo reprobable, la antítesis del american way of life, seguramente de fondo se escuche a Tom Waits. Pero hay otra América. La América de Allen, la de la costa Este, es distinta, muy poco yanki, y salvo excepciones, circunscrita a una élite. Los conflictos son otros, más sofisticados, profundos y cómicos, aliñados con psicoanalista, intelectualidad, de fondo siempre suena una pieza de buen jazz. Nunca hay la suciedad, el generalizado alcoholismo argumental de los relatos de Carver, o de Irving, o de Auster; y aún así, aunque Allen se desvincula de esa herencia narrativamente tan yanki porque él es simplemente un cómico que se plantea cómo acabar de una vez por todas con la cultura, aún así en Manhattan y en tantas otras, se pregunta, también, de qué hablamos cuando hablamos de amor.

Hubo un tiempo en que Ike amaba a su ex mujer, juntos tuvieron un hijo. Ahora ella tiene la custodia del niño y él pasa las de Caín para poder estar con su hijo los fines de semana. Ike aborrece a su ex mujer, no existe un verbo que defina lo que aborrece exactamente a la novia de ella, su ex mujer se hizo lesbiana. Actualmente Ike está enamorado. Sale con una chica, Tracy, y la diferencia de edad es tal que Ike es mayor que su padre. Tracy sólo ama a Ike porque ella es la inocencia, la que de verdad tiene fe en las personas. El íntimo amigo de Ike, Yale, se acaba de enamorar de una mujer bastante más joven que su esposa. Mary, la mujer que no usa rimel porque sale con un hombre casado, ama a Yale, o eso cree ella, aunque no termina de olvidarse de aquel ex que le enseñó absolutamente todo en la vida. Inexplicablemente a Mary empieza a hacerle tilín Ike, el debut de ellos dos había sido horrible en aquel museo pero lo pasaron francamente bien en el planetario; el sentimiento parece ser recíproco. Ike vuelve a enamorarse, de Mary, se desenamora de la joven Tracy; pero terminará reenamorándose, igual que lo hacen Mary y Yale para desgracia de la esposa de él. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué fue de aquel amor, y del de después, del de antes y del de ahora?

Manhatta, entre otras cosas, trata de las diletancias sentimentales de dos parejas y una jovencita que está a punto de tomar un avión rumbo a Londres, de la caprichosidad, incoherencia, del amor, de las relaciones, las parejas, los desacuerdos porque no hay fifty-fifty, los cuernos, el nacimiento de una relación, mítico, romantiquísimo, ese banco con dos figuras en la noche frente al puente de Brooklyn, y luego esa carrera antológica por calles neoyorkinas llenas de semáforos cuando Ike va en busca de Tracy; ayer se amó a una hermana y hoy se ama a otra distinta porque el corazón, afortunadamente, es un músculo muy muy elástico. La cita es de Woody Allen, de Hanna y sus hermanas , ese puzzle sentimental donde también va y viene el amor, su disección, porque suele pasar que Allen casi casi puede decirnos cómo se explica la inexplicabilidad del amor.

«Me acordé de aquel de aquel viejo chiste, ya saben, es la historia de aquel tipo que va al psiquiatra y le dice: "Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina", y el doctor le responde: "¿Por qué no lo interna?", y el hermano replica: "Lo haría, pero necesito los huevos". Pues bien, así es poco más o menos como suelo ver las relaciones. Completamente irracionales, locas y absurdas; pero creo que las mantenemos porque... la mayoría de nosotros necesitamos los huevos.» (Annie Hall, 1977)

Allen versus Allen

Cuando era más joven, además de dormir de un tirón cada vez que encontraba una cama, me gustaba más Annie Hall que Manhattan , debía de ser porque indiscutiblemente tiene más chistes por rollo de película, chistes como el de un poco más arriba; o por sus aciertos, siempre aplaudidos, míticos, Marshall McLuhan aparece inesperado en la cola de un cine, Alvy alarga el tener sexo con Allison Portchnik y utiliza como excusa una discusión en torno a la culpabilidad o no de Lee Harvey Oswald, Alvy asiste al pasado de Annie y Annie al de Alvy, ninguno de los dos termina de ponerse de acuerdo en cuanto al sexo en el psicoanalista, Alvy besa a Annie antes de la cena para aplacar los nervios de la primera cita, Annie le telefonea a las tantas de la noche porque tiene una urgencia, hay una araña atrincherada en su baño. Siempre me pirró Annie Hall por ser crónica de relación, mosaico sentimental de Annie y Alvy, y cada tesela del mosaico un pedazo de vida de ellos dos, a veces juntos a veces no, adelante o atrás en el tiempo y sin importar demasiado la cronología exhaustiva.

Desde que rondo la adultez no sé por qué voy prefiriendo Manhattan , por su adultismo, su blanco y negro, supongo. Por tener tanta clase y ser un filme invulnerable al paso del tiempo. Por esa obertura que lleva implícito un neón con el título, de fondo suenan los acordes de George Gershwing, primero un clarinete en solitario luego una orquesta epopéyica. Y también por salir Woody Allen, nada más empezar, fumando un cigarrillo. Por describir, y descubrir, con puntería lo complicado de los sentires y de los pensares. Por hacer prácticamente nuestra a esa élite alleniana, sofisticadamente problemática y a veces tan snob que incluso osa incluir a Bergman, y por qué no a Mozart, en la Academia de los Sobrevalorados. Por remitirnos a un mundo que sólo existe en las películas de Woody Allen. Y porque, seguramente, Manhattan forme parte de esa lista de cosas que hacen que la vida merezca la pena.

Para colofonear, decir que a día de hoy, además de comer caliente, pagar mis impuestos y tener pasaporte, suele pasarme que sonrío y requetesonrío e incluso lloro, porque soy sentimentalmente cinéfila, cuando requeteveo Annie Hall; pero termina volviéndome loca Manhattan porque, de alguna manera, comprendo lo premeditado de un mosaico que va y que viene en el tiempo, y en cambio lo mágico de ese transcurrir, en blanco y negro, sin que casi se note porque el rapsoda compuso una historia clásica. Un clásico.

The end

Por Penélope Coronado
cartel

EEUU, 1979. Director: Woody Allen. Productor: Charles H. Joffe. Guión: Woody Allen, Marshall Brickman. Música no original: George Gershwin. Fotografía: Gordon Willis, en b/n. Montaje: Susan E. Morse. Diseño de producción: Mel Bourne. Duración: 96 minutos. Intérpretes: Woody Allen (Isaac Davis), Diane Keaton (Mary Wilkie), Michael Murphy (Yale), Mariel Hemingway (Tracy), Meryl Streep (Jill), Anne Byrne Hoffman (Emily) Karen Ludwig (Connie), Michael O'Donoghue (Dennis).