Rectitud y autodestrucción
La fugacidad de un tiempo que se nos escapa y el duelo constante entre la razón y la pasión, la rectitud moral y los sentimientos, el arte y la vida... todos los temas que obsesionaron a Luchino Visconti están presentes en Muerte en Venecia, el relato de los últimos días de un famoso compositor, quien, sabedor de que su final —físico y moral— está muy cerca, viaja a la ciudad de los canales para intentar olvidar.
Lejos ya de su etapa más combativa, el Visconti de Muerte en Venecia se erige en el último cronista de una casta social que desapareció con las bombas de la Primera Guerra Mundial: la rígida aristocracia europea, a la que él mismo pertenecía.
El protagonista de la cinta, que adapta la novela homónima de Thomas Mann, es Gustav von Aschenbach, un compositor —trasunto de Gustav Mahler— convencido de que la única forma de alcanzar la belleza es a través de la perfección espiritual. Sus teorías, que intentan disfrazar la mediocridad y la ambigüedad de un personaje que reniega de sus pasiones hasta los extremos más enfermizos, se colapsan cuando en el Lido veneciano conoce a Tadzio, un joven de aspecto andrógino, un ángel de cabellos rubios inocente y malvado a la vez, del que se encapricha.
Poco a poco, y con hipócritas reticencias, Aschenbach olvida su rígido código moral para dejarse arrastrar por una espiral autodestructiva que le conducirá hacia lo inevitable. Los juegos de miradas entre el artista y el joven dan paso a unas cada vez menos disimuladas persecuciones por las calles y los canales de Venecia, ciudad que a través de la cámara de Visconti se asemeja más a un desolado y frío panteón, a una urna en la que reposan las cenizas de una aristocracia decadente al ritmo de la música de Mahler, que al paraíso turístico idealizado por el cine en tantas y tantas películas.
El cineasta italiano recrea con gran minuciosidad el artificioso mundo de la élite europea, que pasa su último verano en una Venecia castigada por una epidemia de cólera asiático que bien podría haber sido provocada por Tadzio, convertido en un serafín vengador. Sus personajes de pomposos modales y elegantes vestiduras son poco más que estatuas, restos de un naufragio que pronto desaparecerán entre las turbulentas aguas del siglo de las guerras.
Aunque platónico, el deseo que Aschenbach siente por Tadzio es lo suficientemente fuerte como para acabar con una vida que, cuando llega a Venencia, ya ha fracasado en lo personal y artístico y únicamente aguarda el tiro de gracia.
Los esfuerzos del artista por recuperar lo imposible —la juventud, el tiempo perdido, el amor—, traspasan la frontera de lo mental en el último tercio de la cinta, cuando un peluquero le convence para rejuvenecerse con tinte y productos de belleza. A partir de ahí, y gracias a la excelente composición de Dirk Bogarde, Aschenbanch se convierte en una marioneta de aspecto grotesco, en un títere movido por las fuerzas de la pasión y de la razón, que terminarán por descoyuntarle.
Al amanecer, sentado en la tumbona de una playa casi vacía, Aschenbach muere mientras chorrea tinte y observa a Tadzio perderse en el horizonte. El último grano de arena de su reloj ha caído y, como él mismo dice en otro instante de la película: «No se puede hacer nada». Sólo olvidar y morir. |