Travis Bickle cabalga de nuevo
I
Los días me sobran. De verdad, ¿eh? No son más que un estorbo interminable hasta que llega la condenada noche.
Lo que menos soporto es la luz, la natural, la del sol ese que resulta que es una estrella con sus reacciones nucleares y sus átomos de hidrógeno fusionándose o como se diga. A millones de grados. Lo escuché en un documental, no te estoy vacilando. Y las calles abarrotadas, también. ¡Un coñazo! Mi padre decía que la claridad le ahogaba, que no soportaba tanta sobre exposición. Por aquél entonces no le entendía muy bien. Vamos, no le entendí nunca, ni tan siquiera cuando eligió aquella forma tan estúpida de abandonarnos.
La noche es tierra sagrada. Sin exagerar, ¿eh? Me recuerda a las iglesias medievales donde acudían los desamparados en busca de protección, cuando las cosas iban mal dadas. En ella se refugian —y a su amparo habitan— los seres más extraordinarios y miserables con los que he trabado contacto a lo largo de mi puñetera vida. La mayoría fueron encuentros puntuales, intercambios fugaces de cuatro frases, de tres monedas, de dos insultos, de una historia.
Me despierto a media tarde con la camisa empapada. Descansar no es que haya descansado mucho: llego a casa al amanecer y enciendo el televisor aquél que me dejó mi mujer, el pequeño de la cocina, claro. Menudo detalle el suyo. Joder, la he vuelto a llamar "mi mujer". Según aquél loquero que frecuenté durante unos meses... qué expresión emplearía aquél capullo... «Adrián, has entrado en una dinámica de no-superación. Un hecho traumático se refleja ineluctablemente en tu vocabulario, provocando una alteración de tu capacidad cognitiva». Menudo crack.
A lo que iba. Siempre me despierto bañado en sudor. Si tengo pesadillas, no las recuerdo. Pero por el aspecto que presento ante del espejo, debo de haberlo pasado mal de cojones. Como si me hubiesen dado una paliza... o quizás algo peor.
II
Comienzo siempre por el Corte Inglés. Me da suerte llevar a una pija de mierda en mi primera carrera. Se plantan en mitad de la Diagonal con sus gafas negras de super stars, agitando el brazo con desidia, como si se rebajasen por haber dejado el Mercedes en el parking. Cuando paras a su lado echan un vistazo al salpicadero, buscando la foto de la niña, el "papá no corras" o el imán de la cruz de Caravaca. Tiran a un lado sus bolsas exclusivas de Armani, Vogue o la marca esa del cocodrilo rampante. Y no las mires muchos por el retrovisor, que se sienten observadas.
Me lo sé de memoria. Los teléfonos móviles de doble hoja, que despliegan con ese gesto de drive de derechas tantas veces practicado en el club de tenis. Que si cuídate, que si nos vemos, que si un besito.
Un último detalle. Raramente dejan propina.
El viajecito termino en la zona alta, frente a alguna casona con portero y antigua entrada de servicio. No es mal lugar... mi segundo cliente será un tipo con la americana en el brazo y una cartera de piel exclusiva, de esas de ministro de algo. Estos buscan conversación, aunque sólo sea para dejar testimonio de su superioridad, ya que la parienta los humilla a diario. Da igual de lo que hables: fútbol, política o el tiempo. Te escucharán con una sonrisa condescendiente, consultarán su agenda electrónica y te echarán abajo tu teoría sobre las razones por las que este se fue al Milán, el otro votó en blanco o mañana acabará lloviendo.
Y que conste que a mi ni me va ni me viene, ¿eh? No me pico fácilmente. Doy la razón al que necesita tenerla y punto. Forma parte de mi trabajo. Y a veces mira que es difícil morderse la lengua... cuánto imbécil...
Ahora transito Ramblas abajo, pasada Canaletes. Me incomoda la posibilidad de que me pare un guiri con quemaduras de tercer grado. Y que conste que no tengo nada en contra de los extranjeros, ¿eh? Pero es que las lenguas nunca fueron lo mío... y parece que sin el inglés ya no eres nada, macho... al niño lo apunté a un curso de esos en cuanto tuvo edad para mantenerse en pie. El fin de semana pasado me contó hasta 100... del derecho y del revés, oye. En la lengua de Chespir, 'na' menos.
Después de cenar, la cosa decae. Existen un par de horas muertas entre nueve y once, como si estuviese vetado parar un taxi. Joer, ¡que la tarifa es la misma! Es buen momento para ir al aeropuerto y echar la parlada con el Charli o el Antonio, que siempre se mueven por esa zona. Como les saque el tema de la jubilación, la rayada está asegurada: que si no siempre vas a ser joven, que si tienes que mirar por tu futuro, que si ahorrar no cuesta nada, que si he vuelto a salir con la Tere del Eroski... ¿qué mierdas son esas del futuro, a estas alturas?
Y sin darte cuenta, se ha hecho de noche. Eso es bueno y malo. Bueno, porque la gente que pilla un taxi a esas horas es más humana, más... normal, supongo. O tienen menos prisa, o más ganas de sincerarse contigo, no lo sé. Las carreras son más largas y los semáforos ya no están sincronizados, así que el taxímetro sube un eurito más que de costumbre. Se agradece.
Y también es malo. Porque la gente que se agazapa tras la noche, a menudo, no tiene nada que perder...
III
El tipo aquél no me cayó bien desde un principio. Tengo un sexto sentido para estas cosas, como el médico que sabe de qué andas chungo con tan solo verte traspasar la puerta de su consulta. Por cómo te paran, por cómo se sientan, por cómo te dicen la calle a la que tienes que ir. Qué se yo, mil y un detalles.
Callado, demasiado callado, aferrado a aquella roída bolsa de deporte que descansaba en su regazo. Vale que a las tres de la mañana el cuerpo no esté para dar grandes discursos. Pero cuando alguien está tan ensimismado, tan abstraído... bueno, puede ser del cansancio. Tiene cara de vigilante nocturno, quizás...
Me detuve al final de Vía Layetana, junto al edificio de Correos. Acababa de volver a poner la luz verde cuando se dirigió a mí, con apenas un susurro:
—No, no, continúe... me apetece ver el mar. Ya sabe: olas, espuma y todo eso.
Alucina. Al señor le apetece ver el mar. Y a mi Disneyland París.
—¿Algún lugar en particular?
—No, no, donde usted prefiera. Es la primera vez que vengo a esta ciudad: cualquiera servirá.
No podía ser más específico el tío, no. Encaré el Port Vell y cambié de marcha con desgana.
—¿No corra, eh? ¿Sabía usted que Kubrick no dejaba que su chofer superara los 60 kilómetros a la hora?
Madre mía. Un listillo.
—¿Conoce a Kubrick, verdad? —su tono de voz ha cambiado, haciéndose inquisitivo, casi imperativo—.
—Si, si, como no... el pesado ese de 2001, mi segunda película favorita para combatir el insomnio...
—Vaya, he dado con un cinéfilo de pro...
—Pseee, no se crea. Pero me defiendo. A veces acierto alguna de las preguntas que hacen en Saber y ganar: quien protagonizó Novia a la fuga y cosas de esas del séptimo arte.
—No está nada mal... a mí el cine... cómo decirle... me apasiona.
Ha empezado a juguetear con una de las asas de su macuto, apenas un tirante deshilachado que recoge y estira entorno a su dedo corazón. Al menos ahora parece más abierto, aunque no acompaña nada el repiqueteo nervioso de su pierna contra el revistero, a la altura de mi coxis.
—¿Y tiene algún director favorito?
—Pues mire usted, yo no creo mucho en la política de autores y demás mandangas... vamos, que donde esté una pibita enseñando cacho que se quiten von Triers, Godards y mierdas de esas...
—¿Cómo dice?
Me había metido por las rondas, para terminar de redondear la noche con un buen pellizco. Si el pardillo aquél no me decía nada, estaba dispuesto a llevarlo al mismísimo Torremolinos. O al infierno. (A un precio, claro está, a un precio).
—Mire, seguro que usted es de los puristas esos que se ponen cachondos viendo un prado durante 10 minutos, con un chino caminando lentamente del uno a otro lado de la pantalla... ¿me equivoco?
—Bueno, ciertamente me gusta un cine arriesgado... que apueste por las formas, conceptual...
—Lo que yo le digo: un pedante. Mire, al cine se va a pasar un rato divertido y punto pelota.
Se abalanzó sobre mí con una fuerza inusitada y me golpeó la frente contra el volante, provocándome una hemorragia imparable. Traté de fajarme del muy tarado, pero no paraba de machacarme el hígado a codazos. Mi vehículo —¡pendiente todavía de pagar la vigésimo quinta letra!— comenzó a dar tumbos lo largo y ancho de los tres carriles, empujando de refilón a un Opel Vectra que fue a parar bajo las ruedas de un camión de mudanzas, tras saltar la mediana y dar dos vueltas de campana. Este, a su vez, quedó cruzado en mitad de la vía desierta, salpicada ahora de tapacubos, tuercas, cristales y hierros retorcidos.
—La gente como tú es la que hace que no se estrenen películas de Mandrinsky, Zhang Je Ming II o Bela van Sant... y eso es por falta de cultura —mientras soltaba su retahíla continuaba castigándome el tabique nasal—. ¿Me entiendes? —pude reaccionar y le arreé un zurriagazo en el bajo vientre, mientras el coche, lanzado y sin control, se adentraba en un túnel escasamente iluminado—.
—¿Cuántas veces en tu vida has ido a la Filmoteca, eh? ¿Cuántas, basurilla? Pero si no sabrás ni de lo que te estoy hablando... fijo que crees que es un after, ¿verdad?
—¡Una, cabrón! ¡Fui cuando pasaron la versión remasterizada de Star Wars!
—¡Blasfemo! —no se cómo logré pegar un volantazo, mientras mi flamante Peugeot 306, encastado en el quita miedos lateral, desprendía chispas a más de 150 kilómetros por hora—. ¡Tu director favorito, dímelo, perro! ¡Confiesa!
—¡Me encanta Michael Bay!
Saltamos por encima de un parterre, derribando media palmera que servía de separación. Si todavía no había perdido el sentido de la orientación, debíamos de circular en sentido contrario.
—Michael Bay, bastardo... gente como tú —mientras decía estas palabras, apretaba en su puño mi dúo testicular— hace que... el cine... sea una mierda... ¿cuántas veces has visto el programa del Garci, analfabeto?
—¡¡Joer, cuando puso Los extremeños se tocan o Jenaro el de los 14...!!
—¡Eso es Cine de Barrio, hereje!
Los potentes faros de un tres ejes dirigiéndose contra nosotros me deslumbraron por completo. In extremis, pude sortearlo cayendo por un terraplén y desembocando en una gran avenida apenas transitada.
—He conocido a tanta purria inmunda... pero algún día... algún día caerá una lluvia que limpiará de escoria estas calles... —el forcejeo continuaba: me había logrado librar de su llave coreana y ahora era yo el que trataba de alcanzar su globo ocular con el mechero del coche—. Mientras tú insultabas a Dreyer, a Murnau y a Erice...
—¡A esos sí que los conozco! ¿Presidentes de la segunda República?
Un par de coches patrulla nos pisaban los talones. A través de un megáfono, nos conminaban a hacernos a un lado de la carretera. Todo me daba vueltas, pero al menos había logrado alcanzar la palanca de cambios...
—Yo hoy he hecho 800 kilómetros... como lo oyes, 800 kilómetros... ¿y sabes para qué?
Comenzaba a estar harto de tanta pregunta retórica.
—Pues para ver un Griffith inédito del 1915... recién restaurado... no se si sabes lo que significa eso para alguien como yo... ¿cuándo fue la última vez que sentiste una emoción intensa?
—Para serle franco —y todo esto lo dije tras haberle arreado un fenomenal mordisco en el pabellón auricular— cuando mi mujer firmó los papeles del divorcio...
—¡Qué vulgar! ¡Qué trivial! ¡Qué ausencia de vida interior! Es como hablar con una ameba... 800 kilómetros...
Nuestra loca carrera tocaba a su fin. Tras encarar el malecón y destrozar 200 metros de barandilla forjada, nos encastamos contra una de las primeras dunas de la Barceloneta, parándose definitivamente el motor tras un estertor agónico.
—800 kilómetros... y aún no sabes lo mejor...
Me hice un torniquete en el brazo con el pañuelo empapado. Mi compañero, exhausto, continuaba su monólogo a mi lado. Intenté bajar la ventanilla de la portezuela, pero no hubo manera. Para más inri, comprobé que el nivel de la gasolina estaba bajo. Una mala noche, desde luego.
—800 kilómetros y la película saboteada... saboteada por un tipo... que... —comenzó a gimotear, de forma inconsolable—... que se puso a comer pipas durante toda la proyección... ¿TÚ SABES LO QUE ES ESO?
—Hombre, me lo puedo imaginar, joer... sabe mal...
—Que si sabe mal... cuarenta años detrás de ese filme... una experiencia mística mandada al garete por culpa de... de...
—Vale, vale, es una putada —lo abracé y le di varias palmaditas en la espalda. Demonios, yo también me había emocionado—.
Detrás de nosotros, las sirenas no paraban de ulular, incendiando la noche. Una ambulancia aguardaba en segunda línea, mientras varios hombres armados se desplegaban por los alrededores, parapetándose tras el puesto de helados, el WC, un columpio...
Pareció reponerse un instante, recobrando la compostura.
—Evidentemente, eso no podía quedar así... un agravio semejante... sólo se puede pagar con sangre, ¿entiende?
Si, si, clarísimo. Es lo que yo digo...
Le agradezco su comprensión —giró sobre sí mismo y trató torpemente de alcanzar la bolsa que había dejado abandonada en el asiento trasero—. Sabía que podía contar contigo... permíteme que te tutee...
—Coño, no faltaría más, hombre... las experiencias límite unen a la gente y tal...
Abrió la cremallera y extrajo una cabeza humana, asiéndola del cuero cabelludo.
—Era lo mínimo que se merecía... le seguí hasta su casa y me hice con un cable de acero en un tenderete de la ropa... ¿has visto Audition?
—¡¡¡Hostias!!! —pegué un bote, yendo a impactar contra el aboyado techo del vehículo—. ¡Pe... pe... pero usted está como una puta cabra!
—Tutéame, te lo ruego... me llamo Remigio.
—Remigio, macho... madre mía... estoy hasta el cuello de mierda... debí de quedarme en casa, viendo la peli de la 2...
—¿Qué ponían?
—La jungla de cristal III, un peliculón...
Remigio hincó sus manazas en mi cuello y trató de estrangularme con todas sus fuerzas, mientras farfullaba no se qué de "el espíritu de Tarkovski" y "los hijos bastardos de Bergman". No pude más. Me hice con el gato hidráulico que guardo junto al freno de mano y le arreé un golpe en el occipital... quizás demasiado fuerte...
Agotado y recostado en mi asiento, pude ver por el retrovisor como dos geos se acercaban con sus lustrosos cetmes, equipados con visión infrarroja y haciéndose gestos crípticos, como esos que tantas veces había visto en las pelis de Chuachenaguer. Cuando llegaron a mi altura, sólo me quedaron fuerzas para alzar mi mano ensangrentada, ponérmela en la sien y...
IV
Nunca había tenido mucha fe en la justicia. Como oyente habitual de Federico Jiménez Losantos, sabía que estaba llena de corruptos y prevaricadores.
Fue difícil explicar qué hacía con un cráneo en el apoya brazos, en lugar del habitual Garfield con ventosas o Elvis articulado que todos los lolailos acostumbran a llevar en el buga. Complicado de verdad. El que mi pasajero hubiese muerto desnucado —y que existiesen imágenes filmadas del asesinato, que Antena 3 se encargó de difundir en un especial Justicia Local: patrulleros españoles— tampoco ayudó mucho. A eso hubo que añadir la primera plana del diario La razón, donde en un fotomontaje algo pedestre se me veía rapado como Robert de Niro, con una cabeza jívara como pendiente y un titular que rezaba: «Travis Bickle cabalga de nuevo».
El juez entendió que había alguna duda razonable... por eso me condenó solo a 30 años de cárcel. Un hombre íntegro que supo soportar la presión del juicio mediático montando en paralelo, qué duda cabe.
Pero lo peor me esperaba aquí dentro. Cada fin de semana disfrutamos de cine en uno de los pabellones, habilitado a tal efecto. Y no cualquier tipo de pelis, no: Gilda, Casablanca, Lawrence de Arabia, Rebelde sin causa... al parecer el director del penitenciario tiene buen gusto, o eso me asegura un tal Carlos Pumares, con el que comparto celda (jamás debió de agredir sexualmente —¡y en directo!— a Boris Izaguirre cuando dijo aquello de "Titanic es un filme bonito").
Pero yo no hago más que ir tachando palitroques en la pared, contando los meses, los días que me faltan... para recobrar mi libertad y poder ver una peli buena de verdad, ya me entiendes... ¿habrán estrenado ya la octava parte de Alien ? ¿Se habrá animado Sly a continuar con Rocky?
Maldita sea... ¡¿por qué, por qué?!
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