El cine se nos muere

«Esta mirada fue mía, pero ya no es mía»
Federico García Lorca

Señoras y señores, ¡bienvenidos al fin del espectáculo! Ahora mismo, una tarde postatormentada de un viernes de estreno con Terry Gilliam y Richard Linklater, mientras escucho el tema de apertura que compuso Badalamenti para la serie Twin Peaks un escalofrío recorre mi espalda hasta llegar a mi cabeza y dejarme aturdido. El cine se nos muere. Al fin y al cabo, Godard y Greenaway estaban casi en lo cierto, ellos hablaban del cine como medio de expresión artístico (y por ello lo convirtieron en una estética del intelecto), y en eso erraron, el cine se nos va, pero no porque se acaben las ideas y las formas, sino por que las salas de exhibición se están desmoronando por momentos, hasta que no quede de ellas más que las cenizas de sus cimientos. Podría pasar de todo, podría agarrarme una última curda a lo Goyeneche y beberme un tetra-brik de vino en las puertas del cine Publi, que ha tenido la indecencia de morir programando películas indignas de una sala con su historia. Quizás las nuevas generaciones de cinéfilos tumbados en su sofá con su pantalla de plasma y su home cinema , resten importancia la efecto de ir al cine a ver un film en pantalla grande en formato de 35 mm , pero a este viejo de veintisiete años le corroe la tristeza al pensar en qué se ha convertido el mercado del espectáculo. En la melancólica The last Picture show de Peter Bogdanovich, unos jóvenes Timothy Bottoms y Jeff Bridges asisten al ultimo pase del cine de su pueblo donde se proyecta Río rojo de Howard Hawks. Tenían suerte. A nosotros ni siquiera se nos concede tal derecho. El Publi cerró proyectando Kibris con Paula Vázquez.

¿Realmente hay crisis en las salas de cine?, se podrá preguntar cualquier ciudadano de a pie al verse rodeado de multisalas en cualquiera de los infinitos centros comerciales que habitan en cualquier país del primer mundo. El cine es un negocio, un muy buen negocio, donde las cantidades de dinero que se mueven dejarían mudo a algún que otro banquero, y el mundo gira siguiendo las leyes de la termodinámica, vaya, vivimos en un mundo entrópico, y eso, entre otras cosas (como el hecho de morir o que se oxide el pan), implica que el mercado funciona para obtener cuantiosos beneficios, si no, no interesa. Obvio. Les explicaré el porqué de mi postura, para que me entiendan, me compadezcan o se burlen de mí. Hasta hace bien poco yo era un cinéfago puro, de esos que entran en las salas de exhibición caminando como si por el aire sonara el soundtrack que compuso Lalo Schifrin para Harry, el sucio . Disfrutaba y ¡disfruto! con el placer que significa sentarse en una butaca para ver Ángeles con caras sucias o Charlie y la fábrica de chocolate, lo mismo me da. Pero ahora estoy trabajando al otro lado de la frontera. Ahora soy el enemigo que quiere ser amigo. Y ahora entiendo muchas cosas.

Para empezar: NO se distribuye buen cine en nuestro país. Atentos a una lista de los films que están en nuestras salas de exhibición: Doraemon y los dioses del viento, ¿Cuándo llegamos?, Dos chalados y muchas curvas, Real, la película, Deuce Bigalow: Gigoló europeo, Uno para todas, El sexo lo cambia todo, Los zumbaos, Adivina quién... ¡Y estamos en pleno arranque de la temporada cinematográfica! De todas maneras, no sé por que me quejo, porque este cine es el que funciona en las multisalas, así que si alguien está salvando el cine, quizás esté más cerca de llamarse Michael Bay o Ron Howard que Gus Van Sant o Jim Jarmusch... Ahora mismo un cine independiente con dos salas casi no tiene acceso a ningún estreno. Las grandes distribuidoras tienen convenios con las multisalas comerciales, de tal manera que su cine está cerrado desde el momento en que se decide el número de copias de lanzamiento. Y las pequeñas distribuidoras, pues también tienen sus acuerdos con otro tipo de multisalas; se diferencian las unas de las otras porque estas últimas no están situadas en centros comerciales. Cuando no ocurre que directamente, distribuidora y exhibidora (e incluso productora) pertenecen a una misma empresa. El círculo así se cierra. Resultado: las distribuidoras independientes cada vez son menos independientes y su capacidad de riesgo se ve mermada. Ahora mismo la distribución de cine de autor está contemplada incluso dentro de las grandes distribuidoras (que controlan alguna de las pequeñas, para adueñarse de esa cuota de mercado) y sólo se distribuyen valores seguros: Von Trier, Guédiguian, Campanella, Yimou... —inciso: ¿a nadie le parece escandalosa la sección oficial del festival de Venecia de este año?—, aquellos cuya venta a las televisiones está asegurada. Porque tener claro que una distribuidora que se arriesgue, por ejemplo, con un film como Vai e vem de Joao Cesar Monteiro —distribuida en nuestro país por los valientes de Pirámide Films—, ya se puede olvidar de recuperar el dinero invertido en tiraje de copias, subtitulado, doblaje y promoción en taquilla. Tendrá suerte si la compañía de DVD le deja un porcentaje digno y desde luego, ni un sólo euro verá de las televisiones.

Pero aún hay más. Imaginaros que aún existe algún cine que pelea por los títulos que cree necesario. Alguien que repudie el 90% del cine sudamericano que absurdamente se distribuye en los últimos años. Alguien que pone en su única pantalla la película que cree necesaria, contando con que la cinefilia y la juventud progre (cool people) responden a su grito de rabia y necesidad. ¿Y que es lo que ocurre? Que no se va al cine. La cinefilia acomodada prefiere descargarse las películas vía Emule y verlas cómodamente en su ordenador o en su televisor vía reproductor de DivX (¡¡maldita entropía!!) y los cool people se han pasado al video arte o las exposiciones de arte efímero. Sobre esto último no tengo gran cosa a decir, a mí, si la moda fuera usar tortillas de calabacín de sombrero tanto me daría, y sobre la descarga de películas... ¡estoy de acuerdo! ¡¡Cómo si no podría ver las películas de Andersson, Eidl o Ming-Liang!! Pero no puedo entender al que presume de amar al cine y se queda en casa viendo Gerry, Struggle o Demonlover mientras estos films eran machacados en las salas. Sin la ayuda de la gente sí que tenemos la batalla totalmente perdida. Cada vez me siento más como Davy Crokett en El Álamo.

El cine se muere. Las antiguas salas de exhibición tendrán suerte si acaban convirtiéndose en teatros. La gran mayoría serán gimnasios, restaurantes, cementerios. Woody Allen explicaba la enorme tristeza que sintió al ver cómo el cine donde había ido a ver todas las sesionas matinales de su juventud había sido reducido a escombros. Cuando sea un abuelo de treinta y cinco años le tendré que explicar a mis hijos qué era eso de "ir al cine", igual que les tendré que explicar qué fue de Cindy Lauper, Alphaville y Rick Astley. Cada día tengo la sensación que lo mejor sería dejar la lucha, quedarme en casa y aprovechar el gran momento de las series de TV de producción norteamericana o ahora que regresa Buenafuente. Pero no, está claro que no, como director de "Miradas de Cine", revista que puede presumir de amar el cine sin medias ascuas, y como programador del Cine Casablanca-Kaplan, pienso pelear cada día por lo que amo, hasta que me dé el golpe final y de mi quede menos que lo que queda de Webster, Kirk Cameron o Michael Jackson.

Por Alejandro G. Calvo
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