Crónica I (15 de septiembre, 2005)

Qué alegría regresar a San Sebastián. Lo sé, lo sé. Soy un nostálgico cabezón, un adicto a la melancolía, en especial, con unos tragos. Y aunque ahora esté solo en mitad de este maremagno de películas y personajes —en el instante en que escribo estas líneas Kim Ki Duk está ofreciendo una rueda de prensa, ¡debería estar allí! ¡maldito deber crónico!—, e incluso personajillos, es siempre placentero viajar a un festival donde, al fin y al cabo, la máxima experiencia estética es tu sumisión a las películas proyectadas. El viaje así, es totalmente solitario, una manera de realizar una puesta a punto a tus coordenadas internas, reordenar de nuevo tus gustos cinematográficos, de alguna manera, si tienes suerte, evolucionar en tu deber como crítico/cronista/persona. Así un año más, aunque sea en una sala plagada de periodistas que no paran de hablar y que me impide concentrarme, intentaré cumplir con este deber, para que los lectores de Miradas de Cine puedan disfrutar en paralelo de los descubrimientos (o redescubrimientos) que el 53º Festival Internacional de San Sebastián pueda ofrecernos. De momento, con muy buena suerte no empieza este festival, primero, por el fallecimiento de Robert Wise, cineasta al que se le dedica la retrospectiva clásica este año, y segundo, por la baja calidad del film inaugural del certamen, Obaba de Montxo Armendáriz.

Pero empezaremos el festival a nuestra manera: ¡Qué magnífica película el último Abel Ferrara! Recién aterrizada del Festival de Venecia, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado, Mary ha resultado una verdadera alegría, el reencuentro con uno de los realizadores norteamericanos más radicales e interesantes de los años noventa. Ferrara, al que se le dedica la retrospectiva contemporánea del festival, ha compuesto una obra completa, un viaje poliédrico a través de la expiación y el sufrimiento, donde la religión actúa como motor principal de la cinta. Si en Teniente corrupto el personaje de Harvey Keitel bajaba a los infiernos hasta encontrarse con la encarnación de una virgen y desmoronarse, en Mary sus tres protagonistas: una actriz (Juliette Binoche) que tras interpretar a Maria Magdalena experimenta una revelación mística, un periodista (Forrest Whitaker) conductor de un programa basado en la religión con problemas de fe y un director de cine (Matthew Moddine) egocéntrico y subversivo que ha realizado un film controvertido sobre la figura de Jesucristo; se ven enfrentados con una realidad que les supera —actos de violencia, tragedias familiares, actos de terrorismo…— y deben afrontar la realidad desde su nueva y compleja situación. A medio camino entre el documental y la ficción, Ferrara lleva a situaciones extremas a sus personajes en un film marcadamente violento —el mismo contexto en que se mueven, ya sea Nueva York o Jerusalén, parece un territorio hostil con un fondo sonoro molesto, agobiante, plenamente claustrofóbico—, una auténtica película de terror. Acompañado a la perfección por sus actores, Mary relee la figura de María Magdalena según los evangelios ocultos de Felipe, Tomás y la propia Maria, donde la figura femenina se convierte en un apóstol más de la misma entidad de Pedro o Juan. Mientras no se deja de decir que lo importante de Dios es su mensaje sobre el amor, los personajes masculinos (negativos) de la película se ven golpeados una y otra vez por la desgracia. Ferrara los envuelve con la cámara, prácticamente los devora, incluyendo situaciones todo tipo de situaciones violentas que destruyan su apacible y acomodado mundo —dentro de limusinas, en un plató cinematográfico, en una sala de cine…—, como siempre en el cine del neoyorquino el resultado que se extrae al final es frío y desolador. Un auténtica genialidad.

Menos interesante es la última película del director navarro Montxo Armendáriz. Obaba está basada en el interesante, y por momentos brillante, libro de Bernardo Atxaga Ababoak, un relato de relatos con grandes dosis de situaciones fantásticas, todas acaecidas en el pueblo que da nombre al libro. Armendáriz ofrece una relectura fílmica del mismo inventándose a un personaje, una joven estudiante que está realizando un montaje fílmico sobre habitantes del pueblo, para ofrecernos una selección excesivamente hilvanada, y por lo tanto, menos sutil de la novela de Atxaga. Pero esto no es lo más molesto de la cinta, si no la constatación del estatismo en que se haya sumergido el cine español en estos últimos años. Obaba está así adscrito al tan temible realismo mágico que tantos films aburridos ha proporcionado el cine español. Con un conjunto de intérpretes más que endebles, Armendáriz nos cuenta diversas historias demasiado cortas, casi sin vida, centrándose en lo exclusivamente prosaico de la novela, haciendo de los parámetros de ficción algo supeditado a las formas maniqueas del relato. El realizador de Tasio nos da retazos de un conjunto que carece de interés por la manera en la que está contado, Armendáriz trabaja de oficio, y hasta tiene un par de ideas interesantes de puesta en escena, pero el colectivo de las historias deviene insuficiente, no hay empaque, no hay interés, aunque la película sea solvente (como buena parte del cine español "de prestigio" se aprecia que la formalidad sustituye al riesgo), lo mismo que los últimos Aranoa, Aristaráin, Amenábar, Gutiérrez Aragón… este cine español no va a ninguna parte.

Por Alejandro G. Calvo
Poster