Crónica IV (18 de septiembre, 2005)

¿He comentado alguna vez que en este festival se aplaude absolutamente todo lo que se proyecta? No sé si será porque el despistado público cree que tiene que aplaudir lo que vea aunque no lo entienda o no le guste (aunque efectivamente ni se entienda y sea un bodrio) dado que está en un Festival, y como tal, el cine tiene que ser bueno sí o sí; o si será porque ya que han pagado la entrada, por lo menos aplaudo, porque no hay nada como la sugestión para el autoconvencimiento. ¿Veis? Hoy me he propuesto no empezar despotricando contra el cine español, que luego me acusan de ser pro-maoísta por defender a realizadores como Park Chan-wook o Kim Ki-duk, nombres hoy en día no tan extraños para el gran público. Extraño, supongo, dado que hoy me toca hablar de Ki-duk y su última película The bowl (El arco), su film, hasta la fecha, más maltratado por la crítica, y de dos películas españolas: Camarón de Jaime Chavarri y 7 vírgenes de Alberto Rodríguez (¡y dos películas más!: una francesa, Con todos mis respetos de Fabienne Godet y una alemana, Summer in Berlin, de Andreas Dresen, ¡qué no se dude de mi profesionalidad! ¡y eso que no comento Land of the dead que me escapé a verla cuando tenía 90 minutos libres!).

¿Toca hoy volver a alabar el genio de Ki-duk? Pues lamentablemente, no. Entrar a razonar de manera exhaustiva el porqué The Bowl es un film fallido en la filmografía del autor de obras tan incuestionables como La isla, Bad Guy, Samaritan Girl y Hierro 3, seguramente merecería un artículo mucho más amplio, que por condiciones obvias, ahora no me puedo permitir. He de reconocer la desilusión que me comportó descubrir en esta reiterativa película el estancamiento del realizador surcoreano, tanto a la hora de trazar un nuevo relato, que no ofrece nada distinto a lo que hasta ahora ya había contado, como a la hora de intentar alcanzar un tono poético per sé , sin que la coherencia de las imágenes acompañen tal desarrollo. En The bowl el tono onírico esta impuesto forzadamente desde el exterior, no hay ningún elemento que invite a creer en el surrealista desenlace de la historia. El minimalismo del film está confundido con la ausencia de contenido, y su reiteración (de momentos, de música, incluso de planos) no lleva a ningún desarrollo y sí a cierto hastío formal. Los pocos aciertos que posee la cinta —como el intento de suicidio por parte de un personaje— no sirven para compensar el tedio de una historia que no llega a conmover en ningún momento.

¿Entonces tocará hoy alabar el cine español? A ver, vayamos por partes: de entrada, que Jaime Chavarri vuelva a realizar una película decente, es algo directamente marciano. Si además éste es un biopic —subgénero horroroso, como he comentado en alguna que otra ocasión—, por más que sea de una figura tan interesante como el cantaor Camarón de la Isla, y está protagonizado por Oscar Jaenada y Verónica Sánchez ( Los serrano ), uno puede echarse a temblar. Camarón, de todas formas, se merecía una oportunidad, aunque sólo fuera para escuchar algunas de los excelentes cantes del desaparecido maestro. Para nuestra desgracia y padecimiento el film de Chavarri sólo resulta simpático en sus títulos de crédito, donde a modo de video-clip camp se ofrecen imágenes de la película mientras suena el Soy gitano de Camarón cantado en play-back por Jaenada. El resto es desolador. Una acumulación absoluta de clichés y soluciones formales absurdas, cine estancado, patético e indigno para realzar una figura mítica. Jaenada se esfuerza y, en especial, sale triunfante en las actuaciones, posiblemente, lo único dignamente filmado de la película. El resto es directamente abyecto. Sirva como ejemplo que en el momento más dramático de la película, cuando se le comunica a Camarón su cáncer terminal irreversible, acto seguido Chavarri introduce un gag visual en el que el cantaor se enciende un cigarro y suena la alarma de humo del hospital. Insultante.

Pero, tachán, tachán, tengo una sorpresa: 7 vírgenes, de Alberto Rodríguez ha sido un bálsamo, ya no para este festival que está demostrando el terrible momento que pasa el cine español, sino para toda la temporada cinematográfica del cine patrio este 2005. El realizador de la muy sugestiva El traje nos ofrece un, por momentos, muy brillante film, a mitad de camino entre El odio de Mathieu Kassovitz y Kids de Larry Clark. Retrato de una generación perdida en una adolescencia cruel, interpretada de manera alucinante por los jóvenes Juan José Ballesta y Jesús Carroza, 7 vírgenes acierta en casi todos los aspectos necesarios para que una película funcione: narración, dramaturgia y estética. Es una alegría encontrarse con un realizador inquieto como Alberto Rodríguez, capaz de introducir sutilidad y una excelente planificación —atención al momento de la pelea filmada desde el interior del coche donde se haya Ballesta— en una película que fácilmente se podría haber convertido en Barrio 2, y que gracias al dinamismo de diálogos e imágenes se convierte en la esperanza para que en un futuro volvemos a ver una buena película. Sería una lástima que este film pase totalmente ignorado, mientras que los dinosaurios del cine español se siguen considerando divos del nosequé.

También en Sección Oficial se ha pasado la simpática pero intrascendente Summer in Berlin, retrato costumbrista del Berlín actual contando la historia de la vida de dos mujeres, amigas y vecinas. Reconozco mi desconocimiento por el realizador Andreas Dresen y no me importaría demasiado de que se me olvidara su nombre antes de acabar esta crónica. Tragicomedia con un único punto interesante: el sometimiento de una mujer atractiva e inteligente a un palurdo hedonista por escapar de la soledad en la que se haya. Crónica del patetismo pero sin tampoco acuchillar al espectador, todo pasa como una comedia amable, sin excesivas pretensiones. No molesta, no divierte, no emociona, no sufre, no casi nada.

Mucho más interesante resultó Con todos mis respetos del desconocido Fabienne Godet. Drama realista rodado con el magnífico Olivier Gourmet (el actor fetiche de los hermanos Dardenne) como intérprete principal, el film narra la historia de la tragedia de un hombre al que se le suicida su mejor amigo tras ser despedido de la empresa en que ambos trabajan. Drama seco, duro, por momentos desesperanzador, no presente en ningún momento tener ninguna intención superlativa, simplemente contar la historia de la desgracia de un hombre solo contra lo irremediable. Recuerda el estilo del film al genial Laurent Cantet (más que a los propio Dardenne), con una mirada documentalista sobre el desmoronamiento humano del protagonista. Una pequeña joya que demuestra como para realizar una buena película no es necesario grandes dramas exagerados, simplemente un retrato fidedigno de la realidad.

Por Alejandro G. Calvo
Poster