Crónica VII (21 de septiembre, 2005)

Ahora que el festival empieza a oler ha finiquitado, parece ser que está empezando a funcionar el cine proyectado. Sin duda la culpa recae en el hecho de que todos los grandes nombres, a excepción de Abel Ferrara (y el gatillazo de Kim Ki-duk), llegan justo en estos últimos días: Jim Jarmusch, Woody Allen, Terry Gilliam y Laurent Cantet (y yo por lo menos espero con ganas el nuevo trabajo de Manuel Martín Cuenca). Lo que me obliga a afilar mi siempre deplorable estado mental cuando llevo seis días de festival, para poder resultar mínimamente lúcido en consonancia con la calidad de las películas proyectadas. Un apunte antes de empezar: Estoy en la sala de prensa, escribiendo esta crónica, rodeado de compañeros a los que no para de sonar el móvil y jetas que se dedican a ocupar ordenadores para leer sus correos. Mientras tanto a Carlos Boyero le está siguiendo un equipo de televisión a la hora de entrar en la sala y empezar la crónica. There's no business like show business.

Reconozco no haber visto aún Los hermanos Grimm, el vapuleado por la crítica penúltimo ejercicio de Terry Gilliam, al parecer de carácter comercial, así que no puedo excederme en hipótesis de por que el ex Python ha llegado a filmar una obra tan extraña como Tideland, aunque creo tener bastante claro el porqué de este ejercicio sublime, bizarro y alucinante. Ayer nadie en el pase de prensa estaba preparado para Tideland. Gilliam ha realizado su obra más psicotrónica y enfermiza desde la genial Brazil, Tideland pasa por ser un producto radicalmente personal, un film clave para entender que le pasa por la cabeza a este realizador con un pie en el mundo real (sucio) y otro en el mundo de los sueños. La mejor manera de describir Tideland sería la de un cuento de hadas moderno, no en vano la protagonista de la película, una niña pequeña hija de padres yonquis y abocada en diez minutos a vagar sola por el mundo, lee continuamente el cuento de Carroll Alicia en el país de las maravillas y entre otros guiños, tiene un amigo retrasado de nombre Dickens. La fuga que le permite a Gilliam viajar por el mundo de la fantasía es precisamente el que se obtiene de observarlo a través de los ojos de esta joven, que es capaz de tergiversar toda la miseria que le rodea como si de un cuento se tratara, una aventura fílmico-literaria donde todo toma forma a través de su inocente aunque poderosa imaginación. Mientras el público iba escapándose de la sala a medida que avanzaba la proyección, uno se iba dando cuenta de el grado de amargura que posee Gilliam en este momento: su valor a la hora de no censurarse es directamente proporcional a las ganas de hacer un film con total libertad, algo que no conseguía desde los primeros episodios del Monthy Python Flying Circus. Tideland es así una película sin límites clasificables, por momentos es comedia lisérgica y por momentos es un cuento de terror trágico. Gilliam puede estar satisfecho de su talento.

Igual de satisfactorio ha sido el reencuentro con un predilecto del que escribe: Laurent Cantet, de nuevo acompañado por su coguionista habitual, Robin Campillo (director de la magnífica The revenants). Después de Recursos humanos y El empleo del tiempo, Cantet ofrece ahora Vers le sud, un retrato del turismo sexual con protagonismo femenino (Charlotte Rampling, Louise Portal). Tras los devaneos amoroso-sexuales de las protagonistas con los adonis negros de Haití, se esconde un durísimo retrato de las degradantes condiciones de vida de los jóvenes haitianos. Con un prólogo demoledor, en que una madre pretende regalar su hija a un empleado de un hotel para así salvarla de la miseria, el film recorre como trama principal el reencuentro de una mujer que en su madurez busca un joven con el que experimentó su primer orgasmo. Dentro de la isla, Cantet, dibuja a sus personajes como frágiles y mezquinos, en el fondo, egoístas, ignorantes de la realidad que están viviendo (como viene a retratar el final del film, nadie ni nada es lo que parece). Genial película estructurada en episodios a través de sus protagonistas, que hablan sin miedo a la cámara explicándoles su particular historia.

Esta mañana compitiendo por la Concha de Oro hemos tenido una grata sorpresa (algo realmente extraño en las sesiones matinales del Kursaal): Odgrobadogroba, algo así como Defosaenfosa, del realizador esloveno Jan Cvitkovic, todo un desconocido hasta la fecha. Film de corte surrealista —en la línea, para que se me entienda, de Jean-Claude Lazon y ciertos aderezos del cine de Emir Kusturica—, con un sentido del humor diáfano y original, basado en retratar el absurdo de lo cotidiano —el protagonista es un hombre de pocas luces que realiza discursos bastante inadecuados en los entierros— con grandes dosis de humor negro (la familia está compuesta por una hermana maltratada, un padre suicida, una hermana muda y un vecino obsesionado con su coche), la película va ganando enteros ha medida que avanza, basculando entre cierto toque poético y un aliento trágico devastador. Si bien el primer carácter funciona sin necesidad de engrase, la tragedia sólo se hace creíble al final de la cinta (el mejor momento del film), en el que un suceso execrable condena a los personajes, obligando a Cvitkovic ha cerrar el film con un plano fijo alucinante, que por no aguar el film a los posibles futuros espectadores —aviso: esta película sólo se distribuirá si gana el festival—, no voy a desvelar.

Por Alejandro G. Calvo
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