Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, el Renacimiento... Mickey Rourke y Divine
«Me había despedido de Harry hacía una semana, cuando bajaron su ataúd a la helada tumba de febrero; así que lo vi pasar con incredulidad, como si no me reconociera, entre la multitud de desconocidos del Strand». Graham Greene
Sí, el agosto... qué rápido se fue, joder. En esta melancólica entrega encontrarán algo de cine —¡que no falte!—, condimentado con impresiones fraudulentas de un viaje a la vieja y algo bombardeada Viena... todo muy kitsch, ya verán ustedes.
Por cierto —y para aclarar dudas maliciosas— esta sección no tiene ninguna intención de funcionar como editorial o sucedáneo de Miradas de Cine. Las opiniones vertidas con el habitual desorden son subscritas únicamente por el arriba firmante. La mayoría de mis compañeros de redacción SI veneran a Godard y a Oliveira. Que conste que a pesar de todo, nos respetamos y hasta nos queremos... lo justito, ¿eh?
Nos vemos en 30 días, cuando haya pasado el mes alleniano por excelencia. Sean buenos y no se depriman en exceso... que tras la lluvia viene el frío.
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Enredo en el Gran Hotel.- Gold Diggers of 1935 es un musical clásico de la Warner que tuvimos la oportunidad de ver integrado en el macro-ciclo filmotequero La edad de oro del cine norteamericano. Una primera sesión de tarde con más gente de la habitual, casi todo jubilatas de pro que tendrían un entrañable recuerdo de la peli, vista en sus años mozos... sabor a cine de barrio, como resalta con aire de superioridad uno de los habituales de la Filmoteca, sí, de esos que se sientan en la primera fila, tras la barandilla del pasillo. Algún día me extenderé sobre esta fauna única, a medio camino entre el encorsetamiento bismarkiano, el elitismo más academista y... la familia Adams.
Entre las locuras incluidas en el filme, resaltar un número con medio centenar de pianos de cola y una de las actuaciones de claqué más multitudinarias nunca vistas en pantalla. Excesiva por todos los lados y ligera como ella sola... un tinto de verano, vamos.
Él, de Luis Buñuel (con confesión previa incluida).- Estaba pensando que esto de enumerar lo que uno va descubriendo por ahí presenta un peligroso y afilado doble filo: "confesar" abiertamente la de joyas que todavía no había visto, verdadero outing algo vergonzoso por mi parte. Es un ejercicio que funciona en las dos direcciones: yo demuestro mi ignorancia y ustedes se dan cuenta (o comienzan a sospechar con conocimiento de causa) que debo de escribir también de otras muchas cosas... sin haberlas siquiera experimentado. ¡Porca miseria!
Él es, desde luego, una magnífica exploración (casi clínica por lo pormenorizada) de los celos patológicos. Y una excusa para que el aragonés vuelva sobre sus obsesiones habituales: mucha atención al arranque de la cinta en la iglesia, de lo más irreverente y morboso que he visto. ¡Qué aprendan Adrian Lyne y Vicente Aranda!
El Tartufo de Murnau... ¿o era de Molière?. - Todavía no sé exactamente cuántas películas se conservan de este genio. Las filmografías que acostumbran a acompañar a la breve semblanza del autor (cójase cualquier video-guía facultativa) hablan de 21. El caso es que cada vez que veo algo "nuevo" de él, me vuelvo a postrar de hinojos ante su desgarbada y ambigua figura.
En El Tartufo vuelve a trabajar con Emil Jannigs (que acabaría emparejado con la insidiosa Thea de Fritz Lang), utilizando toda su pericia habitual (prólogo incluido) para glosar este clásico imperecedero sobre la hipocresía y su... utópica derrota.
Scanners.- ¿La recuerdan? Sí hombre, si, aquella en la que hombrecillos con mala uva y tremendos poderes psíquicos reventaban cabezas ajenas. La revisito acompañada de la mucho más curiosa (¿o menos vieja?) eXistenZ, que junto a Dark City y Días Extraños conforman una trilogía ‘mundos reales vs. mundos virtuales' bastante más interesante que The Matrix.
Una preparación antes del estreno del último Cronemberg (visto por algunos privilegiados en Cannes) y respecto al cuál albergo grandes esperanzas... de Scanners sigue sobresaliendo un malo fenomenal (Michael Ironside) y esa delectación por las transformaciones / degeneraciones corporales, tan del gusto del autor de La mosca o Crash.
MdC en los cines Casablanca… o una ración de descarado auto bombo estival.- Pues si, esta etérea publicación se las apañó para camelarse al suicida vocacional que regenta los Casablanca-Kaplan, convenciéndole de que alguien iría a ver películas de los años 70 (bah, chorradas como Manhattan, Amarcord o El espíritu de la colmena ) en lugar de disfrutar con Herbie: a tope, Semen, una historia de amor o Los Dalton contra Lucky Luke. Hay gente que sigue sin entender de qué va este negocio, jeje... ¡pardillo!
El pistoletazo de salida fue Taxi Driver … y había que estar allí, nobleza obliga. Demonios, no les negaré una cosa: estaba convencido de que habría codazos por ver las andanzas de Travis en V.O…. ¡y además, gratis! En mi calenturienta imaginación supuse colas kilométricas, gente apelotonada en la entrada con camisetas con la efigie de Scorsese, empellones de última hora para asegurarse una butaca… pero vivo en la parra, señores: no llegamos a completar los tres cuartos del aforo. Elegí mal día para comenzar a creer en la humanidad.
En fin, no les aburriré con chistes privados y chascarrillos de redactores alcoholizados porque de lo contrario esta sección se convertiría definitivamente en un reducto pajillero ilegible. Aprovechamos para vernos, hablar, reírnos y… citarnos para otro día.
Looking for Haneke.- El cénit de mi comatoso agosto era una escapada a tierras austriacas, ya saben: tartas Sacher, escalope a la vienesa, gorgoritos tiroleses y glorias imperiales con o sin Hungría. Una semana en la que —ustedes dirán— poco cine pudo haber...
Sin embargo pienso extenderme al respecto. Sobretodo porque de pequeño era un apasionado de los primeros días de escuela, en los que una profesora que todavía no se había aprendido la lección —¡y desesperada por ganar algo de tiempo!— impelía a sus adormilados pupilos a redactar una hoja (sólo por una cara: la sabia educación española sospechaba ya que obligar a pobres niños a hilvanar 20 líneas consecutivas podía ser tildado de "maltrato psicológico" por alguna madre peripuesta) con el apasionante tema de "mi verano", "mi pueblo" o "mi primita de Alicante me pone".
Aterricé en la Viena de Lang y Wilder en un cacharro de Alitalia bautizado con el nombre de Vittorio de Sica. Así pues, la cosa prometía... me había propuesto seguir la pista de Harry Lime hasta lo alto de la noria del Prater, plato fuerte con el que esperaba concluir mis andanzas cinéfilas por los jardines y palacios de los Habsburgo.
Y me encontré con que nada es lo que era. Hasta existen tours guiados por las alcantarillas de la ciudad (la gente se espabila que no veas), donde poder rememorar la huida fallida del ciudadano Welles, salpicando con tus carreras, cuál Gene Kelly catacúmbico, a una docena de japoneses equipados con suficiente material fotográfico como para rodar una segunda parte –no, mejor una precuela, que molan más- del clásico de Carol Reed.
Paseando por el Schönbrunn –rotundo cambio de escenario, distante del ir y venir de ratas y olorosos residuos sólidos flotantes- trato de imaginarme ahora el monárquico esplendor en la hierba de Francisco José y compañía. La verdad es que nunca me pude tragar entera una peli de Sissí y apenas reconozco las localizaciones de aquellas versiones en celuloide del Hola o del Lecturas. Me siento algo descolocado entre bombones con envoltorios cursis y libros enteros dedicados al "verdadero amor" que el uno sentía por el otro y tal y tal. Sospecho que sólo las repúblicas –y Austria lo es desde el 1918- pueden permitirse la boutade de santificar a sus despilfarradores regentes.
Se acercaba el gran momento. Me apeo en el pratestern y camino lentamente, sin levantar la vista, esperando encontrármela de repente, para que la impresión resulte más fuerte. El ambiente esta cargado de olores poderosos (salchichas con queso, almizcle, azúcar y derivados polisaturados) y no deja de inquietarme el enorme flujo de familias endomingadas que transita por la avenida... ¿qué demonios?...
El Prater es lo que era, supongo. Un parque de atracciones infestado de casetas de feria, autos de choque y puestos de palomitas. Así debe de llevar siendo desde hace 100 años. Lo que pasa es que ahora se ha hecho... grande, todavía más grande. La noria desde la que Harry aleccionaba a Holly sobre los Borgia y los relojes de cucú es un hit turístico que tarda casi 20 minutos en completar una rotación entera, porque cada vez que una de las cestas se posa en tierra, nuevas oleadas de nostálgicos son introducidos a presión, dispuestos a hacerse la foto en lo alto, con el Danubio al fondo. ¡Asco de continente!
El último objetivo de esta humilde gira pseudo-mochilera era Salzburgo. Y Salzburgo, oh sí amigos, es... Sonrisas y lágrimas.
En una plaza me encuentro con autocares dispuestos a cubrir el circuito turístico The sound of music (debí de suponerlo). Desde Mirabellplatz hasta Salzkammergut... te llevan hasta el mismísimo alto desde el que lanzarse colina abajo, emulando a Julie Andrews y gritando aquello de The hiiiiiills are aliveeeee. Manda huevos.
Un último detalle que servirá para concluir este anecdotario, gentileza de la guía Lonely Planet. ¿Recuerdan el número aquél en el que Liest saltaba de banco en banco cantando el I am 16 going on 17? Pues el mirador donde se rodó la escena está cerrado desde que una señora de ochenta y cinco tacos (¡verídico!) se descoñó tratando de imitar a su heroína. Es lo que tiene la edad.
Por último, destacar un pequeño museo de marionetas dentro del Festung Hohensalzburg, donde la joya de la corona son los títeres que se utilizaron en cierta escena de Amadeus. Desde luego: Salzburgo sigue siendo la ciudad de Mozart, donde ricachones emperifollados van a escuchar valses por un centro peatonal que deben de compartir con la purria, sujetos en pantalón corto y con una muda renegrida que les fotografían como si formasen parte de la fauna trasalpina. (¿Y acaso no es así?)
Es en Viena (y ya de vuelta) donde descubro cuál es la verdadera Austria, si en verdad hay una. Y la descubro precisamente donde comenzó todo: en los andenes del metro. Hasta entonces no me había fijado, quizás porque estaba demasiado entretenido consultando el mapa, enfrascado en mis propias cábalas.
En Austria hay mucha gente sola. En Austria (cuyos ciudadanos posiblemente sean los más cultos de Europa) mucha gente camina sola, incluso habla sola, a voz en grito. Ignoro la incidencia de las enfermedades mentales en los países de centroeuropa (aunque me consta, eso sí, que un gran porcentaje de austriacos deciden abandonar este mundo por sus propios medios), pero prácticamente en cada estación te puedes encontrar con alguien que, o bien está como una puta cabra, o se las apaña pero que muy bien para hacértelo creer.
Vuelvo a pensar en Haneke y sus alegatos anti-burgueses (¿o son simples pataletas por haber nacido en un país demasiado educado, demasiado ordenado, demasiado aburrido?). Pienso sobretodo en El séptimo continente o La pianista y creo comprenderlas mejor. Sólo lo creo. Haneke no ha hecho sino diagnosticar en su patria chica una enfermedad que nos acabará afectando a todos... ¿la alienación? ¿La afectación? ¿La frigidez emocional?
Fin de mi excursión por las tierras de Freud. Nada más llegar a casa, en pleno ataque de casticismo, me hago un par de huevos con chorizo. Créanme que lo necesitaba.
Pink Flamingos no aguanta.- ¿Se acuerdan del escandaloso filme de John Waters? La publicidad de entonces decía que con él había logrado "escandalizar a tres generaciones de estadounidenses". Bueno, pues... no era para tanto.
Pink Flamingos se ve hoy en día con desgana y aburrimiento, esperando el famoso momento en que Divine practica la coprofagía perruna, demostrando una vez más que las películas escandalosas rara vez trascienden su tiempo.
Los dos mejores estrenos del verano.- Me refiero a Sin City y Charlie y la fábrica de chocolate. La última del irregular Robert Rodríguez (por mucho que la defienda mi obnubilado jefe, Once Upon a Time in Mexico era un sub-producto vergonzoso) me ha parecido francamente brillante. Dejando de lado su cacareada fidelidad hacia un cómic que desconozco, la apuesta —digital, pseudo-analógica, animatrónica o lo que quiera que sea— incluye omnipresentes voces en off (un recurso nada al uso, incompatible de hecho con el cine de acción) y cine negro contundente, violento, machista y visceral. Una jugada nuevamente acertada de este inclasificable y pastichero director.
Charlie y la fábrica de chocolate conformaría junto con Sleepy Hollow y Big Fish una trilogía sobre la familia (o la ausencia de la figura paterna, para ser más exactos) de un Tim Burton que parece definitivamente recuperado de aquél tremendo traspiés titulado El planeta de los simios.
Una cosa es bien cierta y aplicable también a esta perversa aventura a lo Los 5.000 dedos del doctor T: si bien Burton ha recuperado parte de su alocado mundo (que ahora sabemos cuánto le debe al iconoclasta de Danny Elfman), no es menos cierto que sus dos últimas películas desprenden un halo conservador y acomodaticio algo desconcertante.
Como me apuntaba meses atrás Manuel Yánez a raíz del estreno de Big Fish (una de las películas que mejor han sabido homenajear el circense mundo felliniano), sorprende el intercambio de roles entre Spielberg y Burton. El primero practica ahora un cine oscuro, cada vez más descreído con la humanidad y sus posibilidades "de redención" (a este respecto, aguardo impaciente por ver lo que es capaz de hacer con los sucesos de Munich '72, si sus creencias no terminan por "moldear" a su gusto un acontecimiento histórico, como también hizo con Salvar al soldado Ryan). Por el contrario, Burton —ignoro sus avatares personales, aunque estoy prácticamente seguro de que tienen que haberle influenciado de algún modo... tendré que comprar más a menudo el Vanity— parece definitivamente asentado, dispuesto a hacer un cine de masas sin traicionarse excesivamente a sí mismo (algo que no supieron hacer los hermanos Coen).
¡Vale!
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