El Apocalipsis según Terry Gilliam
El tiempo siempre pone las cosas en su sitio. Unánimemente considerado el mejor crítico que existe es capaz de mostrar las flaquezas de lo que, otrora, fuera alabado hasta la extenuación y hacer ver una enorme diversidad de valores a lo que fue dilapidado sin el más mínimo atisbo de piedad ni conmiseración. Este es el caso de 12 monos. Hace diez años, el momento exacto de su estreno, el film de Terry Gilliam fue recibido con la mayor irritación que imaginar se pueda por parte de los sectores críticos menos interesados en las piezas cinematográficas que cuestionaran todas las fórmulas, tanto visuales como narrativas, que el cine ha ido constituyendo a lo largo de su historia y se replantearan nuevos horizontes apenas explorados. La película, muy a pesar de su reparto de estrellas, nació con verdadero espíritu de culto, reafirmado por un reducto muy minoritario que ha (hemos) intentado hacer ver a lo largo de todo este tiempo que 12 monos es muchísimo más que una simple película de ciencia-ficción. En estos momento, la consideración que se tiene del film de Terry Gilliam (afortunadamente) nada tiene que ver con la miope visión de 1995. El paso del tiempo, una vez más, ha reafirmado los inmensos valores de la que, sin ningún género de dudas, es una de las grandes obras maestras del cine contemporáneo.
I. El Director
Convertido en uno de los cineastas más personales, inteligentes y brillantes de su generación, Terry Gilliam ya hizo exhibición de sus maneras y su pulso estético desde que fuera integrante del imprescindible grupo británico Monty Phyton, ya fuera con la ceración de espléndidas animaciones o participando (directa o indirectamente) en la dirección de los films.
El estilo de Gilliam se encamina hacia una iconoclastia reflexiva, en la que se potencia el exceso como manera y forma de invertir unas ciertas constantes artísticas a las que el cineasta pone contínuamente en tela de juicio. En efecto, las obras de Gilliam están bombardeadas de contínuas referencias literarias que son subvertidas en paráfrasis esquizoides (Homero en Los héroes del tiempo y los Hermanos Grimm en El secreto de los Hermanos Grimm), referencias pictóricas idealizadas y convertidas en estímulos visuales (Botticcelli en Las aventuras del Barón de Munchhaussen) o referencias cinematográficas que se integran en la narración, estableciendo el contrapunto formal entre el sobrio clasicismo de dichos referentes y el recargado barroquismo de Gilliam (la inclusión de Vértigo y Los pájaros de Hitchcock en 12 monos).
Amén de ello, Terry Gilliam es, quizá (aunque esto siempre sea peligroso afirmarlo), el más certero experimentador narrativo que existe en la actualidad. Tomando como base, nuevamente, elementos clasicistas el cineasta extrae a la superficie todos los subterfugios de la historia, trnasformando en complejo (y, en ocasiones, críptico) lo que, en el fondo, está contado de manera lineal. Ya sea sublimando todos los elementos narrativos y acercándolo a un cosmos de turbadora abstracción (Brazil) o destruyendo el tiempo y el espacio a la menra de Borges, aunque blandiendo un espíritu netamente clasicista (12 monos), Gilliam es un deconstructor de fórmulas que ha sabido construírse (al igual que Tim Burton) un mundo propio, deformando y amplificando patrones ajenos, en el que se mueve como pez en el agua y cuya contundencia le hace merecedor, con toda justicia, del calificativo de genio.
II. La película
«Quizá la raza humana merezca ser exterminada». «¿Exterminar a la raza humana?. Es una idea genial». Este diálogo entre Bruce Willis y Brad Pitt en el psiquiátrico donde, por error, es internado el primero expone, de la manera más visceral posible, las intenciones de la película. 12 monos es, entre otras muchas cosas la alegoría apocalíptica más escalofriante que se ha podido ver en décadas. Estructurada en contínuos viajes a través del tiempo en los que un niño con cuerpo de adulto (espléndidamente interpretado por Bruce Willis), intenta encontrar respuestas a la sinrazón humana, el film se descubre como un inquietante panegírico de la destrucción. Haciendo gala de un extremo pesimismo antropológico, Gilliam presenta una humanidad kamikaze, inconsciente de todo su potencial devastador y cuya única solución de continuidad se encuentra en hacer borrón y cuenta nueva. Es decir, exterminar una gran parte de este ente presuntamente racional a fin de que pueda aprender de sus propios errores y replantearse su situación. Sin concesiones, de la manera más directa posible y recargando el ambiente de un profundo poso de amargura que ni tan siquiera la mirada inocente de un niño (la que abre y cierra el film) es capaz de paliar, 12 monos plantea, básicamente, dos puntos que redondean y complementan sus raíces apocalípticas.
Primero, el psiquiátrico como metonimia social. No es gratuito que uno de los bloques del film se desarrolle, íntegramente, en los intramuros de un manicomio ya que es aquí donde Gilliam da rienda suelta a toda su misantropía. La institución es fría, sucia, repleta de luces y sombras y en la que los enfermos son acinados en una sala a fin de que vaguen entre sus propios fantasmas internos; es decir, la exposición clara y diáfana de una sociedad enferma, acosada por sus propias ansias de inmolación aunque, paradójicamente, se haya aferrado a la vida. El concepto de "mentalidad divergente" que tan recurrente resulta a lo largo del film y que tiene su origen en el parlamento de un enfermo, define esta paradoja humana, define la situación de una raza necia, pese a su inteligencia; capaz de las mayores atrocidades posibles, muy a pesar de promulgar el bien común; capaz de destruírse a sí misma, aunque quiera disfrutar de la vida. La única distracción de los enfermos se encuentra en un viejo aparato de televisión en el que, contínuamente, se emiten anuncios o telediarios. Vale la pena detenerse ante ello.
Los anuncios como clave del bombardeo consumista, muestra evidente de una sociedad hueca, que relega al hombre a un estado vegetativo cuya mayor preocupación reside en adquirir el mayor número de objetos posible para entrar en un falso concepto de bienestar. El personaje interpretado por David Morse llega a decir, en un momento dado, que el lema del Homo Sapiens es "vamos de compras"; pocas veces ha quedado tan evidenciada la idiotización del ser humano como aquí.
Los noticiarios, por su parte, exteriorizan la insensibilidad a la que la sociedad se ha ido encaminando a fuerza de provocar y digerir la violencia. Esto, a su vez, actúa de forma catártica, ya que los personajes que pueblan el film pueden estar pendientes del estado de un niño presuntamente caído al interior de un pozo y liberar su angustia contenida. Angustia que no hace acto de presencia ante las cruentas imágenes de cualquier conflicto bélico que, de forma harto habitual, son ofrecidas por los medios de comunicación o, más concretamente y entrando de lleno en el film, la amenaza que supone la contínua destrucción del planeta y a la que todos responden con la más clamorosa indiferencia.
Segundo, la ciencia como detonante del fin. Ésto que, a priori, puede aparecer como un elemento un tanto reaccionario, es tratado por Gilliam de la manera más sutil posible. 12 monos no realiza un clamor en contra de unos avances científicos absolutamente necesarios, pero sí ironiza sobre ellos, estableciendo unos límites que no se vinculan directamente a la experimentación, sino a la egolatría de sus autores. Brad Pitt exclama, iracundo, en el psiquiátrico: «Mi padre es Dios y yo venero a mi padre», frase capital para entender la posición del film con respecto a este tema: la apropiación de las características divinas (creación, destrucción) por parte de seres humanos, no sólo está definiendo la inteligencia intrínseca en el propio Hombre, sino (entrando nuevamente en la paradoja) el peligro que existe cuando es el ser humano quien posee en sus manos semejante poder. La ironía de Gilliam en boca de Brad Pitt (estupendo en la película, por cierto), se deshace de sobados maniqueísmos pseudoteológicos y saca a la superficie la maldad natural latente en la Humanidad.
Extrema y mordaz en su crítica, perfecta en su estructura narrativa y absolutamente genial en todos y cada uno de sus aspectos visuales, 12 monos representa la apertura de un sinfín de vías cinematográficas que aún no han tenido continuación. Quizá la culpa de ello la haya tenido el extremo maltrato al que el film fue sometido en su estreno. O, también, quizá sea debido a que esta película de Terry Gilliam posee tal nivel de excepcionalidad que, irremediablemente, nazca y muera en sí misma.
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