La locura como refugio
Luego del traumático fracaso millonario de Las aventuras del Barón de Munchausen, (The adventures of Baron Munchausen, 1988), capaz de quebrar al más independiente de los cineastas, Gilliam debió pensar en canalizar su creatividad hacia terrenos más comerciales, quizá para demostrarle a la industria hollywoodense que también era capaz de filmar películas rentables. El encargo de llevar a la pantalla el guión de Richard LaGravenese fue aceptado entoces por un Gilliam anímicamente destruido, que se interesó por el material porque aspiraba a filmar una historia pequeña e íntima, que no exigiera demasiado trabajo ni grandes riesgos económicos. Es por todo esto que El rey pescador es hasta la fecha su película más comedida y ponderada, y al verla se echan de menos las más arrojadas e irreverentes facetas del director.
Pero pese a esto, la película dista bastante de ser tajantemente mala. Si todas las incursiones en lo comercial fuesen tan interesantes como El rey pescador , el universo cinematográfico de seguro sería un lugar para quedarse a vivir. Gilliam supo volcar varias de sus inquietudes personales en ella, y de esta forma le otorgó empuje a la historia. La película entretiene y muy bien en su primera hora y media, a pesar de desbarrancarse casi por completo en el tramo final.
Los primeros diez minutos de metraje son un verdadero prodigio de condensación cinematográfica. En brevísimos trazos se nos presenta a un personaje por demás complejo y los penosos avatares que lo precipitan desde el estrellato a la decadencia moral. Esta introducción tiene un fuerte parentesco con la magnífica Talk Radio (1988, Oliver Stone), en donde se trata el poder de los medios y la enorme responsabilidad que implica ser un comunicador social. Jack Lucas (Jeff Bridges) es, al igual que el Barry Champlain de la película de Stone, lo que en Estados Unidos suele llamarse un "shock jock", o sea, un locutor que emite a micrófono abierto su espacio radial, haciendo uso de un humor sarcástico y ofensivo, e insultando eventualmente a quienes lo llaman.

Cuando un oyente interpreta libremente un mensaje de Jack y decide asesinar a sangre fría a varias personas en un bar de yuppies, el futuro profesional y la estabilidad emocional del protagonista culminan desmoronándose. Su narcisismo desmedido lo lleva a culpabilizarse como único responsable del suceso y a torturarse por el peso de las muertes. Pasados tres años de la masacre, y luego de un intento de suicidio frustrado, Jack conoce a Parry (Robin Williams), un vagabundo desquiciado y delirante, quien casualmente había perdido a su mujer en la matanza y que se ve continuamente perseguido por un caballero rojo lanzallamas, corporización del trauma no superado.
La dupla está conformada, y no puede ser más atractiva. El primero tiene una personalidad narcisista y tendencias autoflagelatorias, el segundo, una severa psicosis postraumática y episodios de delirio persecutorio agudo. El pasado los asedia a ambos, conduciéndolos a la depresión y a la locura respectivamente. Existe aquí una relación con la leyenda del Rey pescador, Parry precisamente es un nombre corto para Percival, caballero de la corte del Rey Arturo, apodado "el tonto perfecto" por su inocencia y su pureza. Percival también batalla contra un caballero rojo y otorga el Santo Grial y con él la redención al Rey pescador Amfortas. Los paralelismos se mantienen a lo largo de la película, y los personajes de Percival y Amfortas son intercambiables en Parry y Jack. Los dos necesitan una cura, y ambos significan la salvación para el otro.
Si bien el yuppie es el paradigma del hombre serio, integrado, conservador e individualista, el vagabundo loco representa en Gilliam al excluido, pero por ello mismo al hombre libre de las amarras del sistema, (¿recuerdan al vagabundo desdentado en Doce monos ?), al innovador, al alegre, al único capaz de solidarizarse con el prójimo en un mundo donde el egoísmo es la constante. No se trata de una diferenciación de tipo socioeconómica, sino más bien de tipo sociocultural. Como bien resume el colega Manuel Ortega «en Gilliam los locos tienen el poder, la razón y el sentido común» (1)
Hasta aquí la película funciona y a las maravillas, pero el asunto comienza a decaer cuando Jack organiza una cita para que Parry se dé a conocer con Lydia (Amanda Plummer), su Dulcinea personal. Probablemente Gilliam haya cometido el error de respetar demasiado el guión de LaGravenese, ya que se detiene en detalles de la cita romántica que no interesan demasiado, y que echan a perder el buen ritmo que el film había logrado. Por otra parte, se cae en el error y en el lugar común de crear personajes torpes con el objeto de generar empatía con ellos. Jack y Lydia hacen en un club de video y en un restaurant chino un despliegue de torpeza embarazoso, que termina por idiotizarlos en vez de hacerlos más queribles.

La solvencia de los actores de todos modos salva a estas escenas del desastre, y El rey pescador, pese a todo, logra resistir a los escollos en la narración. Ciertos críticos han visto con mala cara al místico desenlace en el que Parry resurge de la catatonia gracias a un Santo Grial improvisado, pero vale la pena esgrimir en defensa de la película que en el plano más terrenal la escena tiene perfecta validez, ya que ciertos objetos, más allá de los poderes místicos que puedan tener realmente, sirven como cura gracias a la creencia en ellos depositada por parte de los pacientes, y pueden por tanto suprimir una enfermedad de origen emocional.
Jeff Bridges otorga una de las más grandes actuaciones de su carrera, y Mercedes Ruehl y Plummer lo secundan con altura. Aunque hoy en día ya nos ha cansado ver a Robin Williams en su eterno papel de "loco pero de gran corazón", ello no debe hablar mal de su interpretación, por demás correcta. Gilliam por su parte es uno de los más grandes directores de actores en actividad, y El rey pescador no es la excepción a sus brillantes logros en el terreno. Por último, vale oro el cameo en que Tom Waits encarna a un vagabundo tullido, y en que se autodefine como un "semáforo social". Lástima que no cante, además.
Al igual que en El día de la bestia (1995, Alex de la Iglesia) el monstruo del plano místico culmina teniendo su correlato en la realidad representando la intolerancia, la discriminación. Tanto Gilliam como De la Iglesia ven en el ser humano al peor de los demonios. Bajo el nombre de Santo Oficio, Ku klux klan, milicias, barras bravas, hooligans, skinheads, neonazis o escuadrones de la muerte, el caballero rojo del fascismo cotidiano ha derramado y continúa derramando sangre inocente por las calles, y aterra tanto como la peor de las pesadillas imaginables.
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