Lección de historia

Antes de embarcarse en el proyecto de rodar Los héroes del tiempo, los Monthy Phyton estaban al borde de la disolución. Únicamente la unión entre Terry Gillian, John Cleese y Michael Palin permitió que se llevara a cabo y, de paso, se puso la semilla de la posterior El sentido de la vida (The meaning of life, 1983. Terry Jones).

La anécdota del film es bien sencilla, a medio camino entre un clásico cuento infantil y un relato a lo H. G. Wells. Un niño llamado Kevin, que acostumbra a ser ignorado por sus padres, pues tienen cosas mucho más importantes en las que pensar como por ejemplo las últimas novedades en electrodomésticos, se lleva el susto de su vida una noche en la que un grupo de enanos irrumpe en su habitación saliendo de su armario. Éstos huyen a través del tiempo y el chaval se verá inmerso en estos viajes a través de la las guerras napoleónicas o la antigua Grecia, por ejemplo.

El humor incisivo y mordaz de los Monthy Phyton campa a sus anchas por el relato. El grupo sabe sacar partido de los agujeros en el tiempo para tratar con absoluta irreverencia a cualquier personaje histórico que se les ponga por delante. El humor surrealista de la cinta no deja títere con cabeza, burlándose con un total desacato de Robin de los Bosques, Agamenón, Napoleón, el Ser Supremo, ogros, enanos y demás personajes que recorren el argumento de Los héroes del tiempo .

Este viaje fantástico y alucinante a lo largo de la Historia está lleno de seres de todas las calañas imaginables, de originales incidencias y de aventuras bañadas de fantasía e imaginación desbordantes. La puesta en escena de Gilliam es totalmente acorde a estos presupuestos. Así, nos topamos con decorados que derrochan barroquismo, con personajes caricaturizados y deformados por sus estridentes maquillajes y una tétrica fotografía.

Para dar más empaque a la cinta, y en contraposición a los anónimos actores enanos que encarnan al grupo protagonista, Terry Gilliam escogió para pequeños papeles a actores conocidos (Sean Connery –ex 007 convertido en héroe de la Grecia clásica, el rey Agamenón-, Shelley Duval —como amante de Robin Hood—, Ian Holm —un estrambótico Napoleón obsesinado con su estatura—, Ralph Richardson —como Ser Supremo y, a la vez, homenaje explícito al Free Cinema— o David Warner —como tecnócrata que representa el Mal—). La película, no obstante, se resiente de la fragmentación del relato y de un cierto aspecto de superficialidad. Una visión de conjunto de la película nos ofrece una apariencia, a la par, atractiva y desmesurada, insólita y desconcertante.

Las guerras napoleónicas, los escarceos de Robin Hood en los bosques ingleses durante la época de las Cruzadas, la Grecia clásica y el reino de Micenas, el hundimiento del Titanic, el Reino de las Leyendas y, finalmente, el mismo Infierno. Simplemente con enumerar las estaciones, resulta fácil poder hacerse una idea del extraordinario bagaje imaginativo, ingenioso y creativo del que hace gala el guión de Terry Gilliam y Michael Palin. En este sentido, lo más admirable de todo es el Reino de las Leyendas y el Infierno. En el primero cobran vida los personajes más extraños de los cuentos: ogros terribles, naves insólitas, gigantes que surgen del fondo del mar... En el segundo, el Infierno está representado por construcciones colosales y arcaicas, sombras siniestras y personajes oscuros y oníricos.

Más de veinte años después de su estreno, y después de títulos como Brazil, Las aventuras del Barón Münchausen o 12 monos, resulta más que evidente el gusto de Gilliam por un universo desmesurado y poético, rebosante de fantasía. Todo un visionario, mucho antes de que Peter Jackson marcara un antes y un después al adaptar a Tolkien o de que Joanne K. Rowling impresionara a millones de niños y adultos con las lecturas de la saga de Harry Potter.

Por J.A. Souto Pacheco
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