La excepción a la "teoría del tren"
Para alguien que no conozca la historia del desastroso rodaje que Terry Gilliam y su equipo intentaron llevar a cabo sobre la gran epopeya literaria que es Don Quijote de la Mancha, es casi imposible no suponer, habiendo tan sólo visto la filmografía anterior de este director americano y sin conocer nada más sobre él, que la obra de Cervantes debía ser un proyecto que debía bailar en la cabeza del director desde hacía mucho tiempo. La sombra del Caballero de la Triste Figura ha planeado reiteradamente sobre la mayoría de obras de este director, manifestándose, ya sea en forma de personajes que tienen demasiados puntos coincidentes con el manchego para ser casuales, ya en forma de situaciones de guión que se asemejan a alguna aventura vivida por el señor Quijano. Así, y aunque quizás las alusiones más evidentes a este caballero sean los personajes del Barón Munchausen (Jean Rochefort, Las aventuras del Barón Munchausen, The adventures of Baron Munchausen, 1988) y el del excéntrico Parry (Robin Williams en El rey pescador, The fisher King, 1991, curiosamente un guión de encargo), casi copias literales del famosos personaje de Cervantes, la presencia de este se deja ver en la práctica totalidad de las películas del director. Esto es así puesto que Gilliam es el maestro por excelencia en mezclar a sus protagonistas, ya sean propios o adaptados, en aventuras que mezclan sueño y realidad, llegando esta fusión a tal extremo que incluso los mismos personajes, al igual que le ocurría al gran Quijote, llegan a confundir ambas realidades como si se tratase de una sola. Son los casos, además de los anteriores, de los personajes de Sam Lowry (Jonathan Price) de Brazil (1985) del pequeño Kevin (Craig Warnock) de Los héroes del tiempo (Time Bandits, 1981), del aturdido y confundido James Cole (Bruce Willis) de 12 monos (Twelve Monkeys, 1995) y hasta de la alucinógena realidad del periodista Hunter S. Thompson/Raoul Duke (Jonhy Depp) en Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998).
Todo esto debía desembocar de manera irremediable en la realización de la adaptación de las aventuras que Cervantes le deparó a su famoso personaje. De hecho, Terry Gilliam llevaba abrazando este proyecto desde 1991, momento en el que se iniciaron los trabajos de realización del story-board (cuyos dibujos crearía, claro está, el mismo Gilliam). La empresa debía ser tan ambiciosa como exigía adaptar ese mundo de realidad y locura desmesurada que acompaña las aventuras de tan entrañable personaje, pero Gilliam, como ya venía siendo normal a lo largo de su carrera, encontró serias dificultades de financiación por parte de la única fuente económica que hubiera podido llevar a cabo este proyecto del modo en que pretendía realizarlo Gilliam: la industria hollywoodiense. Pero los de las majors no creían en esta historia, por mucha confianza que los beneficios de proyectos anteriores de Gilliam hubieran reportado —dejemos de lado El Barón... por el momento—. Quizás esta negativa no sea tan infundada, y resulte más realista y sensata de lo que nosotros podamos suponer. Así, todos sabemos que la mayor parte de americanos, por muy universales que sean las aventuras caballerescas de este hombre y su escudero, delimitan su mundo en sus playas y en las fronteras limítrofes con otros países, siendo España algo tan lejano y tan poco conocido para ellos, que seguramente el gran público americano, ese que alimenta las arcas de la gran industria cinematográfica americana, no hubiera sentido la más mínima curiosidad por conocer las aventuras de un histórico héroe de ficción perteneciente a "ese otro mundo y a esa otra cultura" que existe más allá de lo que ellos desean conocer. Y que me perdonen los aludidos no coincidentes con este juicio, pero creo no equivocarme demasiado si la razón de la negativa al proyecto Gilliam fue finalmente el sensato escepticismo en la rentabilidad de un proyecto que no hubiera interesado más que a unos pocos. Así pues, el proyecto encontró no sin mucho esfuerzo financiación íntegramente europea y la máquina pudo por fin ponerse en marcha... Hasta aquí todo iba más o menos bien. Gilliam podía por fin llevar a buen término su gran sueño de adaptación de las aventuras de su héroe (sueño que, como el mismo Gilliam reconoce en este documental), no vio claro hasta que su edad le hizo ver al personaje de Don Quijote de una manera más cercana y consiguió sentirlo más cercano a sus inquietudes personales. Pero ese sueño se fue poco a poco convirtiendo, como si precisamente del mismo argumento de una película suya se tratase, en una terrorífica pesadilla. Gilliam no era novato en encontrarse con serias dificultades en la elaboración de sus películas. La sonadísima pugna con los directivos de la Paramount por hacerse con el montaje final de Brazil fue sin duda su primera gran batalla con la industria, aunque el serio batacazo (Brazil al fin y al cabo recaudó un éxito de crítica y público tremendo) llegaría con Las aventuras del Barón Munchausen, película que consiguió extenuar al director por sus interminables dificultades en el rodaje, dificultades derivadas en todo caso del desastroso trabajo de producción que acabó por reflejarse en la previsible duplicación del presupuesto inicial previsto para el filme (los 23 millones y medio de dólares previstos inicialmente acabaron por convertirse en los 46 millones finalmente invertidos). Y es que el trabajo con Terry Gilliam no admite demasiados recortes presupuestarios, y en aquel caso, la pretensión de rodar casi lo mismo a mitad de precio vio finalmente demostrada su ineficacia con el desastre económico resultante para aquella obra. Las aventuras del Barón Munchausen, pese a llegar finalmente a materializarse en un filme brillante, una película de la que quizás Gilliam reniegue y que casi ni quiera recordar por los tremendos problemas vividos en su elaboración, fue además un desastre en taquilla, por lo que Gilliam pareció aprender con ello que es mejor abandonar pronto el barco si uno no quiere ahogarse durante el naufragio.
 El gato Gilliam salió escaldado de la experiencia, por lo que tras un rodaje de encargo que consiguió recuperar la lisiada reputación que Gilliam tenía en Hollywood (El rey pescador obtuvo un éxito arrasador), Gilliam decidió protegerse las espaldas para su siguiente proyecto 12 monos, temiendo que la participación de directivos de la Universal o conectados con la Columbia —las dos productoras que habían propiciado sus pesadillas creativas anteriores—, volviesen a darle problemas en este filme. Así, Gilliam encargó un documental sobre el rodaje de esta película a dos estudiantes de cine: Keith Fulton y Louis Pepe, los cuales elaboraron este making off y lo materializaron en forma de diario de rodaje titulado The Hamster Factor and Other Tales of Twelve Monkeys (1996), incluido en la versión DVD del filme. La película fue un éxito de nuevo, así que Gilliam pudo respirar por el momento cierta tranquilidad. Tras la controvertida y escandalosa Miedo y asco en Las Vegas, Gilliam vio por fin el momento ideal para embarcarse en el proyecto de El Quijote, un proyecto que ni de lejos imaginó tan plagado de desastres como acabó siendo.
En septiembre de 2000, ya con el deseado proyecto en marcha, Gilliam decidió incorporar al equipo de producción a Fulton y Pepe, con la intención de que elaborasen de nuevo el que debía ser un making-off que ilustrase un rodaje que se preveía por el momento cargado de problemas . Al igual que entonces, las dificultades con las que se estaba encontrando el director y el equipo para conseguir la financiación necesaria para llevar a cabo el filme, problemas que, como se ha dicho, desembocaron en la consecución del dinero (bastante menos de lo necesario) por parte de inversores exclusivamente europeos, hicieron que Gilliam volviese a querer ilustrar el rodaje de la mano de estos dos chicos. Pero la experiencia resultaría tan desastrosa, que lo que debía acabar siendo un "making-off" resultó por ser un "un-making off", es decir, la plasmación del proceso de elaboración de una película que nunca llegaría a materializarse. Fulton y Pepe se enfrentarían en el montaje a un material de más de ochenta horas de grabación reducidas a esta pieza de hora y media que acabó por titularse Lost in La Mancha. El título no podía ser más apropiado para la pesadilla que vivieron Gilliam y los suyos en la preparación y el rodaje de ese proyecto mil veces imaginado y soñado por el director. La película se iba a titular El hombre que mató a Don Quijote (The man who killed Don Quixote)...
El documental de Keith Fulton y Louis Pepe es una lección inigualable sobre producción cinematográfica, un documento fantástico sobre las dificultades que se suelen presentar en los rodajes de esa profesión tan maravillosa como poco conocida como es el cine, con el interés añadido de que el mismo documento resultó ser un compendio casi increíble de casi todas las desgracias posibles a las que puede enfrentarse un rodaje, por lo que el proyecto pareció ser condenado por un fatal maleficio. A lo largo de esa hora y media, el programa va recorriendo una a una todas las etapas por las que pasó la preproducción del rodaje (búsqueda de los actores, elaboración del plan de rodaje, localizaciones, ensayos, pruebas de vestuario, de maquillaje, etc.) y la producción en sí, un rodaje que fue abandonado finalmente por la imposibilidad de continuación temporal por parte del actor principal Jean Rochefort .Pero esta sólo fue la guinda de toda una serie de desventuras que parecían acompañar al equipo de rodaje como si de una maldición se tratase: el primer ayudante de dirección, Phil Patterson, quien había ya colaborado con Gilliam en 12 monos, vivió una auténtica pesadilla. Desde un primer momento las cartas estaban echadas, puesto que Gilliam pretendía hacer, como es habitual en él, una producción que requería un presupuesto sólo asequible por una compañía hollywoodiense, aceptando a regañadientes que la financiación europea sólo posibilitaría una producción de bastante presupuesto menos. Esta escasez económica provocaría, por ejemplo, que los actores principales —además de Rochefort, Johny Depp (quien debía interpretar a un ejecutivo publicitario que viaja al pasado y es confundido por Sancho Panza) y Vanesa Paradis— aceptasen rodar la película a cambio de unas ganancias bastante inferiores a su caché habitual, hecho que, como es lógico, limitaría su disponibilidad a los huecos que cada uno de ellos disponía entre un compromiso profesional y otro. Con esto, los ensayos con los actores durante la etapa de pre-producción fueron un absoluto caos, acrecentados por la dificultad añadida de la intervención de animales adiestrados durante el rodaje (el caballo Rocinante), que debían ensayar con sus adiestradores a falta del actor en cuestión, derivando todo ello en que el resultado durante el rodaje fuese un completo desastre y se hubiese de modificar la planificación de la escena, como después mostrará el documental.

Pero los problemas con los actores no habían hecho más que iniciarse, puesto que Jean Rochefort caería enfermo, como ya se ha dicho, durante el rodaje. Además, la pérdida de un inversor obligó a reducir aún más el presupuesto, un desembolso económico que Gilliam trataba de que fuese el mínimo sin por ello renunciar a su perfeccionismo habitual y a su obsesivo cuidado por todos los elementos que componen la puesta en escena (así, el documental ilustra los sucesivos cambios que el director realiza sobre el vestuario o sobre las maquetas, desesperando en algún caso a sus sumisos colaboradores, quienes cada vez se muestran más preocupados por la escasez de tiempo que tienen para desarrollar con su trabajo las exigentes demandas del caprichoso Gilliam). Pese a este comienzo funesto, tanto los productores como Phil Patterson, Gilliam y en general todo el equipo, decidieron tener fe en la "teoría del tren" que comenta el mismo Patterson, una teoría según la cual pese a las dificultades iniciales que pueda tener un proyecto, el hecho de "subirse al tren" en seguida —comenzar igualmente con el rodaje— provoca que la inercia del movimiento posibilite que los problemas se vayan solucionando por la buena marcha del rodaje. Pero esta vez la teoría falló y tal y como Lost in La Mancha muestra, la sucesión de infortunios que plagaron la pre-producción no había hecho más que empezar. Una de las lecciones más importantes de la producción audiovisual es el dicho que afirma que "un buen productor ha de tener previstos los imprevistos". Viendo Lost in la Mancha, uno deduce que algo falló al respecto, puesto que un factor tan importante como la confianza en una previsión meteorológica que se adivinaba demasiado endeble fue la causa de uno de los desastres que más retrasaron el rodaje y que empezaron a hundir al proyecto en una ciénaga de arenas movedizas que finalmente lo engulliría por completo. No todos los desiertos son iguales, y precisamente el Parque de las Bárdenas en Navarra, como bien sabe Álex de la Iglesia, es un lugar en el que son muy frecuentes las lluvias torrenciales. Pero esto no fue inexplicablemente bien previsto, y las lluvias no sólo paralizaron el rodaje, sino que pusieron al descubierto las deficiencias en la contratación de seguros que pudiesen cubrir, además de los desperfectos del material empleado, los gastos ocasionados por los días de rodaje perdidos. Se tuvo que contratar un seguro "de buena finalidad" un tipo de póliza que asegura que la película se acabe, haciéndose cargo el asegurador de los gastos ocasionados si todo se sale de madre. Contratar un seguro de estas características es lógico que suponga un desembolso económico muy grande, y en el caso del proyecto de Gilliam debió resultar sin duda así. Por si fuera poco, la labor de producción delató otros errores de previsión, como la escasa seguridad que se tenía sobre la certeza de la afirmación que los responsables de una base militar colindante al trozo de desierto donde debían rodar mantenían de que los aviones sólo hacían maniobras durante una hora al día. Los problemas con el sonido ambiente, pese a ser fácilmente solucionables cuando se trataba de tomas sin diálogo, resultaron fatales en la filmación de las escenas en las que debía captarse el diálogo de los personajes (2). Como colofón, la lluvia dejó un paisaje totalmente diferente al que había antes, el color rojizo de la arena mojada resultó demasiado grave para conseguir el mantenimiento del raccord durante el montaje, por lo que hubo que desistir, en principio temporalmente, de seguir rodando en aquel espacio.
Pero lo más grave estaba aún por llegar: la complicación del problema médico de Jean Rochefort fue la guinda final que provocó la suspensión del rodaje al sexto día de su inicio y el consecuente escepticismo de Terry Gilliam en la futura realización de su sueño. Phil Patterson se llevó la peor parte de todo este maremagnum de errores y calamidades no previstas. La desmotivación de todo el equipo, la desilusión que plasma el reportaje, dibujada en las caras de cada uno de los miembros del equipo de producción del filme, deja patente la dificultad que supone realizar un proyecto cinematográfico de gran entidad con un presupuesto que no cubre realmente sus necesidades.
Terry Gilliam, al igual que su personaje idolatrado, llevaba años imaginando una fantasía que finalmente fue un espejismo. El documental es una obra excepcional que logra ilustrar a la perfección la dura batalla que un director y cada miembro de su equipo debieron librar con las dificultades que se fueron presentando a lo largo de la preparación y el rodaje de un film "maldito" (3). Una cadena de problemas que, además de no contar con el colchón económico de un presupuesto que pudiese cubrir los imprevistos, fue finalmente el yugo que paralizó las esperanzas de gestación de uno de los sueños más perseguidos por el enfant terrible Gilliam. Las palabras del Barón Munchausen parecen planear por la mente de Gilliam e ilustrar su estado de ánimo cuando, cansado y exhausto, dice no saber ya realmente si desearía continuar algún día con este proyecto, tantas veces imaginado por él en sus sueños y en su pensamientos, que ya casi no encuentra las fuerzas necesarias para luchar por él.
«Estoy cansado del mundo. Y el mundo está evidentemente cansado de mí, porque ahora todo es lógica y razón. Ciencia. Progreso. Leyes hidráulicas. Leyes de Dinámica Social. Leyes de esto, aquello y lo otro. No hay lugar para los cíclopes de tres cabezas de los Mares del Sur. No hay lugar para los árboles de pepino y los océanos de vino. No hay lugar para mí» (4)
Pero pese a este abatimiento, normal tras haber vivido esta sucesión de calamidades que a cualquiera desesperarían, todo el mundo sabe que si algo caracteriza a Terry Gilliam, es su extremada tozudez y perfeccionismo, por lo que lejos de dejarnos un amargo sabor de boca, el documental finaliza con la afirmación de que Guilliam reemprendió seis meses más tarde el proyecto con la firme voluntad de comprarle a la compañía de seguros los derechos de su propio guión. ¿Será esto finalmente así? ¿Veremos algún día por fin plasmada sobre una pantalla la historia del personaje más gilliamesco que la literatura mundial ha dado? De momento, deberemos conformarnos con las nuevas obras de Gilliam, El secreto de los hermanos Grimm (2005) y la siguiente Tideland (2005), aún por llegar a la gran pantalla. Esperemos sin embargo, que algún día podamos disfrutar del Quijote de Gilliam, y que no todos los gigantes que confiadamente creamos ver sean finalmente sólo molinos de viento...
(1) El actor francés, quien ya había encarnado a las órdenes de Gilliam al maravilloso Barón Munchausen, cayó enfermo aquejado de dos hernias que le imposibilitarían, no sólo rodar durante meses, sino además montar a caballo, requisito, claro está, imprescindible en el personaje de Don Quijote.
(2) En Hollywood es muy frecuente el doblaje de muchas escenas mediante la técnica del ADR (Automatic Dialog Replacement). Esta técnica consiste en que el mismo actor dobla aquellas tomas cuyo sonido ambiente "ha ensuciado" el diálogo original. Está claro que esto es una solución viable para una producción de gran presupuesto, pero muy poco recomendable para una película que cuenta con problemas de financiación, como es el caso del proyecto de Gilliam.
(3) Hay que recordar que el proyecto de adaptación de la historia de Don Quijote ya fue emprendido, no con pocos problemas, por parte de Orson Welles, montado por Jess Franco y materializado en la pieza Don Quijote de Orson Welles (1992). Ha habido otras adaptaciones de la historia por parte de cineastas como Pabst (1933), Arthur Hiller (1972), las españolas de Rafael Gil (1947) o Manuel Gutiérrez Aragón (1991) y las mexicanas de Miguel Delgado (1969) y Roberto Gavaldón (1973), entre otras, pero ninguna ha conseguido aún alzarse con la virtud de ilustrar con perfección la genial maestría de la novela de Cervantes.
(4) Palabras que el Barón Munchausen dirige a la pequeña Rally (Sarah Polley) en la película Las aventuras del Barón Munchausen, citadas en el magnífico libro que Jordi COSTA y Sergi SÁNCHEZ dedicaron a la obra del director americano: Ferry Gilliam, el soñador rebelde, Festival Internacional de Donosita – San sebastián, Guipúzcoa, 1998, p.155.
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