La invisible distancia entre sueño y realidad (a propósito de la defensa de los alucinógenos)

Una experiencia lisérgica es algo brillante, vivir de ella, ya es un poco más complejo. Esto lo podría explicar mejor Dennis Hopper, que ya en 1969, totalmente colgado de las drogas y de las armas, retrató el verdadero sueño americano —aquel en que sólo existe el fanatismo y la violencia— arriesgando su salud y la de sus congéneres en la muy cult Easy rider (1969). Más o menos por la misma época en que Hopper estuvo al milímetro de acabar en la cárcel o en la tumba, otro aficionado a consumir más drogas que comida, el doctor en periodismo Hunter S.Thompson (y su alter ego Raoul Duke), también andaba buscando el sueño americano a través de sus reportajes para Rolling Stone, siempre titulados Fear and Loathing in... así, todo tipo de eventos, desde un atraco a una licorería en Mexico o la Superbowl , eran revisitados por un Thompson con destellos de lucidez entre horas y horas de viaje tripado. Desde luego, eran tiempos duros para Norteamérica: Nixon como presidente, miles de jóvenes siendo devorados por Vietnam, la época hippie había sido devorada por la mala gente y la heroína (información obtenida a cargo de Robert S.Crumb)... ¿Qué más se podía hacer excepto drogarse? ¿Qué harán las generaciones actuales de Norteamérica con Bush, Irak y la amenaza terrorista?

La recopilación de textos de Thompson a propósito de su reportaje sobre una absurda carrera de motocicletas en Las Vegas se convirtió en un libro, Fear and Loathing in Las Vegas, tan sugestivo como inadaptable, al menos, tan inadaptable como podía ser el delirio de William S. Burroughs en El almuerzo desnudo. Terry Gilliam debió darse cuenta, si David Cronenberg pudo con Burroughs, él podría con Thompson. Al fin y al cabo el material era el idóneo: dos personajes quijotescos —Duke y el Dr.Gonzo— cuya separación del mundo real venía por la enajenación provocada debido a la ingestión incontrolada de estupefacientes. ¿Cómo no podía funcionar si además contaba con Debbie Reynolds? Gilliam volvía a su territorio favorito: la distancia que separa lo real del sueño. Cuando una realidad es tan sucia como la que habitaba en Norteamérica, si además nos hallamos en el corazón del vicio absurdo, Las Vegas, lo mejor que podíamos hacer es distanciarnos, dejarnos atrapar por el L.S.D., por la mescalina, por la marihuana y la cocaína. Y ya puesto, ¿por qué no un poquito de éter etílico para perder las funciones motoras del cuerpo? ¿Y unas puntitas de cerilla de adrenocromo extraídas directamente de la glándula pineal de un ser humano con el cadáver caliente?

Hunter S.Thompson funcionó como asesor full time para Miedo y asco en Las Vegas, tutelando a Johnny Depp con quien convivió varios meses y que llegó a mimetizar el comportamiento físico y psicológico de Thompson. Depp se metamorfoseó en las carnes de un yonqui, de ahí su brutal comportamiento en pantalla, perfectamente acompasado por ese tanque llamado Benicio del Toro. Del cúmulo de situaciones absurdas (más que surreales) que en su devenir quijotesco a lo largo de su doble viaje (geográfico y psicológico) van padeciendo, Gilliam adopta una opción moral devastadora: lo cómico debido a lo absurdo distancia al espectador, que directamente alucina en su butaca, para imprimir de fondo un mensaje trágico sobre lo vivido. De la acumulación felliniana de gentío y objetos, de esa sensación de estar en una viñeta de Moebius, todas las secuencias son hilarantes, desencadenadas en un ritmo trepidante, que sólo se detiene para que Duke, ya de bajón, escriba sus crónicas más brillantes, analizando la realidad desde un outsider que nada tiene que perder. Tras la risa, entonces, se halla un puño de agrio sabor. Hay una secuencia que tira por tierra esta distancia estética: en ella el psicótico Dr.Gonzo, amenaza a una camarera con un cuchillo. Esta escena, silenciosa, desgarradora, casi inaguantable, elimina toda la fantasía para enfrentarnos con la asquerosa realidad. Nada es lo que parece y poco tiene pinta de acabar bien, que se lo digan a Sam Lowry, supongo.

Miedo y asco en Las Vegas es así un film absolutamente pesimista, rodado con la energía que te da un momento elegíaco, como hablar con un pato tras la ingestión de magic mushrooms. Gilliam demuestra ser uno de los mejores magos de la imagen moderna, creando secuencias absolutamente delirantes, como la magnífica aventura del Bazooka Circus, donde la acumulación de historias, personajes y objetos es inabarcable para el espectador, demostrando que con Emir Kusturica, es el hijo más obediente del maestro Federico. Quizás si tiene algo molesto Miedo y asco en Las Vegas es el recurrente truco a lo John Landis del uso y abuso de cameos, pues el guiño fácil puede acabar convirtiéndose en un incordio. De todos estos cameos quizás sólo era necesario uno: el de Hunter S.Thompson en la secuencia del club The Matrix. Al escritor creador del periodismo gonzo le pareció que la película era una "obra maestra". El 20 de febrero del 2005, Thompson se quitó la vida disparándose a bocajarro con un rifle.

Por Alejandro G. Calvo
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