Don Quijote de Munchausen
Reciente aún el estreno de Charlie y la fábrica de Chocolate (Charlie and the chocolate factory, 2005) de Tim Burton, y mientras reviso algunas películas de Gilliam para este estudio, cada vez noto más cercano el paralelismo existente entre ambos realizadores. Un paralelismo que a pesar de contener dos estilos totalmente independientes, se asemejan mucho y complementan entre sí.
Dejando aparte que los temas que suelen tratar distan lo suficiente como entre sí para no hermanarlos y sus estilos visuales no son calcados, de la misma manera que su concepción global acerca del modo de entender el cine, sí que es cierto que ambos cineastas poseen un universo particular muy peculiar que cuando consiguen plasmarlo con total libertad dentro de una película, el sentimiento que te invade ante cada nueva experiencia que suponen sus filmes, están al alcance de muy pocos.
Mientras que Burton siempre ha tirado más hacia los relatos góticos con personajes torturados, extraños o directamente frikis, Gilliam ha mantenido su línea de fantasía desmesurada, ya sea con aires más serios como 12 Monos (Twelve monkeys, 1995) o la alucinación en estado puro, como demostró Miedo y asco en Las Vegas (Fear and loathing in Las Vegas, 1998), introduciendo en cada obra gags visuales que, a veces inconexos, a veces justificados, son deudores de su etapa junto a los Monthy Python.
Influencia mucho más arraigada de lo que parece a priori. La comedia visual que trabajaban la cuadrilla inglesa es el anticipo y la justificación en la que muchas veces se ha escudado Gilliam ante sus constantes idas de olla con ciertas películas, y el hecho de mantener como actores de sus películas a integrantes de los Python así lo demuestra.
 Gilliam es ante todo un cineasta muy irregular capaz de hacer buenas películas y muy malas películas. La que nos ocupa sin duda alguna deberíamos incluirla en la segunda categoría. Dejando de lado los innumerables problemas de producción con los que tuvo que lidiar (equipos internacionales que no sabían lo que estaba pasando, productores estafadores, querellas contra el propio Gilliam), lo cierto es que la última entrega de la "Trilogía de la imaginación" (trilogía completada por Time Bandits —1981— y Brazil —1986) constituye un bufo total, una película de aventuras totalmente fallida ya desde su concepción.
Su pretendidamente tono meta-fantástico donde todo es real y todo es mentira acaba dando la espalda al espíritu de la película ya que los pasajes oníricos y voluntariamente irreales no concuerdan con el tratamiento que luego se hace de aquellos que sí lo son, no diferenciándolos lo suficiente como para poder saber en cada momento en que parte del cuento estamos, en el verdadero, o en el falso...si realmente los hay. A modo de aclaración: La intención de Gilliam de jugar con el plano real y el plano fantástico en una película de aventuras de carácter infantil no es un método adecuado para que se siga la historia correctamente.
Incluso contando con muy buenos aciertos como pueden ser la asombrosa y magnífica ambientación, con unos decorados y un vestuario muy logrado, el director de la reciente Brothers Grimm demuestra que no solo con dinero se hacen buenas películas y que el cine es un trabajo en equipo ya que cuando falla uno, el resto de equipos flojean. En consecuencia, el guión es de una simpleza asustante, construido a través de diversos pasajes de manual donde ciertas apariciones o desapariciones son, no ya de risa sino casi insultantes, siendo su desenlace no por predecible menos humillante. Donde acierta el cineasta es en la definición del personaje, un moderno Don Quijote (gracias al documental Lost in la Mancha —2002— pudimos ver unas imágenes de la película que preparaba y que sin duda prometían, ya que hoy en día imagino a pocos directores más capaces que él de afrontar una quimera como esa que ni el propio Welles pudo realizar) que intenta revivir sus viejos "glory days" ya pasados donde el magnífico barón vivía en un mundo donde todo era posible, y las aventuras eran el pan nuestro de cada día. Un mundo donde los ríos eran de vino, tal y como lo define el propio barón. En pleno siglo XVIII, en la era de la razón (un gran apunte de Gilliam introducir ese apunte al principio de la película), un personaje tan anclado a lo fantástico, a la imaginación, está perdido frente a la época del progreso y la civilización.

Lástima que esos buenos apuntes, el cineasta los lastra contraponiéndolos excesivamente a la personalidad del barón. Por ello, mientras en la "realidad" los turcos atacan la ciudad, el barón viajará hasta la luna, de allí descenderá hasta los infiernos a conocer a Venus, para más tarde ser engullido por una ballena y salir indemne de todo.
Incluso contando con ciertos pasajes simpáticos y detalles conseguidos como la aparición de Robin Williams como el rey de la luna, capaz de separar el cuerpo de la cabeza, o el magnífico baile entre el barón y la diosa Venus, que no es otra que... Uma Thurman, el conjunto deviene excesivo y pretencioso, yéndosele de las manos una historia, y sobretodo una intención que acaba ahogada por la acumulación de un plasticismo demasiado infantil y una dirección de lo más inadecuada, llegando, por momentos, a resultar torpe, a pesar de que sus fotogramas muestran claramente el dinero invertido.
Así pues, las andanzas de éste moderno caballero andante han merecido el mismo destino que obtuvo el caballero de la triste figura creado por Miguel de Cervantes, ya que su imaginación desbordante no obtuvo premio ni lugar en un mundo de la razón, donde el progreso no perdona ciertos alardes de creatividad no muy bien materializados.
Personalmente, aún tengo esperanzas en que lo pueda conseguir algún día. Mientras espero ese Quijote que tiene pinta de no llegar nunca, nos contentaremos con su visión de los hermanos Grimm. |