El poder de la fantasía frente a la gris realidad

Es la infancia la época en la que se forjan los miedos y pesadillas más profundos en el ser humano. Es también la época en la que la fantasía cobra su verdadero sentido, se arraiga en nuestro interior y nos permite que nos adentremos en los fascinantes territorios de la imaginación. Poco a poco, mediante el aprendizaje y la acumulación de experiencias nos vamos abriendo a la vida y a sus problemas. Los sueños van dejando paso a la hiriente realidad, y el mundo mágico y multicolor de nuestra niñez se desvanece en un sinfín de preocupaciones, interrogantes y expectativas que nos acercan inexorablemente hacia la percepción de una edad adulta llena de responsabilidades y de disyuntivas...

Puede que por eso el cine y la literatura se hayan convertido en los únicos oasis de ensoñación a los que poder aferrarnos en el seno de la insulsa cotidianeidad, y puede que, por esa misma razón, su valor para todos aquellos que necesitamos insuflar algo de magia a nuestras existencias, sea totalmente necesario e insustituible.

Así lo entiende también el director norteamericano Terry Gilliam, rara avis dentro del cine actual, personaje multifacético de desbordante creatividad que ha conseguido cimentar una carrera prácticamente al margen de la industria para intentar salvaguardar su parcela de entidad artística por encima de presiones económicas e intereses comerciales. Y es que Gilliam pertenece a esa escasa nómina de directores (junto a Burton , Lynch o Cronenberg) que intentan dilapidar las fronteras entre la esfera de lo Real y lo Imaginario a través de la creación de universos abstractos que traspasan los límites de lo genérico para introducirse en formas de expresión menos estandarizadas, más audaces, más libres y auténticas. Se trata de acceder a otra dimensión donde las reglas de lo físico y tangible se trasmutan, se convierten en alucinación y llegan a convertirse en espacio mental. Un espacio donde se confunde la verdad con la mentira, donde se derrumban los parámetros racionales, donde cobran sentido los sueños, el surrealismo, la confusión, y el caos en contraposición a todas las ordenadas leyes sobre las que el hombre ha construido la sociedad. Ese es uno de los motores de arrastre que siempre ha movido la filmografía de Terry Gilliam, la de mostrar otra realidad, aquella que no se nos ofrece ante nuestros ojos porque su naturaleza no es aprehensible, sino que viene motivada por las fuerzas del inconsciente o por las que emergen de lo desconocido o sobrenatural, aunque este aspecto se encuentre revestido con una intencionalidad crítica que intenta poner en tela de juicio a través de lo absurdo, cuestiones vitales que afectan al hombre moderno.

Después de su traumático intento de trasladar a la pantalla las andanzas del caballero Don Quijote, Gilliam regresa al panorama de actualidad con un proyecto de encargo, El secreto de los hermanos Grimm , film que se sitúa a medio camino entre la desbordante concepción cinematográfica de este portentoso creador de imágenes y las restricciones a las que ha debido someter su inventiva para ajustarla a las exigencias de la productora que ha sufragado los costosos gastos.

Y sí, puede que en El secreto de los hermanos Grimm no nos encontremos con un Gilliam en estado puro, quizás demasiado preocupado en ofrecer un espectáculo que pueda ser digerido de forma mayoritaria por todos los públicos, pero lo cierto es que en esa confrontación quedan los rasgos de un estilo inconfundible, aquél que cree que la fantasía tiene el poder de transformar la realidad y combatir la mediocridad de quienes sólo creen en la razón y en los valores inmutables.

Precisamente en esta dicotomía enfrentada se sitúan las propias personalidades de los hermanos Grimm: mientras que Jacob (Heath Ledger) se muestra soñador y cree fervientemente que el poder de la imaginación puede superar el ámbito de lo irreal, Willhelm (Matt Damon), parece cuestionarse mediante el raciocinio todo aquello que no se encuentra bajo las normas de la constatabilidad.

Alrededor de estos dos personajes, Gilliam orquesta una fábula fantástica en la que late el espíritu de los cuentos infantiles, con todo su repertorio de hechizos, bosques encantados, brujas con poderes maléficos, hombres lobo aterradores... Todo ello ensamblado en el seno de las leyendas populares y creencias ancestrales que se encontraban arraigadas todavía en el seno de la temerosa sociedad germánica agraria del siglo XIX, que intentaba salvaguardar a toda costa su espíritu esencial en unos tiempos de profundos cambios regidos por la inestabilidad política.

El director despliega su habitual poderío visual y crea un universo que navega entre lo mágico y lo onírico, matizado por una atmósfera misteriosa y macabra que genera inquietud, esa extraña sensación que se desprende de las alucinaciones y espejismos en las que todo lo que sucede parece constituir una mentira que poco a poco se va certificando como una incómoda y monstruosa verdad.

El entramado narrativo discurre a través de una senda un tanto dispersa que se configura mediante el ensamblaje de episodios independientes (algunos de ellos magníficamente construidos, como —aquellas piezas que dramatizan las desapariciones de las niñas del pueblo, o la que representa la primera internación en el bosque por parte de la curiosa trouppe de protagonistas, junto a otros más anodinos que no logran insuflar el suficiente aliento poético pues prefieren encaminarse por la facilidad del espectáculo de raíz más gratuita, y por tanto más vacía) que pretenden constituir una especie de guiño constante a toda la literatura infantil que se encuentra anclada en el subconsciente colectivo, unas veces para homenajearla, otras para desmitificar alguna de sus figuras o convenciones, pero a la vez reflexionando acerca de su sentido o la vigencia en el mundo actual como medio de escape de la vida ordinaria.

Además de su atrayente y exuberante barroquismo estético, uno de los factores más atrayentes de El secreto de los hermanos Grimm, es su desprejuiciado, fresco e irreverente sentido del humor, muy negro (como es habitual en Gilliam) que consigue relativizar la supuesta seriedad de la función y tomar todo lo que ocurre como una mera mascarada. Al fin y al cabo, la farsa se encuentra detrás de las acciones que protagonizan la pareja de hermanos, que viven de engañar a los aldeanos reconstruyendo viejos relatos de maldiciones y encantamientos para extraer con ello beneficios económicos.

El trazo con el que se han dibujado los perfiles de los personajes también aparece revestido por un cierto tono bufonesco (a destacar la estupenda caracterización de Peter Stormare), y las acciones que realizan, las mentiras y las trampas, parecen desarrollarse en torno a una mecánica o parafernalia circense. En todo caso hay una deformación constante de los parámetros de la puesta en escena y de la esencia de la representación.

El sadismo es otra de las facetas que Gilliam vuelve a practicar. Su empleo puede ya elevarse a la categoría de rasgo distintivo en su cine, pues está presente desde su primer film como director, Jabberwocky (La bestia de este reino, 1976) y consiste en esa recreación malsana de los elementos perversos, macabros o sórdidos que anidan en la naturaleza humana, siempre pasados por el filtro de la caricatura o de la exageración paródica: muertes violentas, mutilaciones, torturas... son utilizadas como fuentes expresas de comicidad.

Es El secreto de los hermanos Grimm una cinta de contagioso poder embaucador. Continúa presente en su esencia la inspiración torrencial de un Gilliam que era preciso recuperar urgentemente de las garras del olvido, aunque se perciba detrás de la pulcritud que desprenden los fotogramas, que su talento desbordado haya intentado ser domesticado. Una lástima, pues ya quedan pocos directores capaces de llegar tan lejos como lo ha hecho Terry Gilliam hasta el momento, con ese espíritu de kamikaze con el que parece dinamitar los límites de la coherencia, con esa radicalidad impulsiva capaz de romper los esquemas predeterminados y con esas ansias, en definitiva, de crear un discurso propio, que consiste ni más ni menos en trabajar de manera libre en aquello en lo que se cree, en sacar adelante lo que proporciona satisfacción personal, y sobre todo, en hacerlo mediante los medios que uno halla convenientes, sin importar nada más que complacer las propias necesidades creativas. En ello radica la verdadera autenticidad de un autor y su obra.

Por Beatriz Martínez
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