«¿Por qué alargarlo?»
...pues ya saben: octavo año del certamen barcelonés, convertido definitivamente en red de difusión de cortometrajes. Superada la profunda crisis (¿o simple presión institucional?) de su sexta convocatoria y vueltos todos al redil del CCCB, la cita se consolida como "la semana fantástica" de lo breve, uno de los pocos lugares donde el público de acá puede disfrutar de este tipo de propuestas (con el permiso del Icaria y algunas intempestivas entregas de Metrópolis en la 2).
Alabado sea, pues, lo que tenemos.
El MECAL es, a pesar de todo, un festival con mala suerte. Ya hace cuatro años le pillo en pleno fin de semana lo del 11 de septiembre —no se podían buscar otra fecha, no— y año sí, año también, alguna tromba de agua arruina varias sesiones al aire libre. En fin, poco se puede hacer contra el calendario...
Al MECAL este año se podía ir a arriesgar (un par de secciones dedicadas al sadomasoquismo, el siempre inclasificable OK Computer o la imprevisible sección Obliqua) o sobre seguro (sesiones con el palmarés del último año, algunos de los mejores cortos españoles en Travelling o la afinada y acertadísima selección que acompañaba al país invitado este año: Canadá).
Lo que aquí sigue es un resumen de lo poco visto en Internacional y Obliqua . De lo más "nuevo", de la hornada anual, por llamarlo de alguna manera.
Mientras escribía estos ridículos dos párrafos por corto —espero no herir tantas susceptibilidades como en años anteriores: no trato de ser justo ni ponderado— intentaba justificar de alguna manera esa sensación de "volver a empezar" que me dejan las visitas al CCCB por estas fechas. Trataré de explicarme.
Conozco pocos, muy pocos cineastas que entiendan el cortometraje como un fin en sí mismo. El cortometraje (cuando no es, precisamente, más que un simple ejercicio de final de carrera o carta de presentación ante la industria) es una actividad con fecha de caducidad, revolcón esporádico que pocos profesionales tratan de prolongar en el tiempo...
Guste o no, con el primer (y a menudo, último corto) tratan de esbozar lo que podría ser su largo (¡toma tópico, Manolo!). Y demonios, no seré yo quien censure tal actitud: es una aspiración del todo legítima en un director. Pero eso deja al género un poco puteado: ligue de fin de semana, relación efímera y de circunstancias con la que algunos logran subir un nuevo escalafón en su incipiente carrera.
La contrapartida también resulta evidente: es una de las actividades audiovisuales más jóvenes y desenfadadas que existen. No hay tanto temor a equivocarse: el 85% del material son óperas primas -más o menos afortunadas-, tren de esperanzas, agitado catálogo de obsesiones, manías, ideas... quizás eso explique la abundancia de protagonistas infantiles o adolescentes: los propios directores no hace tanto tiempo desde que dejaron atrás esa etapa de sus vidas. Y se agradece que así sea.
Fin de la cortinilla de entrada. A partir de aquí, resumen de lo visto: cuatro categorías dispares (de peor a mejor) donde encajonar 12 horas pasadas a la fresca. Y un único reproche: para próximas ediciones, búsquense una promo menos cafre, sin apología barata de la eutanasia.
1.- Zona Cero: esperpentos y desprpósitos
Study nº 11 de Wai-Sheng Cheng. EEUU. 2005. 2'. 120 segundos de guiones blancos moviéndose al supuesto ritmo de la música sobre fondo negro. Todo muy minimal, ya saben. Acompañado de chistes privados en los títulos de crédito finales, copados por el firmante Wai-Sheng Cheng, encantado de la vida y gritándole al mundo aquello de "¿qué? Creíais que no sería capaz de hacerlo, ¿eh?" . Tontito y típico.
2.- Zona tibia: ni tuya ni mía
Kasino 2001 de Tobias Kipp. Alemania. 2005. 11'. Excursión tarkovskiana por los alrededores de Twin Peaks . Elaboradísimos movimientos de grúa en plano secuencia para poner en imágenes el inquietante Apocalipsis de la humanidad, atendiendo a la letra de una canción popular... técnicamente brillante, aunque inarticulado a nivel argumental. Lo intenta.
Bota de oro de R. Tarrés y José Luis Baringo. España. 2005. 14'. Los cortos bienintencionados (como las películas "bienintencionadas" de Loach o nuestro sempiterno Aranoa) acaban agotando un poco al espectador, por lo previsible y "edificante" de sus propósitos. Este va sobre la igualdad y esas cosas: inmigración, tolerancia, alianza de civilizaciones y... 'fúmbol', ¡por supuesto! Dos chavales de un barrio periférico de Madrid seleccionados para una prueba por el equipo de sus sueños, un padre al que se le cae la baba y un regalo dorado con el que trotar con estilo por el césped. Una parábola algo simple sobre la igualdad de oportunidades (¿todavía alguien cree en esas cosas?).
El Álbum blanco de Félix Viscarret. España. 2005. 10'. En un estilo formalmente deudor de la nouvelle vague (a saber la de veces que el tal Félix se tiene que haber chupao las escenas de interiores de À bout de Souffle, con los achuchones 'light' entre la Seberg y Belmondo), El Álbum blanco nos cuenta los devaneos amorosos de un personaje algo pijillo, fan total de los Beatles y del disco ese que da nombre al corto. Con la estética de los anuncios de qualité -incluido ese blanco y negro, si se me permite, algo "navideño"- esta es una historia de dudas y titubeos, de "te quieros" pospuestos, de niños-bien sin rumbo. Agradable e inane —algo cursi, también—, contada son una sobrada solvencia técnica, hará las delicias de los incondicionales de la Coixet y sus spots de mundos lisérgico-compresiles.
The Unsteady Cough , de Sam Leifer y J. Van Tulleken. UK. 2005. 6'. Terry Jones es el responsable de un tipo de animación surrealista que ya explotó sobradamente en su etapa junto a los Monty Phyton: colages visuales repletos de recortes y superposiciones. Es en ese marco donde se desarrolla la historia de un plumífero alcohólico, abierta a todo tipo de interpretaciones psicotrónicas. Ocurren demasiadas cosas en apenas seis minutos... aunque el apresurado sucederse de las acciones no sea sinónimo de ritmo. Decepcionante y prolija muestra de artesanía cinematográfica.
Mola ser malo de Àlam Raja. España. 2004. 14'. La fórmula infalible: juventud pasota, amigos carismáticos e impresentables y la necesidad imperiosa de echar un polvo. Si lo hacen en California, es una americanada. Si lo hacemos aquí, mola mazo. Pues ni tanto ni tan poco. Algún actor con pedigrí dentro de la Industria, apología del descerebrado y de las drogas... y obsesión por el pollo y sus derivados. No es mucho, pero tampoco parece que pretenda más: descocado, discretamente divertido y... olvidable.
Sontag im August de Marc Meyer. Alemania. 2004. 15'. Una situación de partida con reminiscencias al Cuchillo en el agua de Polanski: un par de personajes en un velero, agotando las últimas horas de un perezoso domingo de agosto. Parecen llevar juntos algún tiempo, parecen estar algo cansados el uno del otro. Los dos son atractivos, los dos están muy morenos, los dos parecen despreocupados... y algo aburridos. Ella se pasea por la proa del barco, liberándose del bikini y dejándose mecer por un mar demasiado en calma. El hace arreglos innecesarios, al tiempo que ejercita su brazo derecho contemplando la esbelta figura de su pareja... Todo bastante malsano, hasta rematar el asunto con contundencia germánica. Interesante propuesta macabra, cuya moraleja podría ser... "¡no te vayas de fin de semana con la novia muy a menudo, paaaaayo!"
Fluent Dysphasia de Daniel O'Hara. Irlanda. 2004. 16'. Cualquier excusa se da por buena si sirve para comprobar que el excelente y lacónico actor Stephen Rea sigue vivo. En este sketch de un cuarto de hora le vemos ponerse a hablar en irlandés tras sufrir un fuerte impacto en la mollera. De repente, su lengua materna (el inglés, por lo que parece) cae en el olvido y comienza a largar en gaélico moderno. Un amigo —algo acojonado por el inexplicable suceso— y una hija comprensiva cambiarán el curso de los acontecimientos, mediante una solución tan contundente como eficaz. No tan divertido como pretende.
Invulnerable de Álvaro Pastor. España. 2004. 25'. El corto de buenos sentimientos: ¡todo un género! Temática concienciada y militante para un público... concienciado. Total, que el "éxito" de la propuesta acaba dependiendo muy mucho de tanta "concienciación". Aunque la calidad estrictamente cinematográfica —como en este caso— sea más bien justita. Edificante historia de un seropositivo que no acaba de creérselo, maestro de escuela gay que decide renunciar al miedo y al aislamiento al que se ve impelido por su dichosa enfermedad. Se sospecha que la ficción se ha entretejido con algún que otro testimonio real y como casi siempre ocurre, los momentos documentales empequeñecen a la parte puramente argumental (esas sesiones conjuntas con otras personas que padecen de verdad el SIDA).
Moloch, les chairs vives de Nicolas Namur. Francia. 2004. 19'. Corto encuadrable dentro del apartado "yo y mi paja mental" . Una futura madre soltera comparte soledad y preñez con un perro abandonado que merodea la caravana donde malvive. Allí recibe la visita de una asistenta social —o de su señora madre, porque claro, lo que se dice claro, no es que quede— que le ofrece ayuda para superar con garantías tan peliagudo trance. Pero ella hace oídos sordos y decide dar a luz a la brava, dejando al recién nacido bajo el cuidado de su solícito can. No hay más que lo que han leído. Seguro que no me habré percatado del "clima simbolista que impregna toda la obra" ni del "canto a la libertad individual" que se elide de las "poderosas imágenes supraterrenales". Perdónenme... ¡soy tan simple!
The Disappearance of Andy Waxman de Till Osterland. EEUU. 2005. 25' El Andy Waxman del título es un agente inmobiliario totalmente abstraído por su trabajo, hasta el punto de no darse cuenta de lo inminente de su debacle sentimental. La susodicha —con la cuál le unían planes de boda a cuatro meses vista— elige el peor de los momentos para comunicarle la decisión al atribulado novio... Un accidente automovilístico y un personaje desorientado (sumido en lo que desde la película de Nolan podríamos llamar como 'síndrome Memento '), conforman el hilo argumental de este corto bien contado aunque poco sintético. Súmese a esto el que la pareja protagonista no transmite mucha sensación de verosimilitud, quizás porque la situación en sí misma se nos hace algo difícil de creer / entender.
Marie de Jan Vilanova. España. 2004. 2'. Como cada edición del MECAL, los que juegan en casa tienen ventaja: desembarco de cortos made in ESCAC, la escuela con más solera (o quizás... ¿con más medios?) de la capital catalana. Este alumno quedó prendado de Chris Marker y su La Jetée, contándonos a base de instantáneas en blanco y negro —¡y en francés!— una historia de sensaciones, roces y susurros a la oreja.
La Piattaforma de Laura Chiossone. Italia. 2004. 7'. Pues la tal Laura deleita al público masculino con la historia de esta plataforma anclada a escasos metros de la orilla, donde impúberes y nímfulas varias se remojan en uno de tantos veranos. Lo dicho: lubricante propuesta muy recomendable para admiradores de las Venus de Botticelli y pajilleros con motivaciones menos elevadas.
Fladermäuse im Bauch de T. Gerber. Suiza. 2004. 18'. Érase que se era un vampiro con mala conciencia que trataba de contrarrestar sus mordiscos indiscriminados con una actividad socialmente "bien vista": enfermero destacado en el turno de noche. El disponer de serum a tutiplén constituye sin duda un valor añadido, así como tener la oportunidad de socorrer a víctimas embadurnadas de sangre fresca. Pero su desordenada vida de Nosferatu se verá sacudida con la llegada del amor y una visita noctámbula al museo zoológico... y hasta ahí puedo leer.
Yeah, Yeah, Yeah de Marçal Forés. España. 2004. 16'. Descompensada propuesta salpicada de toques surrealistas. Un amor algo autista, mascotas gigantes y música indie . Incluye el asesinato de un jugador de ping-pong y el intercambio de discos de vinilo con solera. Resultón y original.
L'Elephant et les Quatre Aveugles , de Vl. Petkevitch. Francia. 2004. 7'. Pues lo dicho: cuatro ciegos que se topan con un elefante y comienzan a edificar quimeras alrededor del gigantesco contorno del animal. Arquitecturas imposibles, geometrías juguetonas y patas convertidas en árboles densamente poblados. Una deconstrucción de volúmenes que hubiese hecho las delicias de Medunetski, Rodchenko y el resto de la escuela rusa. Delirio visual sobrado de imaginación, aunque algo repetitivo.
3.- Zona caldeada: aquí hay oficio
Nicole et Daniel de David Fauche. Francia. 2004. 23'. Freakie- historia de un matrimonio hastiado que decide divorciarse... o no. Incomunicación y conformismo, amor transformado (¿o borrado?) por la costumbre, necesidad del otro aunque quizás ya no se le ame. Contado con la laxitud que requiere el tema y súbitos repuntes musicales. Una especie de Los amantes de Teruel donde se cumple el dicho: "tonta ella y tonto él".
Zero de Hiroyuki Nakao. Japón. 2003. 16'. Que este corto provenga justamente de una de las sociedades más competitivas del globo le proporciona un atractivo extra. A contrarreloj, asistiremos al despliegue de artes seductoras (y algo rastreras) por parte de un comercial nipón, embarcado en una venta cuasi-segura. Aunque la empresa no parece asegurar gran solvencia, un nuevo jefe algo alelado será la víctima idónea para encasquetarle un cargamento de objetos "imprescindibles": docenas y docenas de tapones de bolígrafos. Un calor insoportable, un compañero desesperado, un sello que necesita tampón... todo contribuirá a crear una atmósfera claustrofóbica en esta pequeña parábola sobre la sociedad de consumo y el despelleje entre "colegas" de curro. Tómensela a risa, porque de lo contrario... es como para salir corriendo.
Sunburn de Jennifer Kezztan. Irlanda. 2004. 13'. Indudable merecedora del premio al corto más chungo del festival (exagero, lo sé: seguro que en la sección Obliqua —que tan poco he frecuentado este año— se vieron historias mucho más contundentes). Una familia rota. Un padre separado al que le toca llevarse de fin de semana al hijo en común. Hasta aquí, nada nuevo, ¿verdad? La madre parece haber rehecho su vida junto a otro hombre, aunque se muestra algo recelosa ante esta separación más prolongada de lo habitual... En una curva, una enigmática mujer aguarda. Acompañará al padre (que la presenta como "una amiga") y al hijo en esta perturbadora estancia playera. Idílico, ¿no les parece? Lástima que el chico no se proteja la espalda mientras juega bajo el sol... ¿y qué extraña transacción comercial han hecho el padre y la desconocida? Malediciente y retorcido, como muchos jueces vean este corto está claro que la custodia de los niños seguirán dándola, de oficio, a las madres. ¡Cualquiera se arriesga!
Manchas de Jorge Torregrossa. España. 2004. 12'. Y más cortos españoles. Esta vez, la historia de un niño (por cierto: una de las interpretaciones más veristas y portentosas de todo el festival) algo confuso tras la ruptura de sus progenitores. Las sesiones con una psicóloga tradicionalista (sigue recurriendo al manido recurso de la asociación de ideas mediante cartelitos, esas "manchas" que dan nombre al filme) se intercalan con flashes de una discusión a pie de dormitorio. Nada queda claro y sin embargo todo queda explicado.
24 instantes ,de Daniel Chamorro. España. 2004. 7'. No es un gran corto. No posee una realización prodigiosa. Pero... ¡funciona! Tampoco soy muy partidario de las piezas que se basan en un guiño cómico, en poco más que un sketch bien contado. Pero es que el pedazo de freakie que protagoniza estos 24 instantes (sacado del episodio final de El sentido de la vida, o quizás la trasnochada parca —sin ganas de jugar al ajedrez— de El séptimo sello) merece estar en el cuadro de honor de este festival. Tres personajes, un carrete de fotos y un caramelo (amén de un gato muerto) sobran para provocar la hilaridad, por evidente que sea el desenlace.
Torpedo de Marie Anisdahl. Noruega. 2004. 19'. Simpático corto que gira en torno a las peripecias de una oronda comadrona curada de espanto tras años y años ejerciendo su profesión. Hasta el ala del hospital donde supervisa con mano férrea nacimientos con o sin cesárea arriba una ilusionada pareja, escoltados por una abuela naturalista algo recelosa de la medicina tradicional. Poco puede imaginar el padre la descomunal sorpresa que le aguarda en el vientre de su preñadísima mujer. Pero el previsible drama es sorteado merced al buen hacer de la partera, más rápida de reflejos que la imprudente madre... ¡por Dios, qué fácil es engañar a un hombre!
Cada día paso por aquí , de Raúl Arroyo y R. González. España. 2004. 9'. Más próximo al video-arte que al cortometraje propiamente dicho, Raúl Arroyo y compañía proponen la autopsia de ese itinerario mil veces repetido desde el metro hasta tu casa, desde la parada del autobús hasta el portal. Recorrido insustancial, dirán ustedes. Nada más alejado de la realidad: la recolección de pisadas, graffitis, chicles, señales de tráfico y defecaciones perrunas acaba resultando verdaderamente apasionante (cuando se les dota del ritmo adecuado, claro está). ¿Se imaginan una reflexión sobre el estado de la Nación en menos de 1000 zancadas? Pues aprovechen ese lugar por el que cada día pasan.
Imago de Cédric Babouche. Francia. 2005. 12'. Notabilísimo corto de animación galo que narra con genuino lirismo la vida de un niño marcado por la profesión del padre (piloto de biplanos). Asistiremos a sus solitarios juegos en su rincón campestre favorito, a la sombra de un árbol que le sirve de improvisado jardín de infancia. El gran acierto de la historia es la súbita aceleración que se le imprime en la parte final. Tras narrarnos diversas ensoñaciones del chaval (que incluyen la fantasía de volar junto a su padre), asistimos en sucesivos encadenados a las diferentes etapas por las que atravesará su vida (al parecer, alejada de su primigenia afición por la aviación) hasta llegar al mismo personaje ya anciano, deshaciéndose del juguete que tanto le marcó (una reproducción a escala del aparato de su progenitor). No es un trineo ni él es Charles Foster Kane, pero... ¡brillante!
Choked de Brad Barnes. EEUU. 2005. 12'. Inquietante y desmoralizador corto en torno a un monitor de primeros auxilios que arriba a un instituto norteamericano con el estimulante propósito de dar su "lección magistral". Poco podía imaginar el muy desgraciado que allí se iba a encontrar con una camada de monstruitos sádicos e ingobernables, dispuestos a joderle el día y hacerle replantearse algunas cosas sobre su propio oficio. Perverso e inmisericorde, Choked disuade sobre la pretendida inocencia juvenil y alerta sobre un mundo plagado de individualismos, donde el buen samaritano es objeto de mofa y escarnio. Hasta el punto de que él mismo ponga en duda el sentido o la validez de su "misión".
La explicación de Curro Novallas. España. 2005. 10' Notabilísimo trabajo brillantemente interpretado. Una crisis de pareja teatralizada en un solo acto, Secretos de un matrimonio contados en bastante menos de las dos horas y media que precisó el maestro sueco. Lo que parecen ser las razones de un maniático expuestas con la precisión (gráficos incluidos) de un jefe de ventas, acaba escondiendo algo tan delicado como el fin de la pasión y la llegada del desamor. Una sonrisa que se torna en espanto al comprobar los medios tan enrevesados que utilizamos a veces para decir cosas que sabemos hieren.
4.- Zona roja: "¡Me he 'quedao' con tu cara, crack!".
The Raftman's Razor de Keith Bearden. EEUU. 2004. 7'. Una pequeña pieza de cámara absolutamente arrebatadora. Imprescindible para amantes del cómic y de las sensaciones fuertes que emanan de las cosas sencillas. Un par de chicos tienen bebido el entendimiento por un extraño tebeo que narra las desventuras de un náufrago y su navaja de afeitar. El protagonista, de hecho, a parte de rasurarse el bello facial no hace otra cosa en todo el volumen: viñetas y viñetas estáticas donde no vemos más que agua... o alguna gaviota ocasional que entra por uno de los extremos del cuadro. Y sin embargo, nuestros jóvenes lectores están convencidos de que The Rafman's Razor esconde un secreto, un enigma fundamental que sólo podrá desvelar aquél que sepa leer entre líneas, el que sea capaz de entender realmente las razones del autor... Magnífica parábola de lo que para muchos es también el cine, y ese amor que en ocasiones procesamos por películas donde objetivamente... quizás no pase nada.
Soommarlek de Axel Danielson. Suecia. 2004. 15'. Los cortometrajistas suecos tienen algo. No me digan a qué se debe o en qué se sustenta su indudable preponderancia técnica y sus reiterados aciertos en la elección de temas. Sea cuál sea la explicación, en los trayectos cortos funcionan divinamente. Estas nubes pasajeras, esta tormenta de verano presente ya en el título, ejercerá una función catártica en tres acciones que se desarrollan en paralelo: una partida de caza, unos jóvenes practicantes de kickboxing en el cuadrilátero abandonado de un granero y una niña meditabunda que pedalea por una carretera desierta. Sensaciones enfrentadas, cierta ambigüedad en el mensaje y una realización brillante (punto débil de la mayoría de propuestas españolas, por cierto).
Cashback, de Sean Ellis. Reino Unido. 2004. 19'.Uno de los cortos a recordar de esta edición. El que me haya parecido tan bueno quizás se deba a una fuerte empatía con el personaje protagonista (no lo negaré), desganado currante que trata de que la jornada laboral se le pase lo más rápidamente posible. ¡Complicado intento! El chico trabaja en un supermercado, compartiendo vacío con otros "carismáticos" personajes. Sólo sus constantes fugas mentales le permiten aparcar por un instante la indudable certeza de que esta perdiendo el tiempo, al cansino ritmo que dictan las agujas del reloj. El tercio final del corto es francamente agradecido... un estudio del busto femenino y su circunstancia, una maravillosa excusa para que ejerzamos de voyeurs con el mismo desparpajo que el protagonista, embarcado en la búsqueda de la belleza en un entorno convencional.
5.- Palmarés y abajo el telón
Premio Mecal Mejor Cortometraje Internacional
El Otro sueño americano de Enrique Arroyo (México).
Premio Fuji al Mejor Cortometraje de Producción Española
Invulnerable de Álvaro Pastor (España)
Premio Obliqua
Blue Tongue de Justin Kurzel (Australia).
Premio atrapalo.com del Público al Mejor Cortometraje Internacional
El Punto Ciego de Álex Montoya / Raúl Navarro (España).
Premio del Público Mejor Documental
Agnès Varda. La dama de la Nouvelle Vague de Alex Alfonso García (España).
Pues en anteriores ediciones me limitaba a listar los cortos galardonados, sin entrar en ulteriores apreciaciones. Pero este año los premios exigían de una apostilla final. Créanme que he visto no menos de media docena de piezas muy superiores a las finalmente premiadas, caracterizadas todas por un contenido ligeramente bizarro, hecho que quizás quepa achacar a la personalidad de la presidenta del jurado, María Beatty.
El otro sueño americano es una de esas historia "necesarias", aunque nada innovadora (si hablamos en términos estrictamente cinematográficos), máxime si se ha visto Ten de Abbas Kiarostami. El punto ciego, con su certera utilización de la pantalla partida, prevalece por la sordidez de su propuesta y su "mal rollito" general. Invulnerable es —y siento repetirme— un corto demasiado largo y poco innovador, aunque... si, utilicen la palabra mágica para ganar en festivales: "concienciado". Blue Tongue es un perro verde ininteligible, algo que casa bien —después de todo— con la sección donde se hallaba encuadrado. Y La dama de la Nouvelle Vague es un ataque agudo de nostalgia cinematográfica, que a pesar de funcionar como tributo hacia la gran realizadora gala, tiene más bien poco que aportar a nivel formal.
Edición, pues, más bien discreta atendiendo al palmarés (¿aunque desde cuando los premios son representativos de la calidad media de un evento?). Sólo nos cabe sacudirnos la resaca y aguardar un año más... ¿cómo será la cosecha del 2006? No se ustedes, pero yo ya me relamo...
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