Crónica I, 21 y 22 de octubre
Para empezar, quiero disculparme por el retraso de esta primera crónica del festival, retraso debido a causas, debo reconocerlo, no del todo ajenas a mi voluntad. Intentaré subsanarlo en esta primera crónica y que, desde luego, no se repita.
Un año más, y ya van cuatro, Miradas de Cine me da la oportunidad de cubrir la SEMINCI y poder, además de ver cuantas películas quiera, trasladarles mis sinceras y poco reflexivas opiniones al respecto. Desde aquí mi agradecimiento a Alex, José David (ambos presentes aquí este primer fin de semana), Jorge Mauro, José Luis (aunque ya no esté por la revista) y compañía por confiar en mi aunque yo ya no forme parte del equipo de redactores de "Miradas".
50 Años cumple en esta edición el festival, y para conmemorar la efeméride se ha preparado una programación de lujo. Además de la muy atractiva Sección Oficial, que les iré comentando con el paso de los días, se ha programado un ciclo impresionante en el que tendrán cabida 60 películas representativas de lo más granado visto por estas latitudes. Desde luego no están todos los que son, y quizá se hecha de menos un poco más de riesgo en la elección de las películas, dado que la mayor parte de ellas son fáciles de encontrar, pero el cartel es de lujo. Con el paso de los días, además de la pura actualidad de la Sección Oficial, Punto de Encuentro y Tiempo de Historia, me explayaré comentando algunas de las rarezas y glorias que aparezcan por este ciclo.
La sección oficial comenzó el viernes por la tarde con la última obra del aquí homenajeado el año pasado Constantin Costa-Gavras. Le Couperet (Arcadia) es una coproducción entre España, Francia y Bélgica protagonizada por el francés José Garcia (sin tilde) y con el gran Olivier Gourmet en un papel secundario. Se trata de un drama esperpéntico con toques de comedia macabra e incluso truculenta, y de continuo pasada de rosca, que nos cuenta las barbaridades que puede llegar a cometer un prestigioso ingeniero de la industria papelera para recuperar su nivel de vida, tras haberse quedado en paro gracias a los procesos tan de moda en la actualidad de deslocalización y reestructuración.
Independientemente de lo certero y actual de parte del análisis de las patologías del sistema neoliberal reaccionario que nos está dominando y destruyendo, la película se pierde al construirse sobre una anécdota inverosímil, casi absurda, y un desarrollo con momentos de tensión bien logrados junto con soluciones irrisorias, casi ridículas y muy fuera del tono que, al menos para mi gusto, pide la historia. Mezcla un tanto incoherentemente o incluso con poca oportunidad toques de comedia (algunos muy divertidos, hay que reconocerlo), el drama social y discursos didácticos a cargo de personajes secundarios encajados en general con poca habilidad o demasiado énfasis. No me ha convencido en ningún momento la interpretación del protagonista, bastante poco creíble, en un personaje presente en casi todos los planos de la película y sobre el cual recae todo el peso de la cinta. Tampoco es que sea una película totalmente falta de interés, y es difícil aburrirse con ella, pero sí insatisfactoria tanto en su tesis como en un puro nivel de entretenimiento. Por cierto, y ya sé que soy muy corto pero, ¿a qué vienen esos planos recurrentes que se centran en todos los anuncios de lencería o en los que salen modelos semidesnudas (muy bonitos, dicho sea de paso)? Sí, hay un par de momentos en que se sugiere una relación entre ellos y ciertas actitudes pasadas y presentes del protagonista, pero, como muchos otros momentos de la película, solo ofrecen confusión.
Tras la durísima película francesa El Muro de Yilmaz Güney, que participó en la 28ª SEMINCI, llegó el turno a la amable película china Lü cao di (Ping pong mongol), de Hao Ning. Una de esas películas "bonitas" con niños jugando en paisajes idílicos e historia minimalista y tierna pero que tampoco cuenta nada. Ambientada en las estepas de los territorios de nadie situados entre China, Rusia y Mongolia, nos narra la vida de algunas familias, sobre todo los niños, que viven felices y bien atendidos por el estado en campamentos seminómadas como barcos en un mar de hierba. Desde luego que si hay algún propósito subterráneo de crítica o inconformismo, yo no me llevé el equipo de espeleología para encontrarlo. Un día uno de los niños encuentra una pelota de ping-pong en el río y, al no saber qué es, intenta averiguarlo preguntando a sus familiares y conocidos. Básicamente esa es la historia de la película. De los 100 minutos que dura, quizá me resultasen interesantes los 40 en que se puede extraer cierto estudio antropológico, de la forma de vida, situación social y relación con el entorno natural que rodea a los niños y personajes protagonistas, aunque hay documentales, o incluso fragmentos de la magnífica Urga de Nikita Mikhalkov, que enseñan mucho más, y son infinitamente más entretenidos. A pesar de que los paisajes de verde interminable y arroyos curvilíneos resultan espectaculares, la película adolece de una fotografía muy mediocre sobre todo en interiores o en exteriores nocturnos, con una pobre factura técnica y una realización de la que lo mejor que se puede decir es que a veces resulta demasiado funcional. Y una advertencia para aquellos que se arriesguen a verla: la Luna no siempre es llena, y además tiene detalles en su superficie que se ven incluso a simple vista y se sacan hasta con una cámara de fotos compacta por muy cutre que sea.
La mañana de ayer nos ofreció una de las cintas más esperadas del festival, cuya organización, dicho sea de paso, se dedica a masacrar al personal poniendo la primera sesión a las 8:30. Recién salida del horno del festival de Venecia con el León de Oro bajo el brazo, Brokeback Mountain (En terreno vedado) del irregular aunque interesante Ang Lee, decepcionó a más de uno, entre los que me incluyo, puesto que siendo una película interesante y con momentos magníficos, sobre todo al comienzo y al final de la misma, adolece de un desarrollo cercano al telefilm de sobremesa o al folletín. En este tramo de la cinta resulta redundante la repetición de situaciones que ralentizan el avance de la historia, aunque tampoco se pueda decir que lo detengan, y que sólo se justifican en la potenciación de los aspectos románticos de la misma sin un claro, al menos para mí, sentido narrativo. Durante más de media hora apenas avanza y eso poco se podía haber hecho de alguna forma más fluida.
A pesar de todo la historia de amor resulta veraz y conmovedora. Rodeada del hálito trágico de los amores imposibles, la única diferencia es que en este caso los amantes son dos rudos vaqueros en la ultraconservadora mentalidad del medio oeste americano de los años 60 y 70. Por lo demás no se diferencia mucho de dramas románticos como las estupendas breve encuentro de David Lean o los puentes de Madison del Clint Eastwood. Podía haber dado para una gran película, ambientada en unos paisajes espectaculares, magníficamente fotografiada y rodada con sensibilidad y dinamismo en la mayor parte de su metraje, pero al final se queda sólo en una buena película. Me pregunto qué opiniones hubiera producido esta misma película si, con la misma historia y desarrollo, nos contase una historia de amor heterosexual.
Gran tarde de cine la que nos ofreció ayer el festival. Aunque los pases de prensa me impidieron ver algunas del ciclo del 50 aniversario, la verdad es que lo visto lo valía. Comentaré por ahora una de las vistas para no saturar la crónica y dejo para mañana hablar de la interesante Kakushi-ken: oni no tsume (La espada oculta) del japonés Yoji Yamada.
Fiel a la tradición de estos últimos años (rota sólo el año pasado) de traer para nuestro deleite la correspondiente Palma de Oro en Cannes del año en curso, este año le ha tocado el turno a los hermanos belgas Luc y Jean Pierre Dardenne con su premiada L’Enfant (El niño). Recomiendo sin duda la gran (como siempre) crónica de Cannes de mi compañero (aquí presente, dicho sea de paso) Manuel Yánez (ver su crónica en Miradas de Cine nº 39) y su comentario acerca de esta película.
Es curioso que, habiendo estado con todas sus últimas (y grandes) películas en este festival (ganando la Espiga de Oro con La promesa), casi siempre han sido mal recibidos no entiendo bien por qué, aunque en esta ocasión se haya aplaudido tímidamente su propuesta. Lo cierto es que se trata de una excelente película, al nivel de sus anteriores trabajos (aunque tampoco sea una obra maestra) que conjuga a la perfección drama social y transformación personal, el estudio de caracteres y la influencia del ambiente en el individuo, aunque al final no me termine de convencer la evolución del algunos de los personajes. Como decía una amiga, empieza mejor que acaba, aunque el final no deja de ser magnífico. Se nos cuenta una historia dura, como siempre hacen estos belgas, pero sin exabruptos, sin inflar los conflictos, sin concesiones al exagerado dramatismo ni tampoco a la esperanza, en la que unos personajes caen y otros flotan en la marea del abandono familiar y social, el desamparo de los desfavorecidos y la miseria moral que implica. Nuestro protagonista es repelente; con sus aproximadamente 20 años y sin consultar a la madre es capaz de vender a su hijo recién nacido como si vendiera la mercancía de su última fechoría. Pero tampoco podemos odiarlo y condenarlo del todo, como no se hace con el cuco que echa a sus hermanastros del nido. Para él el niño es otra mercancía más, y deploramos lo que hace, pero no ha aprendido otra cosa. Los Dardenne ruedan esta vez más distanciados físicamente de los personajes, sin meterse tanto en sus caras y nucas, abriendo el plano para ver el entorno en que se mueven. La cámara menos nerviosa y violenta, tal vez más respetuosa que en otros trabajos, les sigue más con curiosidad que con impertinencia, como el fotógrafo de guerra retrata a los caídos en el absurdo de la batalla. Los personajes están ahí, existen, y por eso deben ser mostrados, para que los que vivimos en el ático veamos a quienes condenamos al sótano.
Esto es todo por estos dos días. Mañana menos y espero que mejor.
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