Crónica II, 23 y 24 de octubre

El japonés Yoji Yamada, recientemente en nuestras carteleras con la muy interesante El ocaso del samurái, ha presentado a competición Kakushi-ken: oni no tsume (La espada oculta). Para los que conozcan la anterior obra del autor (yo es la única que conocía hasta esta), diré que básicamente se trata de la misma película. Misma ambientación, mismo aspecto visual, misma temática, incluso en algunos momentos las mismas secuencias, resueltas casi igual. Y eso hace que no sea el mismo el interés.Si no se conoce, la película resultará sin duda interesante. Se trata de una historia de samuráis, desde luego, pero nada que ver con los de Kurosawa o Kitano. Aquí la acción brilla por su ausencia, salvo en un par de momentos breves y puntuales (en una película de 132 minutos). Prevalece el aspecto intimista, el monólogo interior, las conversaciones en casa o con los amigos, el fluir costumbrista de la vida. Los acontecimientos se desarrollan con calma, pero inexorablemente van encerrando al protagonista en un callejón que le conduce a enfrentarse a sí mismo y tomar un rumbo diferente. Las ataduras sociales de la sociedad feudal y tradicional del Japón de entonces (si es que no sirven para la de ahora), junto con el código de honor tan estricto de los samuráis, dirigen las reacciones de los protagonistas y dan a la película, como decía mi compañero Alex G. Calvo, un aire anacrónico pero muy atractivo. El aspecto visual es deslumbrante, así como la ambientación, y los protagonistas están magníficos. Sin embargo, a diferencia de El ocaso del samurái, esta resulta más solemne y potencia más la imaginería mítica de los samuráis que en la otra, una especie de sin perdón a la japonesa, quedaba mucho menos idealizado. Y por último, lo que más pesa sobre esta, es el sabor a delicatessen ya saboreada.

En la sección "punto de encuentro" se pasó la película argentina Tatuado, segundo largometraje de Eduardo Raspo. Debo reconocer que siento pavor últimamente ante las películas argentinas, puesto que casi todo lo que se estrena por aquí viene cortado por el mismo rasero, comedias tiernas estilo El hijo de la novia y similares. Pero esta película no tiene absolutamente nada que ver. Eso ya hace que sea interesante, y aunque no se trata de una gran película, por lo menos es otra visión al cine y a la vida del país. Nos cuenta el viaje iniciático de un adolescente que, con su padre y una chica, se va de Buenos Aires a un pueblo de la pampa para saber por qué le abandonó su madre. La película bascula entre el drama y el telefilme sin caer del todo en los tópicos de estos, ni abusar de los toques de comedia (los justitos y bien llevados), aunque a veces se pierda en las buenas intenciones y una resolución demasiado fácil y bienintencionada. A pesar de todo es bastante mejor que muchas de las películas que suelen aparecer por la sección oficial, y no digamos ya los tópicos bodrios cómicos descerebrados o inverosímiles dramas folletinescos americanos que suelen arrasar en nuestras carteleras. Pero al no tener distribución en España no podrán comprobarlo.

Ya esta mañana se ha pasado la coproducción entre Estados Unidos y Noruega Factorum, del noruego Bent Hamer, director que ya se llevó de aquí una espiguita de plata con la mediocre (para mí) kitchen stories. En esta cambia completamente de registro para mostrarnos a un autoproclamado escritor, vago, alcohólico, mujeriego y parado que a muchos recordará al Lebowski de los Coen. Desde luego que no comparte mucho más con aquella ni llega a su genialidad, aunque resulte bastante más interesante que la anterior del director. El desastrado protagonista, bien interpretado por Matt Dillon, sobrevive con horribles trabajos en los que dura muy poco hasta que ahorra lo suficiente para pillarse unas cuantas curdas, vive donde puede, pero preferentemente en las casas de las chicas que se liga, y escribe compulsivamente relatos cortos que jamás le publican. La película nos cuenta su vida de forma episódica, mostrándonos fragmentos sin continuidad y a menudo con saltos temporales o temáticos inconexos como la torturada mente del protagonista. Sin embargo tampoco se trata de un drama, aunque tienda hacia ello en la última parte. Simpatiza abiertamente con el escritor y su filosofía de la vida, si bien la película es autocomplaciente en muchos momentos, regodeándose en su supuesta modernidad. Y desde luego la solemnidad del tramo final no termina de casar con el desarrollo de la misma. Llamativa en su comienzo, el interés va decayendo, estrepitosamente en algunos momentos, dejando al final un regusto a algo que pudo que pudo ser y no fue. Fallida, que diría mi compañero José David.

Mañana, si los múltiples cambios de última hora en la programación no lo impiden —me han quitado esta tarde, del ciclo del 50 aniversario, la tierra de La gran promesa de Wajda, la película más esperada por mí de esta edición del festival, y la nº 1 en mi lista de las más buscadas—, podremos ver la última de Haneke, una de las más llamativas a priori del festival. Mañana les cuento.

Por Javier Castro
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