Crónica III, 24 y 25 de octubre
No ha sido una buena jornada de cine la transcurrida desde ayer a estas horas, aunque una de sección oficial si se salva para mi gusto. En todo caso esta no está resultándome nada interesante y comienzo a notar por ello síntomas de desgana. Menos mal que siempre queda el ciclo del 50 aniversario para recuperar sensaciones, aunque es una lotería saber qué permanece de lo programado y en qué estado estará y en que idioma será la copia. Hablaré más al respecto otro día.
La película chilena En la cama de Matías Bize ha sido lo peor visto por mí esta edición, y espero que nada la supere, lo cual será difícil. El argumento se me antojaba a priori interesante, unos jóvenes pasan la noche en un motel haciendo el amor y charlando. Con eso podría salir cualquier cosa, y salió lo peor. Las conversaciones son verdaderamente inverosímiles, así como las actitudes de la pareja. La puesta en imágenes, llena de efectismos y pretenciosa, con un montaje intentando ser deconstructivo y con ritmo pero que solo produce estupor y sopor. Un vacío pretencioso con uno de los peores finales que jamás he visto.
En estas circunstancias hasta agradecí la comedia ligera Sabah, de la canadiense de origen árabe Ruba Nadda, proyectada en "Punto de Encuentro". La protagoniza Arsinée Khanjian, la mujer del gran Atom Egoyan (coproductor de esta) e imprescindible en todas sus películas. Además estuvo presente junto a la directora en un coloquio con el público al final de la proyección. Nos narra la historia de una mujer perteneciente a una familia musulmana abierta, aunque el cabeza de familia, el hermano mayor, se sienta más apegado a las tradiciones. En estas circunstancias, en sus salidas clandestinas a la piscina, Sabah conoce a un canadiense del que se enamora. La película usa un tono amable, ligero y a ratos muy divertido para exponer el problema de las relaciones interculturales, aunque a menudo resulte poco creíble, y no estoy muy seguro de que a mí me gustase si fuera musulmán. Toda la primera parte es muy amena, con mucho ritmo, a la vez que expone bien el conflicto, pero en el último tercio, a partir de un momento en que la película amenaza con volverse más seria, pierde un tanto la cordura y desemboca en un final muy simplista y atropellado que intenta recuperar el tono de comedia a cualquier precio. No estoy muy seguro de que la película me hubiera gustado vista en otras circunstancias, pero tras la anterior agradecí algo fácil y divertido. El público la aplaudió con vehemencia, aunque ni así creo que se distribuya en este país.
Ya esta mañana se presentó a concurso (todas la apuestas previas la dan como probable ganadora) la esperada Caché, del austriaco Michael Haneke. Siendo un director del que he visto cuatro películas, y del que sólo me ha gustado (y mucho) Código desconocido, la esperaba con mucho interés. Pero me ha decepcionado. Es una película gélida, sin ningún tipo de impacto emocional, con una trama supuestamente inquietante que nunca me atrapó ni me interesó. Imagino que algo habrán leído: una familia acomodada comienza a recibir cintas de vídeo en las que aparece grabada su casa, acompañadas de dibujos que ellos consideran amenazantes. Algo parecido a la estupenda Carretera perdida de ese genio que es David Lynch, pero sin que de ninguna manera llegue a empatizar con la pareja, ni con sus miedos, ni con sus reacciones, ni con la evolución de su relación. Me ha producido la sensación que más me desagrada en el arte: una completa indiferencia. En ningún momento me llegó a sugerir o llegué a experimentar nada en relación con la película; sólo el enfado por haber tenido que ir al cine a las 8:30 y por haberme olvidado de una cosa que tenía que hacer ayer, y cosas así. No me fui de la película porque nunca entré, y no sé si esa era la intención de Haneke ni me interesa. Probablemente dentro de unos meses no me acordaré de haberla visto. En cuanto al resto del público, sólo cuando arrancaron unos tímidos aplausos aparecieron unos tímidos pateos.
Mucho más interesante, aunque tampoco sea para tirar cohetes, es la francesa Le temps qui reste, del francés François Ozon. Un drama contenido entorno a un joven de apenas treinta años, fotógrafo de éxito, al que diagnostican un cáncer terminal. La película huye de exagerados dramatismos y convencionalismos sobre cuentas que cerrar y dolores que superar para mostrarnos como la vida vacía y convencional del protagonista mantiene su curso, usando esos pocos meses que le quedan sólo para poco más que afinar algún pequeño detalle. Sólo un par de elementos rompen la delicada y compacta narración: un cierto preciosismo en algunos momentos de la cinta, sobre todo en los planos finales, y algunas referencias y encarnaciones de episodios de la infancia, que resultan un tanto sensibleros. Por lo demás está muy bien interpretada por todos los protagonistas, que incluyen a algunas de las grandes actrices francesas de ahora y siempre. Posiblemente lo mejor visto hasta ahora en el concurso, aunque con el nivel que está teniendo este apartado, eso no signifique gran cosa.
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