Crónica IV, 25 y 26 de octubre
Ayer (día 25) terminé el día muy cabreado con una película que ya me advirtieron que era mejor pasar de ver. Yo pensaba simplemente que era cinematográficamente mala, pero no, es mucho peor que eso. Es indignante. Kilomètre zéro del kurdo iraquí Hiner Saleem tiene un mensaje muy claro: es un alegato a favor de esta última guerra de Irak, y un agradecimiento a EEUU por liberar al país de un tirano (no se explica en ningún momento quién le puso ahí) que mataba kurdos (no se explica quién proporcionaba estas armas e ignoraba las matanzas en los organismos internacionales) y por transformar el país en un lugar seguro y libre. Como suena. En fin, que esta no es una revista de política (aunque alguna vez se haya hecho algo al respecto), y por lo tanto lo voy a dejar aquí. Lo que no concibo es que alguien haya tenido la "idea" de seleccionar esta película para el festival, ni cual era la intención. A ver si se me pasa el cabreo, que aún me dura.
Vayamos con algo más interesante, aunque igualmente propagandístico, pero antes debo contar una historia para introducir la película de la que voy a hablar. A primero de los 60 un equipo de filmación ruso comandado por Mihail Kalatozov (director de Cuando pasan las cigüeñas, palma de oro en 1958) fue a Cuba a rodar un documental ficcionado y propagandístico sobre la revolución castrista. La película, Soy Cuba, se estrenó en la URSS y en Cuba en 1964 durando apenas una semana en cartel. Luego desapareció, hasta que en los 90 fue rescatada por Coppola y Scorsese. Desde entonces se la considera una de las mejores películas de la historia del cine, se la ha reestrenado con éxito en varios países y el año que viene llegará a España. También se ha rodado un documental sobre ella, titulado El mamut siberiano del brasileño Vicente Feraz. Aquí Soy Cuba se ha pasado como primicia junto a este último en la sección "Tiempo de Historia". Como decía se trata de un film propagandístico, que pone en escena algunos momentos episódicos más o menos verídicos, más o menos heroicos, previos o contemporáneos a la revolución. Y por lo tanto, histórica o didácticamente no tiene mucho valor, y ni siquiera entraría en la categoría de lo que yo consideraría un documental. Pero se trata de un trabajo visualmente magistral. Está rodada en largos planos secuencia primorosamente planificados, a menudo de notable dificultad técnica, que resultan evocadores y narrativamente elocuentes. La fotografía en blanco y negro, ayudada por la buena calidad de la copia (aunque el sonido no estaba bien reproducido en la sala en la que se proyectó) se adecuaba a cada historia, resultando luminosa en las partes heroicas narradas en exteriores, y muy contrastada en aquellas más sórdidas o negativas o rodadas de noche. Quizá lo que más se le pueda achacar es el eclecticismo episódico y el maniqueísmo, no falto de razón en muchos de los casos. Se trata por tanto de una película de poco interés en cuanto a contenido, y mucho en la forma. Reconozco que, aunque me ha gustado, yo le pido al cine otra cosa.
Y esta mañana se presentó en la competición oficial la coproducción entre España, Argentina y Brasil Hermanas, opera prima de la directora argentina Julia Solomonoff con Ingrid Rubio y Valeria Bertuccelli. Al igual que en España nuestro cine está obsesionado con la guerra civil, el de Argentina lo está —no me extraña— con el golpe y la dictadura militar. De este tema trata la película. A mediados de los 80 dos hermanas argentinas se reencuentra en EEUU tras ocho años sin verse. Una vive allí y la otra es periodista en España. Ambas viven las secuelas de los acontecimientos que obligaron a la que vive en España a huir precipitadamente tras la captura de su novio. Película con buenas intenciones, que cuenta una historia dura, pero que no llega a emocionar. Me produce sensaciones contradictorias, al simpatizar con la temática y los sentimientos de los personajes, pero a la vez estos no me parecen realistas ni bien mostrados. No me convencen muchas soluciones narrativas; especialmente los flash-back me parecen forzados, innecesarios, y en algunos casos reiterativos. A menudo el guión tira por el camino de en medio eligiendo lo más convencional y bienintencionado, sobre todo en la parte final, cuando a lo mejor hubiera sido preferible dejar otra sensación en el espectador que sería más honesta y verídica. Tampoco me ha convencido el trabajo interpretativo, ni siquiera de Ingrid Rubio, a la que considero una actriz solvente y con proyección. En fin, que sin molestarme ni parecerme una película descartable, tampoco me va a dejar un gran recuerdo. Y en este caso, lo lamento de veras.
Para terminar, sólo quejarme de que la organización se está luciendo. Nunca ha habido tantos cambios de última hora en la programación, muchas de las películas previstas han desaparecido (por ejemplo, Corredor sin retorno de Fuller y La tierra de la gran promesa de Wajda), alguna incluso ha sido proyectada en copia doblada y sin avisar, como es el caso de Mi nombre es Joe de Loach (y me consta la inocencia del proyeccionista, que fue el primer sorprendido) lo cual me parece realmente grave. Uno ya no puede fiarse de los planes que había hecho porque hasta última hora de la noche no sabe qué, ni cuándo ni cómo se proyectará lo de mañana. En fin, espero que se deba sólo a la adaptación del nuevo equipo del festival y no a la política local. Aunque viendo cómo funcionan los servicios en este ayuntamiento, a saber; que las cosas se hagan por una empresa privada de servicios para que salga más caro, sea peor, y los currantes estén en las peores condiciones posibles, pero el empresario de turno se haga más rico. Mucho me temo que hasta en la SEMINCI tendremos que ir acostumbrándonos.
Aprovechando que la programación tenía un fuerte carácter político, me apetecía hacer mi contribución. Como ven, esta crónica ha sido todo un alarde de coherencia.
|