Crónica III, 11 de octubre

Este es el año de Johnnie To. Al menos, eso viene a decir Sitges, festival donde en su día se encumbraron a realizadores como Takeshi Kitano, Kim Ki-duk, Takashi Miike y Park Chan-wook, antes de sus respectivos triunfos mediáticos dentro de la prensa especializada. Así el festival ha incluido dentro de la sección Orient Express un ciclo al realizador hongkonés, a la vez que ha presentado un libro (el primero en nuestro país) sobre la figura del cineasta, en el que colabora, por cierto, nuestra redactora Beatriz Martínez. Pese a que el conocimiento que poseo de la filmografía de To es ínfimo,  pues de su extensa producción (unos 40 títulos), únicamente he visto cuatro, reconozco que me siento realmente pequeño a la hora de abordar con rigor el film visto hoy en la Sección Oficial de Sitges, la excelente Election. Al margen del sabor irregular que me dejaron los films de To vistos, Election me ha parecido una magnífica pieza de género. Es cine negro hongkonés puro. Un puzzle de yakuzas que se aleja de los movimientos del intergénero y que basa su sólida narración en una mirada clásica sobre los acontecimientos. Film trepidante, casi podría convertirse en el Uno de los nuestros asiático, pues posee la habilidad de contar con una triada magnífica: guión, actores y puesta en escena. Cuenta To que la versión inicial del film duraba tres horas, mientras que el film definitivo se ha reducido prácticamente a la mitad. Ignoro si la soap opera gangsteril hubiese funcionado, aunque vistos los resultados finales, posiblemente hubiera sido algo apabullante. Estamos de suerte, pues el film va a distribuirse en nuestro país.

Hoy también hemos visto dentro de la Sección Oficial Fantastic el nuevo hit asiático del momento: el film de terror Shutter, de dos realizadores de impronunciables nombres (algo habitual en los cineastas tailandeses), Parkpoon Wongpoom y Banjong Pisanthanakun. De momento se puede asegurar que ha sido el más flojo de todo lo visto hasta la fecha en el festival. Película-trampa, presenta de manera reiterativa una de las constantes del cine de terror asiático importado a Europa: un fantasma femenino de cabello negro atormenta a una pareja de jóvenes. Sin la capacidad de sorpresa que supuso The ring, los logrados momentos terroríficos de The eye, la atmósfera malsana de La maldición o la brutalidad desatada de Última llamada, Shutter es un pastiche de momentos ya vistos. El film está torpemente rodado y peor montado, en especial, un deleznable y manipulador uso del fondo sonoro. La capacidad de asustar en tetra-brik pierde todo interés ante lo decadente de la amenaza, y la visualización del espectro en polaroids resulta anacrónica, poco creíble y nada asustadiza. Ni siquiera la sorpresa final aporta dramaturgia al asunto, simplemente no interesa. Parece un film calzado por Fílmax (distribuidora de la película) en la Sección Oficial, cuando podía haber encajado perfectamente en cualquier sección paralela.

The Jacket (sorprendente inclusión en sección oficial a concurso: parecía más propicia a premiere) se puede incluir dentro del saco de buenas ideas mal aprovechadas: en un centro médico se somete a los pacientes a un tratamiento de impacto que consiste en meterles durante horas amordazados, con la chaqueta del título, en una cama mortuoria, desde la cual pueden "viajar" a su propio futuro. El film dirigido por el casi desconocido en España John Maybury (cuya anterior película, El amor es el diablo, gira entorno a la figura del genial pintor Francis Bacon) es poco estimulante por cuanto su acercamiento a los lindes del fantástico se reduce al contenido teórico y no a un trabajo de puesta en escena, donde la planificación y las soluciones visuales responden a patrones actuales de probada eficacia sin prestar atención a su idoneidad (cfr. los insertos a modo de flashes de imágenes pretéritas que inunda, en este caso, la mente del ofuscado protagonista), mostrando la impersonalidad del trabajo del director. La historia, planteada con detalles intrigantes y un juego de elipsis habilidosas (lo que consigue involucrar, más o menos, al espectador en ella), se enfoca, durante su vagamente entretenido e inane desarrollo, en pesquisas detectivescas resultando todo tan meridiano que no deja espacio a lo misterioso y menos aún a lo turbador: ni siquiera los saltos temporales producen sobresalto o interés, pues no queda duda de que tiene que pasar así y no de otra manera. La torpeza narrativa (¡¡que escena más innecesaria aquella en la que la doctora prueba la terapia de shock en el hijo de una amiga!!), las lagunas —o trucos— de guión (me pregunto por qué sólo parece ser posible cambiar el futuro de algunas personas y no el de otras) y la repulsiva moralina final (sonrisa de Adrian Brody incluida) terminan por arruinar una idea que tal vez no daba, tal y como está presentada aquí, para rellanar los 103 minutos que dura The Jacket.

Por AG Calvo y JD Cáceres
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