Crónica IV, 12 de octubre

Existe una relación entre Sitges y el agua, especial. No me cabe duda. Ha sido comenzar el festival y empezar a llover, no sólo en los alrededores, sino según parece en buena parte de la península. Sin embargo, y  a pesar de la humedad, la temperatura está siendo agradable (excepto, insisto de nuevo en ello, en el Auditorio del Hotel Meliá, centro de operaciones del festival, siguen haciendo experimentos termodinámicos al menos en los pases de prensa, con un enigmático objetivo tras ellos que no alcanzo a adivinar, ni si quiera utilizando la imaginación —y, como diría, Han Solo, yo puedo llegar a imaginarme muchas cosas (bueno el hablaba de dinero, pero tanto da).

Este día, festivo en toda España, era uno de los más esperados en el festival de Sitges con la presentación de las últimas películas hasta el momento de Park Chan-wook (Chinjeolhan geumjassi / Simpathy for Lady Vengeance), Tsai Ming-liang (Tian bian yi duo yun / The Wayward Cloud / El sabor de la sandía, es la misma película no se me líen), Werner Herzog (The Wild Blue Gonder) y Sally Potter (Yes); ésta última presente en la "seven chances".  Además se ha contado con la presencia del cineasta coreano, de la directora de Orlando… y se cerraba la noche con el segundo largometraje de Eli Roth, Hostel, producido por la megaestrella Quentin Tarantino, que mañana tiene previsto aparecer para presentar oficialmente dicho film (buen golpe de efecto de los responsables del festival, que no obstante podían aplicarse igualmente en otras labores, como por ejemplo "dónde y cuándo se reparten las entradas"… 1, 2, 3, responda otra vez).

Simpathy for Lady Vengeance es el cuarto largometraje de Park Chan-wook, realizador dado a conocer el año pasado en nuestro país a raíz de Oldboy (ganadora del máximo galardón en la pasada edición de Sitges). Solamente he tenido oportunidad de ver estos dos films de su realizador, los cuales parecen perfilar no un estilo propio (breve inciso: aunque la  mayoría de colegas advierten señas de personalidad en casi todos los nuevos trabajos de cierta brillantez,  personalmente creo, aventuro, no por llevar la contraria —bueno, tal vez, también— sino porque lo he estado pensando y comentando con compañeros, que Park, Miike —lo advertí el año pasado— y To —por cierto Election es un film muy sólido, ciertamente—, responden más bien al perfil de artesanos, con mayores o menores inquietudes personales), pero sí claramente unas constantes, que van desde un interés superlativo, casi se diría que obsesivo, por la venganza y todos sus vericuetos, hasta una determinada estilización de la imagen en general y de la violencia en particular. Si Oldboy destaca por una notoria fisicidad muy resaltada por la puesta en escena (cfr. la pelea vista en travelling lateral), Simpathy for Lady Vengeance resulta bastante distanciada respecto a la protagonista y lo que narra, consecuencia de una puesta en escena que apenas actúa de un intermediario externo que no se dirige a contar la historia sino a embellecerla (sea positivo o negativo lo que suceda en ella). En esta tesitura, el nuevo largometraje de Park desvela tanto su armazón como sus engranajes, en definitiva, su obvio artificio, su fragilidad dramática, su absoluta gratuidad (¿para qué sirve la primera hora de metraje?). Características apreciables nítidamente en Oldboy, un film más inmediato que reflexivo. Precisamente el mayor problema de Simpathy for Lady Vengeance es su gravedad prefabricada, su contradictorio deseo de aunar artificio visual y narrativo con profundidad psicológica. Como ejemplo, la secuencia cercana al desenlace en la que la cámara se recrea en el dolor y el sufrimiento, y en el que la historia expone, finalmente, el dilema moral entorno a la necesidad (y sentido) de la venganza. Es en esos instantes (y en especial una escena, que personalmente considero repugnante desde un punto de vista moral y incluso emocional) cuando Park se presenta como un mero esteta, bastante cercano al cine  que realizan gente como Quentin Tarantino o David Fincher, otros eminentes artesanos a mi parecer, incuestionables autores según sus exegetas, que son legión (no se fíen demasiado de mi criterio: el mejor film que he visto en el festival es con diferencia Los renegados del Diablo… ¡no digan luego que no les avisé!).

No había visto hasta hoy ninguna película de Tsai Ming-liang, director nacido en Malasia en 1957, y cuya trayectoria (en Taiwan) es bien conocida por los espectadores de la edición 42 del festival de Gijón (2004), donde se proyectó un ciclo se publicó el libro colectivo "Una sandía es una sandía" entorno a su obra, la cual se inició en la televisión para la que ha realizado más de una decena de películas. The Wayward Cloud (que se estrenará en España —si Lauren Film, su distribuidora, no recupera malas costumbres, que no parece— el 25 de noviembre con el título —obvio y exótico— de El sabor de la sandia) es su séptimo largometraje. Los otros seis son Rebels of the Nenon God (1992), Vive l’Amour (1994), The River (1997), The Hole (1998) —editada en video en España—, What Time is it There? (2001) y Good Bye, Dragon Inn (2003). El caso es que The Wayward Cloud es un film al cual se le puede adjetivar de manera muy diversa, incluso con epítetos aparentemente contradictorios entre sí, y (se) estaría describiendo parte de su misterio, pero no resolvería realmente nada del mismo ni acabaría valiendo de mucho para el lector. Es decir, asegurar que The Wayward Cloud es un film enigmático y demencial a un tiempo, es, según lo creo yo, cierto, pero no aporta nada.  En todo caso, trataré a continuación de exponer algunas ideas en torno a un film, que creo no debería pasar inadvertido por el aficionado, aunque sea solamente por el atrevimiento que hay tras la película. La propuesta de Tsai es tan radical en sus planteamientos como irregular en su resolución, que bascula entre lo sorprendente, lo brillante y lo superficial. Según he averiguado los protagonistas de The Wayward Cloud son la misma pareja de What Time is it There? (cuya historia se desarrolla en Paris), los cuales se reencuentran en Taipei tiempo después, en un contexto bastante peculiar: él es un actor porno y ella, que desconoce esto, una de las vecinas del edificio donde se está grabando la película. El film no se ajusta en sentido estricto a ninguna forma de narración, ni siquiera de ausencia de ella, por mucho que la historia sí resulte lineal en conjunto y se pudiera dividir en una introducción, un nudo y un desenlace… Pero no. Tsai no pretende contar una historia. Su intención es bastante más ambiciosa. El director de El río parece buscar debajo de la superficie para indagar, con preguntas y nunca creyendo encontrar las respuestas definitivas, qué se esconde tras ella: no sólo se interroga sobre la incomunicación (su gran tema según parece) en la sociedad actual, también efectúa un malabarismo sobre la propia forma de comunicación, el cine este caso, asumiendo formas del metalenguaje. Y a veces consigue trasmitir una desazón, un desconcierto, una alucinación en el espectador que aviva y conmociona los sentidos: pienso en la idea —magnífica— que gira alrededor del agua (la falta de ella en contraste al derroche de la misma), el leve (y tremendamente descriptivo) travelling que se acerca al rostro de la chica cuando descubre lo que hay al otro lado del encuadre, la sorprendente inclusión de los números musicales, el extraño y agobiante momento en el que ella busca unas llaves… Sin embargo, Tsai, a mi juicio, no consigue unir esas ideas (esencialmente teóricas) sobre un discurso sólido y se termina dispersando, quizás demasiado distanciado de su creación: se enfoca en exceso y subraya demasiado las imágenes-símbolo que utiliza (la recurrente sandia, la maleta, que me hace pensar en Buñuel), recurre a metáforas bastante evidentes y nada acertadas (sobre todo el último número musical), ejecuta y rueda los bailes de forma monótona como si el solo hecho de incluirlos bastara para "sentirlos"… Creo que cuando llegue a Madrid empezaré a ver otros films de Tsai, porque me ha invadido la curiosidad, aunque en este caso, no haya visto el cielo, ni las nubes pasar...

Por José David Cáceres
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