Crónica VII, 16 de octubre

Dado que mi compañero cronista, don José David Cáceres ya ha abandonado Sitges (con el bagaje de una obra maestra: Los renegados del diablo, de Rob Zombie y cien películas fallidas), este sería un momento propicio para comentar algunos de los films vistos durante estos días y que aún no habíamos podido abordar, dado que la mayor parte del peso de las crónicas las ha llevado hasta la fecha mi genial compañero, restándose horas de sueño, para así yo aumentar mi lamentable nivel de vida durante los festivales cinematográficos.

Empezaremos con una sorpresa que dividió la opinión de los asistentes a la proyección: Hard Candy del debutante David Slade. El film nace en la cita vía Internet entre una menor de edad y un fotógrafo que supera la treintena, para luego convertirse en una feroz venganza de la joven sobre el adulto, un presunto pedófilo. Lo más interesante de la cinta resulta de situar al espectador del lado de un depravado, dada los sádicos métodos empleados por la joven, que recuerdan en cierta manera al muy interesante film de Rolf de Heer Alexandra’s Project. Película con multitud de trucos de guión y algunos diálogos inverosímiles, que provocaron la indignación de un sector amplio del público, que sin embargo acaban por entenderse más que como un error como una aceptación de cierto convencionalismo narrativo. Es por ello que el film me gustó por su capacidad de agresión moral, por su apología de la venganza, uno de esos crímenes perfectos que sí funcionan. Esa capacidad hipnótica que sustrae al espectador de lo externo —como en La huella el film posee básicamente dos protagonistas—, un juego tétrico, más creíble que lo expuesto, que no niego que en una segunda visión se venga abajo tras eliminar los artificios. Sobresale la interpretación de la joven Ellen Page como la verdadera Lady Vengeance del festival.

Mucho más brillante resultó el último trabajo del siempre sobresaliente realizador neoyorkino Hal Hartley con su film de ciencia-ficción (según los créditos del film) The girl from Monday. Nos hallamos esta vez delante de un film fantástico, de una genialidad digna de ovación, el nuevo Hartley recuerda tanto a Fahrenheit 451 como a La muerte en directo o Brazil, siguiendo la máxima orwelliana (o huxleyana, según se prefiera) de que el futuro estará férreamente controlado por las empresas y donde el individuo ha pasado a ser un peón de un tablero de límites irreconocibles. El mundo futuro de Hartley es una gran sociedad gobernada por las incongruentes leyes que promueve una empresa para aumentar sus beneficios, todo contacto humano está cuantificado y conlleva un impuesto, de tal manera que aquellos que practican el sexo libre, son perseguidos por la ley. La inmigración es espacial y los extraterrestres seres incorpóreos que han de adaptase a la carne y a los sentimientos. Hartley persigue a dos personajes básicos: un empleado de la gran compañía que es en realidad un renegado ("un partisano") que descubre a una alienígena que ha llegado a través del mar de la lejana constelación de Monday. La ciencia-ficción vista a través de Hartley está alejada de todo convencionalismo genérico: espacios cerrados, nula tecnología, y sí mucha confusión, mucha velocidad, ralentizada mediante el tratamiento digital de la imagen, que conjuga color, B/N, ralentís y congelados, dando un aspecto cinemático a la cinta muy peculiar, no apta para todos los gustos.

Seguimos con la que me ha parecido mejor película del festival junto, claro, con El sabor de la sandía, la alucinante película de Tsai Ming-liang, me refiero a Rois et Reine de Arnaud Desplechin, el título de mayor importancia dentro de la (algo sosa este año) sección paralela Seven Chances. Desplechin es uno de los realizadores contemporáneos franceses que mayor nombre poseen dentro de la cinefilia de vanguardia (junto a gente como Olivier Assayas, Claire Denis, Bruno Dumont y Cédric Khan, entre otros, todos ellos, según Àngel Quintana, hijos putativos de Jean Eustache). Rois et Reine es una maravilla, una joya de 150 minutos que juega tanto con el riesgo formal del encuadre como la subversión de los parámetros narrativos, todo dentro de un contexto cercano, sin figuraciones estrambóticas o saltos dramáticos incoherentes. Son dos las historias que vehiculan el film: la de un hombre (Mathieu Arnalric) encerrado en un psiquiátrico a petición de una hermana y la de una mujer (Emmanuelle Demos) —ambos, por cierto, protagonistas también de otro film del certamen: La moustache— que asiste a la degradación física y psíquica de su moribundo padre. El juego narrativo planteado por Desplechin versa sobre las apariencias y la incapacidad del ser humano de mostrase con sinceridad. El film posee una secuencia demoledora en la que el padre, una vez ya muerto, revela sus sentimientos mediante un escrito a su confundida hija, realmente impresionante.

Por Alejandro G. Calvo
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