Resumen

Un Festival de cine debería ser algo más que un conjunto de películas agrupadas en torno a una serie de secciones que intentan guardar en su interior una mínima coherencia estructural. A priori en Sitges, si realizamos un repaso por las diferentes parcelas en las que se divide su tejido estructural, no encontramos rasgos que puedan vincular unas propuestas a otras, pues en su base constitutiva todavía palpita la indefinición genérica a la hora de apostar abiertamente por un cine de raigambre fantástica o dar cabida a otras formas de expresión artística de variado signo referencial.

Sin embargo, a pesar de ese batiburrillo de propuestas inconexas que sustentan la base de la programación de este certamen, podemos hallar en su profunda razón de ser una voluntad de ofrecer una alternativa al acomodaticio panorama internacional de cine actual, cada vez más ensimismado en la repetición de fórmulas mil veces explotadas  que conducen inevitablemente al agotamiento de los recursos fílmicos, apostando por films que convocan valores tan importantes para el futuro del cine como son la capacidad para renovar los postulados expresivos de la imagen, la búsqueda de nuevos caminos que nos permitan reflexionar en torno al soporte fílmico como generador de universos personales que sean capaces de abrir nuestra percepción a nuevas experiencias tanto intelectuales como sensitivas y la oportunidad de tender un puente de encuentro que nos ayude a desvelar (más allá de toda tentación de exotismo que pueda generar) las nuevas sorpresas que se esconden tras el inagotable torrente de inspiración que procede de los países asiáticos.

Sí, también es cierto que estas propuestas han de convivir irremediablemente con otras cuyo signo resulta diametralmente opuesto, ya que su presencia únicamente se justifica en este Festival como una especie de reclamo comercial para servir de escaparate de presentación a los medios de comunicación, estando sus cualidades creativas diluidas en su mayor parte por intereses ajenos a la propia esencia de lo que debería constituir  el arte fílmico. Pero más allá de retratos de cara a la galería (que son al fin y al cabo de los que terminan hablando la mayoría de los medios de comunicación nacionales), nosotros vamos a intentar entresacar alguna de las más interesantes muestras de originalidad e inteligencia que ha dado de sí esta última edición del festival catalán.

Una advertencia previa: durante estos ocho días hemos podido ver excelentes obras, pero ninguna que fuera capaz de despertar un consenso absoluto al sobresalir por encima de las demás como sí ocurrió por ejemplo el año pasado con aquella bomba de relojería motora que constituyó el Old Boy de Park Chan-wook. Esa sombra de decepción ha planeado por los ánimos de todos los asistentes al festival, que esperaron la sorpresa definitiva hasta el último momento. Este deseo no se materializó en ningún film en concreto, algo que se pone de manifiesto en la elección del jurado en la concesión del Premio a la Mejor Película a la americana Hard Candy, un film de temática escabrosa y actual (de esos que quedan muy bien en los palmarés aportando un toque de compromiso social) atrevido en sus planteamiento pero algo discutible y cobarde en sus resoluciones finales. Y si es bien correcto que Sitges 2005 no será recordado por ninguna película-estrella, lo cierto es que el nivel tanto de competición como de las secciones paralelas será recordado en su conjunto como uno de los mejores de los últimos años.  

El estado de las cosas

Un Festival, a través de la muestra de películas que propone, también tiene la capacidad de mostrarse como un indicador no sólo del estado de la industria, sino de las posibles vías de evolución tanto formal como temática con las que poder adivinar las líneas de fuga sobre las que se constituirá el cine de los próximos años. Si en la pasada edición se constataba definitivamente la muerte del relato como estructura convencional de tiempo ordenado (característica que se encontraba presente el las laberínticas narraciones de films como Old Boy de Park Chan-wook, Izo (Izô: Kaosu Mataha Fujôri No Kijin) de Takashi Miike, o Primer de Shane Carruth, por poner tres ejemplos representativos), en esta ocasión el verdadero nexo en común de la mayoría de las propuestas más interesantes no radica en su enfoque estructural externo (es decir de qué forma se organiza la narración) o por lo menos no se pone tanto de manifiesto, sino que su máximo interés radica en el contenido, en la materia más profunda de su significación interna, pues es de ella de la que se extrae todo el poder de sugestión que sirve como cemento para moldear, para dar forma a todo el ensamblaje argumental. Este elemento constitutivo lo conforma la visión que tiene el hombre dentro del mundo contemporáneo, la forma en la que se sitúa en el seno de una realidad que no comprende y de la que no parece tener las claves para acceder a los misterios que propone, en la que se encuentra desorientado, perdido, sin signos de referencia en los que poder apoyarse. De esa noción de insatisfacción contemporánea surgen tres de las grandes obras de este Festival, quizás las menos accesibles para el gran público por el proceso de depuración estilística que proponen, pero sí de las que se pueden extraer un mayor número de reflexiones en torno a la naturaleza de las imágenes y su relación con los procesos experienciales del ser humano. Me refiero a  The Wayward Cloud del taiwanés Tsai Ming Liang, a Eli, Eli, Lema Sabachtani? del japonés Shinji Aoyamay a The girl from Monday esa pequeña joya que nos trajo firmada  el estadounidense Hart Hartley. Se trata de cine a contracorriente, que desafía las reglas establecidas de la convención cinematográfica menos acomodaticia, valiente, al límite del experimento subversivo, ese que logra fascinar a unos e irritar a otros por la radicalidad con la que intentan adentrarse en la aventura de buscar  nuevos caminos  expresivos de carácter indómito.

De eso sabe mucho el director Tsai Ming Liang, que junto a su compatriota Hou Hsiao-hsien, lleva años radiografiando en sus films el derrumbe de los valores que hasta ahora habían sustentado las relaciones humanas en el seno de unas ciudades cada vez más impersonales y tecnificadas, en las que se potencian los procesos de incomunicación, soledad y vacío existencial. Con The Wayward Cloud, Ming-liam continúa la senda que inició en uno de sus films más emblemáticos, The Hole, pero llevando sus planteamientos extremos y su capacidad metafórica mucho más allá. Nos encontramos ante un film que a primera vista impacta por la sugestiva hibridación de géneros con los que se halla trazado, ya que la estructura narrativa se encuentra salpicada por surrealistas números musicales coloristas y kistchs que rompen con el tono y la cadencia silenciosa, monótona y opaca de una historia de amor triste y melancólico en el interior de un mundo, con referencias apocalípticas incluidas, en proceso de descomposición. Personajes marcados por el sentimiento de extrañeza que deambulan como fantasmas, evitando el contacto físico y que terminan siendo víctimas de su propio deseo. Ming-liang se sumerge en la investigación de lo que constituyen las claves del erotismo en el individuo, y consigue configurar una premonitoria  fábula del amor en los tiempos del consumismo, en el que todo se paga y nada parece tener sentido o ser realmente auténtico.

En un futuro incierto también nos sitúa Shinji Aoyama en su perturbador nuevo film, Eli, Eli, lema sabachtani?, título en arameo que constituyen las últimas palabras que dijo Jesucristo antes de morir en la cruz: «Señor, Señor, por qué me has abandonado?». Un extraño virus acata a las personas, se instala en su sistema nervioso y las conduce al suicidio. No se sabe nada acerca de esta misteriosa enfermedad y nada se puede hacer para sanarla, aunque parece que los síntomas se atenúan si el afectado escucha la música que realiza una pareja de jóvenes que se dedican a experimentar con los sonidos. Aoyama describe un paisaje de decadencia moral en el que los seres humanos han perdido los horizontes y ya no saben cómo disfrutar de la vida. Por ello, el film reflexiona en torno a la capacidad, voluntaria o no, que tiene el hombre para terminar con su existencia, no sólo a través de la muerte, sino a través de la renuncia voluntaria a intentar alcanzar la felicidad por medio de los placeres terrenales. Quizás uno de los títulos más pesimistas a la hora de abordar la posición de ruptura interior a la que puede llegar el hombre en un hipotético futuro regido por las reglas del aislamiento y la incomunicación. Además, Aoyama nos ofrece todo un recital de captura hipnótica que conjuga a la perfección la modulación de la imagen y sonido, en un radical ejercicio de sustitución de las palabras con el mero uso de ruidos, distorsiones y todo tipo de resonancias que, extraídas mediante ingeniosos mecanismos, son capaces de provocar susurros de naturaleza marciana a través de cualquier objeto cotidiano extraído de nuestro entorno. El actor Tadanobu Asano (que además de sus tareas interpretativas también compone la arquitectura musical del film) ejerce de medium para transportarnos a través de una espesa red de ondulaciones sonoras a una experiencia catártica de naturaleza profundamente sensitiva.   

Dentro de este último bloque no podemos dejar pasar por alto a The girl from Monday, por muchas razones, pero principalmente porque supone el regreso a las pantallas del siempre interesante (a veces genial) Hart Hartley. Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que el director estadounidense era considerado como uno de los máximos exponentes de la vanguardia del cine amaricano. Sin embargo, tras su película Henry Fool, Hartley quedó en el olvido. Por eso, es siempre una buena noticia comprobar que el director de films tan importantes en la década de los noventa como Trust o Simple Men, vuelva a la actividad cinematográfica, y lo mejor, que hayamos tenido el privilegio de comprobar que sigue estando en estupenda forma. The girl from Monday es una fábula que habla de la pérdida de valores y derechos individuales de los ciudadanos en una hipotética sociedad futura, restrictiva, manipuladora, cercenadora de la libertad de expresión, que impide que toda muestra de afecto sea espontánea y desinteresada. Todo debe pasar por el filtro de la legalidad, incluso las transacciones sexuales, todo ha de desarrollarse a través de unas leyes confeccionadas por un núcleo despótico de poder que castiga duramente todo acto que pueda ser considerado una trasgresión a la monopolizadora autoridad.  Los valores han quedado reducidos a cenizas, y los humanos han perdido toda  voluntad de expresar su interioridad por miedo a las represalias. Sólo algunos especimenes llegados a nuestro planeta procedentes de la constelación Monday, son capaces de rebelarse contra la autoridad establecida formando una especie de resistencia con la que pretenden luchar desde sus mismas entrañas. The girl from Monday es una incisiva sátira, con envoltorio de relato de ciencia-ficción, en torno a la manera en la que articula su vida el hombre en el seno de la incertidumbre que genera la vida en nuestros días.

Muy acertadamente el premio de la Sección Nuevas Visiones recayó en esta pequeña maravilla de Hart Hartley. Esperemos que gracias a eso sea posible su distribución en nuestro país y tengamos tiempo con más calma de dedicarnos a su análisis de la forma minuciosa que merece.

Grandes maestros

En otro orden de cosas, el Festival homenajeó este año a uno de los directores que han conseguido revitalizar el alicaído panorama de cine de Hong Kong tras la marcha a Estados Unidos de aquellos grandes nombres que consiguieron en los ochenta que esa cinematografía se convirtiera en la máxima renovadora del cine de acción del momento. Estamos hablando de To, de Johnnie To, un hombre que lleva dirigidas nada menos que cuarenta películas, de las que hasta ahora no se ha estrenado comercialmente en nuestro país ninguna.

Parece ser que la cosa va a cambiar gracias a Election, la cinta con la que To competía en la Sección Oficial y que ha sido galardonada con el premio al Mejor director. Con Election, To nos sumerge en el proceso de elección del nuevo jefe de las tríadas de HK, y lo hace a través de un estilo formal de extrema sobriedad, casi radiográfico, seco, cargado de una violencia interna que alcanza instantes de extrema perturbación ultrarrealista y de una pulsión narrativa firme, opresiva, de atmósfera espesa atravesada por un tejido de naturaleza opaca que nos descubren  a una serie de personajes caracterizados por sus ansias de poder y codicia. Esperemos que gracias a esta pieza maestra del cine de género, sean muchos los aficionados que se acerquen a la figura de este gran hombre de cine. Por eso debemos agradecer al Festival que le haya dedicado una retrospectiva con alguno de sus títulos más representativos y que demuestran la gran variedad genérica y mutación a la que ha sometido To su filmografía —The Barefooted Kid (Chik Geuk Siu Ji, 1993), The heroic trio (Dung Fong Saam Hap, 1993), The Mission (Chong Fen, 1999), Running out of time (Aau Chin, 1999), PTU (2003), Throw Down (Yau Doh Fu Bong, 2004) y Breaking News (2004), film este último que será editado próximamente en DVD—  y además ha editado un libro de estudios y ensayos que analizan cada una de las vertientes en las que se divide su carrera.

Una de las películas que más han dado que hablar dentro de la Sección Oficial ha sido sin duda el nuevo y esperadísimo film del coreano Park Chan-wook, que ya nos deleitó el año pasado aquí con la superlativa Old Boy. Quizás las expectativas han jugado en contra de Sympathy for Lady Vengeance (Chin-jeol-han Geum-ja ssi) así como las siempre odiosas comparaciones a su anterior obra. Lo cierto es que ante un primer visionado, Sympathy... no tiene la fuerza de captura emocional que sí tenía Old Boy, sin embargo es de esas películas que se quedan instaladas en un lugar de la memoria y van creciendo en grandeza cada vez que se piensa en ella. Es decir, que al principio descoloca, pero finalmente es un film  cuyo impacto es de combustión lenta... parece que su recuerdo se va a disipar en seguida pero, a una semana de la finalización del Festival, y después de pasar por un período de decepción y dudas, creo que se puede afirmar con rotundidad que Lady Vengeance es una gran película, y sobre todo y más importante todavía, que Park Chan-wook se ratifica como uno de los grandes creadores de lenguaje cinematográfico de nuestro tiempo, un auténtico virtuoso y poseedor de un universo creativo personal, magnético y turbador.

Es Sympathy for Lady Vengeance un film de una tremenda captura y radicalidad narrativa que desprende un profundo aliento trágico. La venganza como eje vertebrador de toda una saga que puede ser tachada desde un sentido moral como peligrosa (por su apología del castigo y del ojo por ojo), pero que demuestra la verdadera esencia cruel que anida en todo ser humano. Lady Vengeance se asienta sobre los esquemas del cine negro clásico, pero lo hace bajo unas formas y actitudes que logran reformularlo y redefinirlo de acuerdo a la modernidad mediante el eclecticismo de texturas y la hibridación de discursos, siempre bajo un sentido de la puesta en escena, que nos transporta a un extraño mundo cerrado, hipnótico, irreal, entre la fantasía y la ensoñación, tan frío como a la vez telúrico y apasionado. Así, el tejido narrativo de Sympathy... es tan denso como penetrante, y está compuesto por una cantidad ingente de hilos imbricados entre sí que conforman en principio una masa amorfa que poco a poco va adquiriendo un sentido específico y clarificador en la pantalla, sobre todo gracias a la magnífica interpretación Lee Yeong-ae (quien nos sirve de guía durante todo el film)  galardonada con el premio a la mejor actriz (ninguna otra hubiera podido superarla, sobre todo en esos planos contenidos que nos desvelan la doble cara de un personaje que se debate entre la santidad y la maldad más exacerbada). Gran cine, al borde del delirio sádico y macabro, pero también redentor y poético, convulso y avasallador.

Otro film coreano que hubiera merecido más premios que la mención a la banda sonora original que recibió finalmente,  fue A bittersweet life de Kim Jee-woon. Una cinta magnética, estilizada, con un formalismo refinado y recorrida por un profundo aliento romántico que le otorga un doloroso poco emocional que poco a poco va espesando el tejido narrativo. También es cierto que el film de Jee-woon guarda profundas concomitancias con el Old boy de su compatriota Chan-wook, pero no por ello podemos dejar de ensalzar sus múltiples méritos. A medio camino entre el cine noir francés y el más evolucionado thriller de acción ultraviolento, el film narra la caída a los infiernos de la venganza de un hombre que se debate entre la lealtad a su jefe y el deseo de salvaguardar sus sentimientos hacia la joven novia de éste. Jee-woon demuestra su capacidad para plasamar imágenes poderosas, atravesadas por una convulsa visceralidad que proviene del desgarro interior que se da en el alma del protagonista, interpretado magistralmente por Lee Byun-hun. En el recuerdo, la sensacional secuencia de cierre (deudora de El precio del poder de Brian de Palma), que se contrapone a la delicadeza de un epílogo que da sentido a todo el entramado argumental.

También merecía sin duda mejor fortuna la incursión del indómito Miike en el mundo de la fantasía infantil con The Great Yokai War (Yokai Daisenso), una espectacular producción que nos acerca a la mitología y al folclore nipón de la mano de unos seres legendarios, los yokais, y de las guerras de poder que se establecen entre éstos y el mundo de los humanos. Un niño, cargado con una espada mágica, será el encargado de establecer el equilibrio, a la vez que nos introduce en un fascinante, divertido y singular universo en el que lo que prima por encima de todas las cosa es la imaginación y el entretenimiento en su estado más puro. Quizás los fans de Miike esperaran alguna de las salidas de tono propias de este director, sin embargo, lo peor que se puede decir de Yokai Daisenso es que resulta extremadamente convencional. Eso sí, es cine-aventura que se devora minuto a minuto.

Para terminar, algunas películas interesantes extraídas de las secciones paralelas fueron, Citizen Dog, del tailanés Wisit Sasanatieng, una colorista y naïf historia que se mueve en los terrenos del surrealismo, preñada de imágenes que impactan directamente en la retina por su poder sugeridor y tocadas por un suave sentido del humor a la hora de ironizar acerca de las dificultades y la desorientación que sufren los jóvenes para insertarse en el sistema productivo de las grandes ciudades. La inocencia de la película de Sasanatieng contrasta radicalmente con una de las grandes apuestas del terror más sanguinario oriental para este año, pero no en su vertiente de sustos fáciles y efectos de sonido estridentes que obligan al espectador a saltar involuntariamente de sus butacas.

En The neighbor Nº 13 (Rinjin 13-Go), ese terror procede de las entrañas, de los efectos traumáticos que un niño vivió durante su infancia tras miles de vejaciones sufridas por sus compañeros de colegio, y que años más tarde, le han conducido a desarrollar un trastorno de la personalidad que le lleva a mostrarse cruel y sádico con todo aquel que se cruza por su camino. De atmósfera irrespirable, densa, hermética y poderosa, las imágenes de The neighbor nº 13 no dejarán a nadie indiferente, ya que están cargadas de un dolor y una rabia indescriptibles. Muchos la han comparado con el Ichi, the killer de Takashi Miike, aunque el estilo empleado por el debutante Yasuo Inoue es radicalmente opuesto, mucho más calmado y moroso, como si detrás de cada esquina estuviéramos esperando ese estallido terrible de violencia con el que se materializan los ataques de este vecino psicópata con tendencias asesinas.

Como siempre, y esta es una tendencia posiblemente criticable para muchos, he terminado centrándome en las películas orientales, que siempre suelen resultar las más interesantes que pueblan la mayoría de los festivales internaciones. Otros films estupendos se vieron en Sitges (Devil's Rejects de Rob Zombie, Corpse Bride de Tim Burton, Rois et Reine de Arnaud Desplechin...)  pero de ellos ya dieron buena cuenta mis insignes compañeros José David Cáceres y Alejandro García Calvo. Este ha sido mi pequeño resumen-homenaje a este magnífico festival que nunca decepciona y que me proporciona año a año razones suficientes para seguir viniendo y disfrutando de su cuidada programación. El año que viene más y a lo mejor, incluso mejor.

Por Beatriz Martínez
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