El chico de la moto no reina
Se acusa a la crítica española de torpedear la línea de flotación de la producción cinematográfica de nuestro país. Si ésto fuera cierto, y teniendo en cuenta las valoraciones existentes en nuestro topcine, Miradas sería cómplice en tal estrategia. No obstante, no se puede ignorar que gran parte de las producciones españolas son publicitadas por los grupos mediáticos que han participado en su producción de modo sobrevalorado y que tal propaganda recibe un eco en diferentes medios que engrandece la supuesta calidad de las cintas. Dicha situación lleva a parte de la crítica, quizás en una estrategia de contraataque, a una desconfianza aprendida y, precisamente por ello, me creaba un prejuicio respecto a una película como 7 vírgenes. El trailer de la última película de Alberto Rodríguez nos habla de un delincuente adolescente con unas pocas horas de libertad, de sexo, de hurtos y de barrios conflictivos. Algo que ya nos suena, de Truffaut a Loach, de Armendáriz a León de Aranoa, de Coppola a Van Sant… Deja vu!!!
Afortunadamente para todos, el trailer tiene (relativamente) poco que ver con la película. 7 vírgenes nos habla, sí, del apretado periodo de libertad de un adolescente en un barrio marginal. Pero 7 vírgenes ofrece mucho más. Ofrece el desolado retrato de una sociedad que niega salida alguna para los marginados, recoge las dudas íntimas de unos y otros personajes y, por encima de todos los aspectos de guión, resalta la habilidad de puesta en escena de un director prometedor e interesante.
Alberto Rodríguez atrajo la atención de crítica y público en la codirección de El factor Pilgrim (codirigida con Santi Amodeo) y ofreció un producto irregular pero harto interesante en El traje, una curiosa mezcla de comedia costumbrista, enredos y denuncia social. 7 vírgenes es muy superior a El traje. Rodríguez utiliza sus recursos de manera sabia: travelling ágiles en las escenas "vertiginosas" (tanto en una muy bien narrada persecución como en seguimientos del personaje central, aislado entre la multitud), encuadres cerrados sobre un protagonista en crisis, planos generales que demuestran la impotencia de Tano en un mundo que le supera (como el plano en el que Tano y Richi se alejan uno de otro, ajenos a un destino que se cierne sobre ellos) (1).
Posiblemente la inteligencia de Rodríguez no radica tanto en un guión bien trabajado (junto a Rafael Cobos urdieron los antecedentes de los protagonistas) pero plagado de lugares comunes; su mérito yace en la capacidad del director de hacernos relevantes pequeños detalles, sea con el uso de frases aparentemente lanzadas al azar, sea con el recurso de una cámara que recoge con discreción los temores, las contrariedades de los personajes, las amenazas que desestabilizan su limitado mundo: la mirada impotente de Tano ante la caída de Richi; la desolación interior de Santacana, sentado en la taza del water, a medio vestir, antes de su boda; la mirada perdida de su pareja, sola y callada en su propia boda; la duda de Patri en la soledad del baño, tomando conciencia de que no está si no tratando de recrear un sueño, una vez Tano ha marchado de su lado; la silenciosa presencia de la mano ortopédica que recuerda a Richi la ausencia del padre y una realidad que él se niega a aceptar y que finalmente le pasará factura. Es posible que se celebre 7 vírgenes como una cinta que retrate fielmente un determinado "lumpen" español, ignorado en el conjunto de la producción a la que antes aludía. Sin embargo, Rodríguez cae en el tópico: en la escena de la pelea en la terraza, en algunas escenas entre Tano y Patri o en un final que no por coherente deja de estar mal resuelto, con demasiados golpes "truffautianos". Si bien se revela como un buen director de actores (la reunión en la piscina es muy naturalista) y como un buen narrador, el interés de 7 vírgenes y el mérito de Alberto Rodríguez es captar la esencia de la miseria que atrapa como una telaraña a los jóvenes rebeldes. Sin tener la densidad deseable pero superando el tópico y los lugares comunes de otras obras recientes (2), Rodríguez resuelve el envite más que satisfactoriamente en una serie de escenas de las que me gustaría destacar dos. En una, tan divertida como agridulce, bien trabajada sobre guión pero mejor escenificada, Tano y Richi simulan la vida acomodada en un piso en construcción. Los jóvenes se burlan de sí mismos, con un deje de tristeza que el director sabe recoger muy bien, como engalanando la charada. En otra escena, premonitoriamente, la cámara recoge en plano general la fuga de Richi que, vestido de traje, huye de un acreedor por una ventana, ignorante de las consecuencias que tendrá este acto. Mientras el joven se aleja ufano hacia la calle, satisfecho en sus galas, entre la suciedad y las ropas colgadas del patio interior, la cámara, inmóvil, recoge en primer plano el brazo ortopédico, símbolo de aquello que Richi y Tano pretenden ignorar de la sociedad que les envuelve pero que pervive pese a su rechazo.
(1) Juan José Ballesta, premio de interpretación en San Sebastián, aporta una mirada triste, consciente de un destino inevitable. El novel Jesús Carroza se lo come literalmente en una interpretación (¿o es realmente como le vemos en la cinta?) antológica.
(2) Pienso ahora en la decepcionante Joves (Ramón Termens i Carles Torras, 2004): tres opciones vitales de la juventud actual expuestas críticamente, con ingredientes estimulantes como el episodio de la discoteca, resueltos con duro realismo, pero que padecía de una pobreza en la producción y en la puesta en escena que malograban el producto.
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| España, 2005. Dirección: Alberto Rodríguez. Guión: Alberto Rodríguez y Rafael Cobos López. Producción: José Antonio Félez.
Fotografía: Alex Catalán Montaje: J. Manuel G. Moyano.
Dirección artística: Javier López. Música: Julio de la Rosa
Duración: 86 min.
Interpretación: Juan José Ballesta (Tano), Jesús Carroza (Richi), Vicente Romero (Santacana), Alba Rodríguez (Patri), Julián Villagrán (José María), Manolo Solo (Director del centro), Ana Wagener (Madre de Richi), Maite Sandoval (Madre de Patri).
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