El retorno del escéptico recalcitrante
La tan esperada Flores rotas ha resultado ser una película algo bastarda en lo referente a la atribución de su autoría, como ocurre siempre que confluyen en un mismo proyecto varias personalidades notables, por mucho que estas afirmen compartir objetivos. A saber: Jim Jarmusch (o el placer calmoso de tomarse un café en buena compañía) y Bill Murray (el hombre que vive instalado en el desencanto perpetuo).
Así pues, me atrevería a decir que nos encontramos lejos del mejor Jarmusch (Extraños en el paraíso, Bajo el peso de la ley, Noche en la tierra o Dead man : elijan cualquiera de ellas), aunque el habilísimo Bill Murray sí que haya sabido aprovechar la coyuntura para darle otra vuelta de tuerca a ese personaje atemporal que lleva más de dos décadas puliendo en la pantalla (hasta Jarmusch reconoce que escribió el guión pensando única y exclusivamente en Murray, trabajando en base a su disponibilidad para rodar). ¿Acabará ocurriendo como con aquellas primeras películas de Chaplin o Keaton, cuyos directores han sido mayoritariamente olvidados, perviviendo el icono cómico? El tiempo dirá.
Y es que a este Don Johnston continuamente confundido con el ex de la Griffith , parece que lo visitemos —en esa casa tan bien decorada y sin embargo tan falta de personalidad— al día siguiente de su retorno de Tokio, todavía bajo los efectos del jet lag post Lost in translation. Derrumbado en el mullido sofá, con la televisión dada y mirando sin ver una película sobre el mito donjuanesco, mientras su último ligue trata de huir precipitadamente de sus desgastadas garras.
No me negarán que tiene su gracia convertir a Bill Murray en un experimentado coleccionista de amantes... un punto de partida tan inverosímil como divertido. Aunque en este lentísimo arranque de Flores rotas parezca querer deshacerse de dicha etiqueta, quien sabe si ansioso —por ver primera— de encontrar algo de estabilidad, al calor de un "verdadero" hogar.
El modus vivendi de su metomentodo vecino contrasta fuertemente con su desahogada y solitaria existencia. Frente a la apatía, la actividad. Frente a la soltería, el compromiso. Y frente a un hijo que ya no tendrá, media docena de mocosos danzando por el jardín (¡esto comienza a parecer una película con argumento avalado por la conferencia episcopal!)
¿He dicho un hijo que ya no tendrá? Una carta anónima viene a desordenar su conciencia, hablándole de una antigua novia (¡Dios mío! ¿Cuál de todas?) que decidió tener un hijo presuntamente suyo hace 19 años... hijo hoy en día adolescente y dispuesto —o eso dice la enigmática remitente— a dar con el paradero de su señor padre.
El conflicto queda planteado. Pero evidentemente nuestro personaje (todavía estirado en el comedor, tan propenso a la depresión que ya no recuerda si está saliendo de una o incubando la siguiente) no es capaz de interpretar signo alguno, de tomar la iniciativa y salir él al encuentro de... ¿su pasado? ¿Sus temores? ¿O de una simple rúbrica que poner a tanta frustración continuada?
El colgado de su vecino etiope (aficionado a las novelas detectivescas y reciente descubridor de los parabienes de internet, con su valiosa e incalculable cantidad de información basura) le dará el empujoncito final, lanzándolo en pos de las candidatas a engendradora "por sorpresa" de ese vástago redentor del ahora relativamente famoso Don Johnston, todo un lince de los negocios punto com.
Nos adentramos pues en el agradecido territorio de las road movies: cuatro mujeres y una difunta, periplo nostálgico-vejatorio tras el cuál nuestro hombre quizás aprenda algo más sobre sí mismo... o termine por desmoronarse definitivamente.
La cara de palo de Murray y el tono trágico-cómico de los siguientes encuentros, hace subir unos cuantos enteros la historia. Sobresale el soberbio encuentro con Sharon Stone, o, mejor dicho, con la hija de esta... lo-li-ta. Un homenaje a Lo, "por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita" y el lúbrico Humbert Humbert, en una escena que el público masculino heterosexual tardará en olvidar... ¡madre mía, no le pierdan la pista a la tal Alexis Dziena!
Viudas todavía apetecibles, casadas prematuramente mustias, iluminadas con mucho cuento e inadaptadas con compañeros peligrosos. Trocitos de otras vidas que bien hubiesen podido ser la suya propia. Preguntas impertinentes, falso interés, un ramo de flores y la búsqueda de algún indicio... alguna pista teñida de rosa que le lleve hasta la madre de su hijo, ese que no tiene.
A la vuelta del viaje —tan estéril como era de esperar—, Don comenzará realmente a sentir, a experimentar —¡por fin!— cierta sensación de pérdida. A buscar por las calles un fantasma, un recuerdo o el rostro, sin más, de alguien a quién le hubiese gustado llamar "hijo mío". Otra apostilla más a la crisis de los cuarenta y muchos, pitopausia tardía de un bogartiano perdedor con dinero.
Entiendo como algo redundante esa coda final, ese encuentro forzado con el adolescente errante, donde Jarmusch aprovecha para hacerle soltar a Murray un discurso tan brillante como increíble (conforme a lo que sabemos ya del personaje), describiendo con un enorme pleonasmo los sentimientos que se siguen fácilmente de su mirada perdida, un ojo amoratado frente al espejo, oníricos desvaríos entre terminal y terminal...
Pero si hay un momento que me llevo conmigo de este viaje de blanco satén, es la visita al cementerio, incluyendo el previo con la florista más encantadora que ha habido y habrá. Un hombre vencido en la base de un árbol, junto a una lápida labrada con un nombre olvidado (fordiano, muy fordiano). Al igual que el Stefan Brand de Carta de una desconocida, nuestro Casanova queda malherido por una inesperada estocada en forma de misiva, tinta roja en el anverso y mecanografía sin alma en el interior, no más de un folio que le permite comprobar lo poco que han significado para él tantas mujeres (y él para otras tantas), así como el legítimo resentimiento que alguna de ellas todavía le guarda… lo poco, en definitiva, que sabe de sí mismo.
Un cine alejado de la originalidad vista en otras propuestas jasmuschianas, con un protagonista heredado directamente de Sofia Coppola y secundado, sobretodo, por un magnífico elenco femenino. En definitiva: decepcionará a los que busquen algo extraordinario y satisfará a los aficionados a regodearse en la miseria ajena (¡Y somos tantos!) |