La paternidad recuperada

1.Lo que Las llaves de casa no es

Después de un parón de seis años tras la realización de la monumental Così ridevano (1998), Gianni Amelio regresa con una historia sobre niños discapacitados de corte a priori más sencillo e intimista. Las llaves de casa arranca con el primer encuentro entre Gianni (Kim Rossi Stuart) y su hijo Paolo (Andrea Rossi), que sufre secuelas debido al dificultoso parto en el que murió su madre, de camino a un hospital alemán donde podrían ayudar al joven a mejorar su aptitud para desenvolverse en el mundo. Pese a que la puesta en escena de Amelio no sea llamativa y pueda parecer convencional, la película adopta en todo momento la distancia precisa para lograr una identidad fílmica tan nítida como misteriosa. Algunas secuencias, como las que muestran las diferentes pruebas que el niño sufre en el hospital, tienen un carácter cuasi-documental, y sin embargo el film no es un experimento de indagación en la realidad en busca de revelaciones (como eran El sol del membrillo o En construcción), pues tiene una vertebración dramática claramente ficticia y nada improvisada. No es un documental, si bien existe algún elemento afín, y, desde luego, no tiene nada que ver con el movimiento Dogma o invenciones de la misma estofa.

Uno de los métodos de acercamiento más habituales a esta clase de argumentos es la vía del dramatismo convencional propio de los telefilms, también presente en muchas películas. El ternurismo ramplón o la búsqueda de la lágrima fácil a través de una mirada que, aunque se quiera piadosa, en realidad observa siempre por encima del hombro sin llegar hasta el fondo de las situaciones con intención de lavar la conciencia de los espectadores son algunos de los peligrosos elementos que sustentan esta clase de realizaciones, en apariencia frontales, pero en realidad acomodaticias, cuando no cínicas. Empero, semejantes recursos no aparecen a lo largo del metraje de Las llaves de casa, donde las secuencias no se construyen con la finalidad de ensalzar los valores de superación personal y el apoyo inquebrantable entre los personajes. Ni rastro de dramatismo impostado, pero tampoco del optimismo forzado de películas como Mar adentro, en la que la historia de un hombre postrado que no desea seguir viviendo se convierte en una risueña vindicación de la eutanasia que presenta la muerte como una promesa de liberación y esperanza, tal vez trasmundana. El de Alejandro Amenábar era un producto que aprovechaba un tema "polémico" para construir un melodrama en el que la narración avanza siempre por la superficie consciente de la primitiva capacidad emotiva de los materiales que maneja, algo también ausente en el film de Amelio.

En su película Oasis (2002), el realizador coreano Lee Chang-dong narra la historia de amor entre un joven con una ligera discapacidad mental y una chica aquejada de una parálisis cerebral. Pese a fugas poéticas no del todo pertinentes y a rozar el maniqueísmo en alguna secuencia concreta, la película tenía el gran valor de mirar directamente a una realidad incómoda en la que lo establecido y comúnmente aceptado como "normal" derruía cualquier intento de los personajes por llevar una vida siguiendo las mismas pautas de comportamiento que observan a su alrededor. Finalmente, el hermetismo de la una sociedad hipócrita incapaz ni tan siquiera de intentar comprenderles imponía sus férreas leyes aplastando el pequeño mundo que habían construído, en un final trágico y pesimista asociable, en su capacidad para demostrar la impotencia del indivíduo machacado por su entorno, al de Alguien voló sobre el nido del cuco. Con todo, este otro camino tampoco parece ser el mismo que toma Las llaves de casa, una película con menor carga trágica y menos connotaciones sociales que las de Chang-dong o Milos Forman. Pero entonces, cabe preguntarse, ¿dónde se sitúa la película de Gianni Amelio desde un punto de vista diacrónico, es decir, teniendo en cuenta su posición en el panorama cinematográfico presente y pasado?

2. Lo que Las llaves de casa podría ser

Cuando Nanni Moretti presentó en 2001 su largometraje La habitación del hijo, hubo quien habló de un cambio de rumbo en la carrera del director de Caro diario (1994), que renunciaba a sus habituales ensayos irónico-político-sentimentales para contar un relato sobre el vacío que deja la desaparición de un hijo joven, acompañando a los personajes en un periplo narrativo sin rumbo fijo. Si había alguna influencia externa perceptible en La habitación del hijo (e incluso también en su anterior Aprile), ésta era sin duda la de Roberto Rossellini, de quien Moretti recogía la máxima de seguir, con amor, los pasos de los personajes en todos sus descubrimientos. En Las llaves de casa, y al igual que hizo en la extraordinaria Lamerica (1994), Gianni Amelio también parece querer postularse como un nuevo hijo putativo de Rossellini. Hay referencias bastante indicativas, como el hecho de tratarse de dos personajes de la misma familia de viaje por un país extranjero (como la pareja Ingrid Bergman/George Sanders de Viaggio in Italia). Y hay una secuencia concreta que deja deja lugar a la duda: En un despiste de su progenitor, el niño toma un autobús y deambula perdido por la ciudad, recordando al joven protagonista, también desorientado en suelo alemán, de Alemania año cero. Pero la intención de Amelio en ningún caso es tanto la de conformarse con el guiño como la de adoptar una metodología de trabajo rosselliniana en una historia con una idiosincrasia muy definida.

Como sucede siempre en los trabajos de Amelio, las escenas inicialmente inconexas van ganando sentido a medida que se suceden hasta alcanzar importantes cotas de emoción, como una bola de nieve que aumenta su velocidad y tamaño en su descenso por la montaña. Aunque la primera toma de contacto entre padre e hijo no tiene nada de extraordinario, la actitud del primero irá perfilando muy lentamente, y mediante mínimos detalles de sus acciones, la psicología de un hombre involucrado contra su voluntad en una situación que le resulta incómoda y frustra sus expectativas constantemente. En ese sentido, sus reacciones no están nada alejadas de las del personaje de Ingrid Bergman atrapado en la isla de Stromboli. Ambos son atractivos físicamente, ambos han llevado una vida cómoda que les hace mirar con altivez una realidad que les repugna, aunque lo disimulen bien e intenten autoconvencerse de que les gusta su nuevo status y, al cabo, los dos films desembocan en una situación que resulta irresoluble, un marasmo asfixiante. Empero, la sombra de Rossellini no es la única que planea sobre las imágenes de Las llaves de casa. El protagonista adulto establece una relación con Nicole (Charlotte Rampling), una mujer madura asimismo madre de una niña con problemas motrices aún más graves. A medida que van compartiendo encuentros y experiencias, sus diálogos van ganando en profundidad, hasta llegar a una demoledora última secuencia en la que las máscaras se caen definitivamente, y que hace pensar en las duras confesiones que suelen producirse en algunos instantes de las películas de Ingmar Bergman. La interpretación de Charlotte Rampling resulta aquí antológica, por intensa y desnuda, y no tiene nada que envidiarle a las actuaciones más memorables de la troupe de actrices bergmanianas.

3. Lo que Las llaves de casa tampoco es

En el último tercio del film, Gianni, quizás espoleado por el sentimiento de culpabilidad que le provoca su desatención como padre, parece dispuesto a intentar establecer una relación normalizada con su hijo, a quien intenta querer desesperadamente. Para ello, decide esquivar la mirada frontal a la realidad e intenta convencerse de que puede llevar una convivencia satisfactoria con él. Así, no duda en potenciar la ilusión de que una amiga epistolar de su hijo podrá convertirse en la novia del pequeño, y se esfuerza en mantener viva la llama de una falsa ilusión. Como ocurría en La vida es bella, el padre fabula constantemente para apartar a su vástago del horror de una realidad insoportable. Pero, al contrario que ocurría en la película de Roberto Benigni, en Las llaves de casa el sueño se rompe y el peso de la realidad termina por imponerse de manera definitiva. Allí donde Benigni apostaba por la materialización final de la mentira, Amelio renuncia a todo subterfugio para mirar frontalmente a la realidad, por dolorosa que sea, certificando la frase que Nicole le dice a Gianni en una de sus charlas: «Si has decidido acercarte a él, prepárate para sufrir».

Por Alejandro Díaz
cartel
Italia, Francia, Alemania, 2004. T.O.: Le chiavi di casa. Dirección: Gianni Amelio. Guión: Gianni Amelio, Sandro Petraglia y Stefano Rulli, basado en la novela de Giuseppe Pontigia. Producción: Elda Ferri y Enzo Porcelli. Fotografía: Luca Bigazzi. Montaje: Simona Paggi. Dirección artística: Didi Richter. Música: Franco Piersanti. Duración: 105 min. Interpretación: Kim Rossi Stuart (Gianni), Andrea Rossi (Paolo), Charlotte Rampling (Nicole), Alla Faerovich (Nadine), Pierfancesco Favino (Alberto), Michael Weiss (Andreas).