Ocupar, resistir y producir
Corría el año 1999, poco después de las manifestaciones de los movimientos antiglobalización en Seattle, cuando Naomi Klein fue catapultada a la fama con la edición de No logo. El libro ponía en el punto de mira al mundo de las empresas multinacionales, a la cultura de las marcas y a todas aquellas organizaciones que supuestamente deben velar por el reparto de la riqueza mundial –léase el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, las cada vez más hostiles cumbres del G8, etc-. Klein arrancaba la máscara del enemigo para mostrarnos que el modelo económico que las grandes corporaciones empresariales representan, y que miden el progreso sólo a través del crecimiento y de la rentabilidad, era el verdadero problema. La producción misma, al pasar a segundo plano, puede realizarse en cualquier parte del mundo con mano de obra barata, precariedad laboral, donde es posible evadir las reglas y producir en el menor tiempo y al menor costo posible. De este modo, la autora canadiense establecía las bases de un sistema basado en el consumismo y en la difusión de mensajes a través de las marcas que está presente en todos los rincones de nuestra vida cotidiana y que invade el espacio público y personal. Podemos resumir la tesis del libro en una sola frase: " No existiría el culto de la marca si no existiera la posibilidad de producir a bajos costos en alguna parte del mundo".
Ahora, Naomi Klein incide en los mismos preceptos en el guión de The take. El filme, dirigido por Avi Lewis (todo queda en casa, ya que es su actual pareja), nos sitúa e n plena crisis económica de la Argentina de 2001. Treinta obreros en situación de paro forzoso de una fábrica de piezas de coche deciden tomar la fábrica que ha quebrado y reanudar la producción de la misma. Sobre el tablero la partida parece desigual. Solos frente a sus jefes, ante los banqueros y contra un sistema económico globalizado. En realidad, ellos no son nadie, únicamente un eslabón minúsculo dentro de la macroestructura económica mundial, sin derechos ni voz para decidir.
El compromiso con el movimiento antiglobalización queda patente en la película. Sus trabajadores, que temen un paro perpetuo, deciden formar una cooperativa (como ya había ocurrido pocos meses antes en la fábrica de cerámica Zanon ) con un objetivo triple: "ocupar, resistir y producir". Freddy y sus compañeros (y otras muchas fábricas) tratan de plantar cara al sistema capitalista eliminando a capataces y burócratas y erigiéndose como únicos poseedores de los medios de producción.
Lewis y Klein realizan un trabajo en el que describen, y se adhieren, una alternativa concreta, una especie de avanzadilla, ante el cierre de fábricas. Su recuperación, por parte de los trabajadores, y su puesta en marcha bajo unas reglas que establecen una cierta humanización en un territorio tan desalmado como el empresarial, convierte el relato en una denuncia clara a las clases dirigentes.
La reconversión en cooperativas obreras capaces de ofrecer beneficios bajo un sistema de autogestión es el eje del documental. Sin embargo, a pesar que The take grita verdades como puños, no es menos cierto que el espectador no puede zafarse de la impresión panfletaria que provoca el visionado de la película. Además, el discurso de Lewis y Klein tampoco resulta tan novedoso. Cuestionar el motivo por el cual las grandes compañías prefieren que las fuentes de riqueza no sean de nadie, si no puede ser de ellas, no ofrece nada nuevo bajo el sol. Al final sólo nos queda la opción de reflexionar acerca de la posibilidad de que este movimiento, esta otra variedad de comunismo, se convertirá en un movimiento político con fundamentos y atisbos de futuro o, meramente, acabará mudándose al espacio del olvido, como le sucede a tantas tendencias que pretenden marcar estilo y solamente son moda. |