Holocausto en Toronto

«Me gusta mostrar a la gente algo absolutamente extraordinario y hacer que se lo crean cuando la película está acabada» David Cronenberg.

Las primeras películas de David Cronenberg podrían pasar por hacendosas propuestas de serie B, alocadas y algo apocalípticas visiones de un mundo que nunca ha terminado de gustarle al más rarito de los canadienses (con el permiso de Guy Maddin).

Pero el plan de Cronenberg durante todos estos años era otro: ejercitarnos en la desconfianza. Una desconfianza que no se basa tanto en la amenaza incierta de un enemigo externo (esa sería la 'vertiente Carpenter' del asunto) como en ese extraño malestar que sentimos en nuestro interior... ese dolor en la sien... ese bulto en el costado... "Dios, ¡¿qué me está pasando?!"

Los personajes de Cronenberg sufren alegres mutaciones, transformaciones vitales de diversa enjundia que los dejan hechos un asco: les da por morder a la gente, por babear sin cesar, por adoptar comportamientos insectívoros, por lacerarse al volante de un coche desbocado, por utilizar su ombligo como puerto externo, por operar a la gente con instrumental exclusivo...

Es en este territorio no apto para estómagos sensibles donde se mueve Rabia, una película justita de medios (se rodó en cinco semanitas escasas), pero terriblemente divertida. David tenía bien clara desde el principio la idea de una enfermedad de origen incierto transmitida por un portador primigenio (no en vano el esquema de partida del guión original se titulaba ya Mosquito (1)). La temática no brilla especialmente por su originalidad (después de que él mismo hubiese hecho la demasiado similar Vinieron de dentro de...(Shivers, 1975)): un virus letal se extiende por los alrededores de la gran ciudad, hasta invadirla y sumirla en el caos y la anarquía. La plaga se propaga con celeridad y se caracteriza porque sus afectados se transforman en personajes sacados de una peli de George A. Romero: quieren carne y algo de fornicio, son violentos y se mueren de ganas por devorar al vecino del tercero.

El "foco infeccioso" es Marilyn Chambers, actriz acostumbrada a moverse en un género cinematográfico donde también se dedicaba a comer carne... ejem... utilizando su boquita no para dar mordiscos sanguinolentos, sino con la loable intención de proporcionar placer a muchachotes disfrazados de fontaneros que se presentaban en casa siempre a deshoras. La pobre criatura sufre aquí un accidente de tráfico que la deja algo desfigurada, siendo ingresada en una siniestra clínica donde la retocarán un poquito. Lástima que el resultado de los modernos avances médicos sea dotarla de una axila-nabo que despierta sus más bajos instintos. ¡Auténticamente delirante!

Los motivos para su elección como protagonista no fueron nada snobs, créanme. En primera instancia, Cronenberg había pensado en Sissy Spacek (meses antes de su consagración definitiva vía Carrie (id., 1976)). Pero la productora del filme (que se dedicaba al negocio softcore) optó por tirar de la cantera, proponiendo el concurso de un sucedáneo de actriz, bragada —eso sí— en otros menesteres urovaginales. Con todo, la Chambers no tuvo que emplearse "a fondo": Rabia resulto ser un film bastante más casto que Vinieron de dentro de..., su primer largo. No olvidemos tampoco (ahora que Cronenberg está tan bien visto, único representante del género 'culto-gore') que Vinieron de dentro de... fue vapuleada por la crítica del momento, aunque eso no le impidiese ser todo un hit en taquilla (2). Tendencia que en la última década se invirtió definitivamente... si, amigos, ahora Cronenberg hace tiempo que es guay (uséase: sus pelis no dan mucho dinero, pero los críticos mean colonia al verlas).

Tanto daba. Su segundo film gustó a rabiar (je, estoy de un ingenioso) y recibió la consagración —premios mediante— en el festival de Sitges, que desde entonces (como Valladolid con su Loach o Cannes con su von Trier) parece vivir un incesante idilio con el realizador (sin ir más lejos, este año 2005 clausurará festival con su A history of violence). En EEUU la película la compró Roger Corman (a través de su New World Pictures), procediendo a su "recorte" y afinado ad hoc para evitar el sambenito de la X, lacra suprema en la exhibición norteamericana.

A un nivel estrictamente personal, la realización de este filme forzó a Cronenberg a un cambio de residencia. Me explico: su octogenaria casera quedó escandalizada al saber de buena tinta que el tipo con cara de seminarista al que tenía arrendado un cuarto, había trabajado con una actriz porno (¡!). Fue demasiado para ella y le invitó formalmente a hacerse el petate y abandonar su honrada y decente morada.

Cronenberg, aquél niño rarito que leía novelas de Burroughs y Nabokov cuando debería de estar jugando a las canicas, tenía razones de sobra para temer el eclipse vital, el decaimiento progresivo de un cuerpo que comienza fallándonos y termina descomponiéndose sin remisión. Tuvo la desgracia de conocer este fenómeno en primera persona, a través de la enfermedad degenerativa que sufría su padre. Está explicación freudiana de primero de básica, ayudaría indudablemente a explicarnos alguna de sus obsesiones... aunque resulte demasiado obvia para explicar la psique de un tipo tan retorcido.

En Rabia encontrarán cine de género en estado larvario (de aquella época en la que uno era plenamente consciente de estar viendo un producto tosco, sin buscar por ello justificaciones culteranas a tan desinhibido espectáculo), ambiente viciado y miedo a salir de noche... quién nos iba a decir que aquel chico desnortado que se matriculó en la carrera de literatura inglesa acabaría alcanzando la madurez sin renunciar a la ira, el charco de sangre y los cerebros despanzurrados.

(1) David Cronenberg, de Jorge Gorostiza y Ana Pérez. Pág. 108. Editorial Cátedra. Colección Signo e Imagen / Cineastas.

(2) http://usuarios.lycos.es/cronenberg/p_bio.htm

Por Jorge-Mauro de Pedro
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