A través del cuerpo
David Cronenberg es uno de los cineastas más insólitos y atípicos de todo el cine moderno. El hecho de que su formación sea autodidacta le otorga dos características imprescindibles a la hora de analizar sus obras y, a la par, claves para entender su estilo. Por un lado, en su cine no existe el menor rasgo de influencia externa, ni ningún tipo de vinculación a movimientos concretos. Si hay, como se puede ver en Inseparables o Spider, elementos afines a la obra de Ingmar Bergman, éstos jamás adquieren un corpus referencial sino que se perfilan como personalizaciones directas en las que se desintegra cualquier tipo de aspecto que lo enlace a su origen.
Por otro, y he aquí el elemento más apasionante de su filmografía, el concepto que Cronenberg posee del cine de terror escapa de cualquier tipo de modelos o tendencias reinantes en el género, así como de los tópicos más comunmente utilizados. El fantástico en Cronenberg es, sencillamente, un telón de fondo, un marco necesario —aunque no imprescindible— para el desarrollo de las historias o los temas que trata. No existe unión posible entre los contenidos que el género ha ido desarrollando a lo largo de estos últimos treinta años, así como de las tendencias que el mismo ha ido exponiendo y madurando, con la idiosincrasia del cineasta. Cronenberg no sólo tiene un estilo propio, ya plenamente construído e integrado desde su primera etapa canadiense (1), sino que dicho estilo le pertenece únicamente a él, resulta literalmente inimitable y, como ya se ha esbozado, trasciende las barreras del campo cinematográfico al que pertenece para indagar en la psique, el cuerpo, las angustias y la pandemia desde un prisma, en ocasiones, insoportablemente subjetivo y, siempre, arrebatadoramente fascinante.
Cromosoma 3, considerada por el propio Cronenberg como su película más personal, es el ejemplo perfecto de las constantes fílmicas que el cineasta ha venido planteando desde sus primeras películas y que, quizá, aquí alcanzan su cota más abstracta, estremecedora y radical. Cronenberg, de hecho, definió el film como una subversión de Kramer contra Kramer. En efecto, son bastantes los nexos argumentales que unen al interesante aunque algo sobrevalorado film de Robert Benton con la pieza del canadiense. Sin embargo, la subversión queda apuntada desde el mismo principio en cada fotograma de la película, transformando Cromosoma 3 en un film que rompe los muros de lo políticamente correcto, huyendo como de la peste de la, en el fondo, conservadora visión de la película de Benton y lanzando una feroz, inmisericorde diatriba contra el núcleo familiar como muy pocas veces se ha visto en el cine.
La película da comienzo con una secuencia capital para entener las intenciones del cineasta: una sesión de terapia observada por un grupo de alumnos, en la que Oliver Reed (excelente, por cierto) se adentra en la mente de uno de sus pacientes extrayendo la ambivalente relación de este con su padre (la frase "te odio y te quiero") de la manera más visceral posible. Ya desde estos primeros minutos queda subrayado que la película no será más que una inmersión en los demonios de la institución familiar, en el cúmulo de falacias que la envuelven, desde un prisma casi antropológico, en el que la visión que se tiene del ser humano no es, precisamente, la más optimista posible. La exposición de la figura materna como un ente terrorífico, reprimido y represor, un ser en cuyo interior se gesta la personificación de todo su odio, portador de la peste en definitiva (2), hace ver que Cronenberg centra sus esfuerzos en correlacionar todo el cúmulo de obsesiones biológicas que forman el núcleo de su cine con una compleja, en ocasiones críptica, concepción de las relaciones humanas. El concepto del "cuerpo", que irá matizando en sus realizaciones poteriores (hasta llegar al cenit que supone La mosca —1986), se encuentra presente en la fisicidad que desprende el film, en la abyección que transmite el personaje de Samantha Eggar (sencillamente perfecta, dicho sea de paso), así como en la idea central de la materialización corpórea, mediante pústulas y enfermedades, así como gestaciones, del odio contenido. Cronenberg llega a una simbiosis prodigiosa entre su estilo frío, turbador y distante, entre una gran parte de sus temas más recurrentes y, finalmente, una visión tan extrema como necesaria del foco familiar como eje de la neurosis.
Cromosoma 3, de hecho, no será la única película dentro de la filmografía de Cronenberg en la que la perversión de los lazos familiares quede al descubierto. Éste será el tema central de las dos películas ya citadas más arriba: Inseparables (1988), con la turbadora relación entre los dos hermanos gemelos interpretados de forma magistral por Jeremy Irons; o Spider (2002), que centra sus raíces temáticas, de nuevo, en la degeneración de la figura materna, desdoblándola en una doble vertiente, que puede tener su germen en la expuesta en Cromosoma 3. Sea como fuere, la diferencia de este film respecto a los posteriores se encuentra en una puesta en escena que se desplaza totalmente de la estilización poética (Inseparables) o de la narrativa experimental (Spider). Cromosoma 3, desnuda y fría como un témpano de hielo, convierte en imágenes un universo que sólo hubiéramos imaginado en las más terribles pesadillas.
Obra maestra sin contemplaciones.
(1) A mi juicio, la base de su obra restante y uno de los períodos más fascinantes del cine de terror moderno. Obras maestras como Vinieron de dentro de... (1974), Rabia (1977) o la misma Cromosoma 3 (1979), lo ratifican.
(2) Tampoco es muy positivo el punto de vista que se tiene de la madre en Kramer contra Kramer. Interpretada por una convincente Meryl Streep, el personaje oscilaba entre una profunda crisis personal y una avanzada psicopatología. Empero, el final del film (la cesión de la custodia del hijo a Dustin Hoffman) encauzaba la película por los derroteros de la ortodoxia, de los que Cronenberg se desentiende conscientemente.
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