ClarividenciaMan
Confieso que jamás he sido un admirador de las novelas ni de las adaptaciones que el cine ha hecho de las obras de Stephen King, a pesar que tengo un muy grato recuerdo de Misery (Misery, Rob Reiner, 1989).
De hecho el cine ha venido demostrando a lo largo de la historia que cualquier adaptación, ya sea literaria, de comic o más recientemente de un video-juego depende absolutamente de la visión y personalidad de la entidad fílmica que se hace cargo del proyecto, ya que por su propia condición de película, pierde toda la esencia que fue anteriormente y no se le puede-ni debe- juzgar como adaptación, sino como largometraje. De ahí que la mayoría de películas procedentes de otro medio son casi siempre maltratadas por los supuestamente entendidos (que una vez más vienen a demostrar que no lo son). De este modo ratifico mi postura al afirmar que la película final resultará más cercana a la obra cuanto más cercano resulte el cineasta que la filma al escritor-dibujante...etc que la ha creado.
Por ello afirmo sin tapujos que La zona muerta (The dead zone, 1983) es sin duda la mejor adaptación hecha sobre una novela de Stepehn King.
Y es que nadie como David Cronenberg para plasmar el miedo en estado puro y darle entidad a una premisa que de simple que es, puede llegar a parecer ridícula.
Nada nuevo aportaré si como cada vez que abordamos un cineasta en esta revista, repaso y expongo sus constantes y la evolución de su obra. Quedó claro hace mucho tiempo que Cronenberg, del mismo modo que Lynch o Greenaway son personajes que trascienden cualquier etiqueta, pero se caracterizan por contar historias sencillas que transforman con sus detalles y matices en obras de (en ocasiones) demasiada complejidad.
Seguramente un director más instaurado en la industria, más acomodado, llámenle como quieran, hubiera despachado la cinta como si de un thriller al uso se tratara errando completamente los valores que desprende la historia de John Smith, el primer superhéroe de carne y hueso del cine.
Porque en resumen, el cineasta Canadiense no hace otra cosa que una película de superhéroes, pero de los de carne y hueso, de ésos que no vuelan ni trepan, de ésos que no salvan al mundo para quedarse con la chica, de esos al fin y al cabo que tan magistralmente retrató Shyamalan en su inconmensurable El protegido (Unbreakeable, 2000). Un superhéroe al que la vida le viene grande y debe lidiar con unos poderes que no ha pedido y ni mucho menos desea, lo que le relega a ser un anti-héroe por voluntad propia, aspecto del que el protagonista quiere escapar para intentar ser normal, lo que le coloca en tierra de nadie.
Tras estos razonamientos que harían las delicias de Freud, nos encontramos ante una película que asombra por su simpleza...y por su densidad al mismo tiempo.
Bajo la simple premisa de un profesor (mayúsculo Cristopher Walken) que sufre un accidente de coche quedando en coma durante cinco años, despierta con el poder de la clarividencia. Al tocar a las personas puede ver su futuro, pero no solo eso, él consigue ver la zona muerta, que es el poder para cambiarlo. John Smith al comprobar sus poderes sufre un hacinamiento voluntario intentando alejarse del mundo no solo debido a no querer "explorar" ese don, sino a descubrir que su novia, se ha casado y ha sido madre mientras él estaba en coma.
Debajo de esta capa de argumento trillado, Cronenberg realiza una aproximación al género del terror como casi nunca nadie lo ha conseguido. El quiz de la película reside en que el terror no proviene de elementos extraños que aterroricen al espectador y a los personajes, el terror es el mismo personaje, un terror que él posee y no desea, un terror que para el propio John Smith es inexplicable. Él no entiende su poder, lo que le atemoriza y hace que atemorice al resto del mundo aislándose voluntariamente. Un terror en definitiva que no se atreve a explorar, a encarar. El terror en su máxima expresión: Uno mismo contra si mismo. Y es que: ¿Qué puede darnos más miedo que nosotros mismos?
Mediante este estudio del terror, el director de Crash (Crash, 1996) se adentra mucho más en el espíritu humano ofreciendo un retrato del miedo al que todo el mundo intenta regir. La soledad. La película en si misma es un canto contra la soledad. En más de una ocasión John afirma que está solo. Se cambia de ciudad, vive solo, casi aislado y lucha contra aquello que no desea, su soledad. La magnífica evolución del protagonista, amparada en una soberbia interpretación del gran actor que es Christopher Walken llega a su clímax cuando el héroe, consciente de su situación, plantará cara a la soledad, a su poder y decidirá cambiar, ayudar. Utilizar esa maldición que como él dice "Ahora me doy cuenta que es un don", para cambiar los acontecimientos que están por llegar, sabiendo él que seguramente no será comprendido por las generaciones futuras, pero es el precio que hay que pagar por la heroicidad, por la soledad por dejar de sentirse lejano y ajeno al mundo real.
Cronenberg lo acentúa mediante su puesta en escena gélida y distante. Desde las localizaciones, invernales, siempre nevado con el frío que sale de la boca de los personajes, el cineasta aísla en el encuadre a John mostrándolo siempre tras una ventana, tras una puerta, medio tapado por una cortina...para al verlo en un encuadre limpio, filmarlo en plano medios amplios reforzando el vacío que hay a su alrededor, con composiciones tan vacías y desprovistas de elementos propios que entristecen el fondo del encuadre. John Smith está condenado a no compartir ni el plano, ya que los plano contraplano casi en su totalidad son sin escorzo, lo que unido al hecho de mostrar al protagonista tullido, amparándose en una muleta, incrementa su condición de anti-héroe.
La reflexión más honesta y acorde con el largometraje que se puede extraer, es aquella que se refiere a todos y a cada uno de nosotros, ya se tengan poderes o no, el miedo a nosotros mismos, a la soledad, y por encima de todo a enfrentarnos a nosotros mismos, es un miedo mucho más real y tangible que el susto que te provoca un efecto de sonido o una buena fotografía en el cine.
Un miedo en definitiva, tan cercano que acongoja. Y mucho.
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