Larga vida a la nueva carne

Hay películas que se adelantan a su tiempo, que aportan una visión de la realidad hipotética tan revolucionaria, que aquellos que la contemplan en su año de producción, son incapaces de traslucir el impacto o la importancia metafórica que pueden albergar sus imágenes en el futuro. Fue Videodrome un film incomprendido durante muchos años, pues la tesis que subyacía en el fondo del relato todavía no podía asimilarse por una sociedad en la que no se encontraban enraizadas en el seno de su estructura las nuevas tecnologías, y por tanto, era imposible llegar a dilucidar la forma en la que éstas iban a influir de manera decisiva en el desarrollo de nuestras vidas y en la forma en cómo llegarían a convertirse en parte esencial de nuestra interacción con el mundo. Ahora ya estamos preparados para comprender, porque el espectador actual se encuentra insensibilizado hacia los procesos de aceleración que se están produciendo en el interior de las civilizaciones modernas, habituado al desconcierto expresivo generado por las mutaciones que ha experimentado el mundo contemporáneo, por lo que es momento ideal para adentrarnos en algunas de las claves constituyentes de una obra con un discurso tan fascinante y complejo como el que alberga Videodrome.

Viodeodrome  se sitúa en la difícil coyuntura de intentar proponer un análisis plausible acerca de los cambios que se concitaban en torno a las relaciones entre las personas y las imágenes que éstas estaban dispuestas a consumir en el contexto de los años ochenta, aportando no sólo una reflexión de carácter moral sino toda una filosofía en torno al probable proceso de vampirización que el influjo audiovisual podía llegar generar en el ser humano. Ni siquiera existía el concepto de cyberespacio, pero a través de las técnicas rudimentarias del video doméstico, ya se podían intuir muchos de los problemas y las controversias que podría generar un debate abierto alrededor de las necesidades que se establecerían entre el hombre y la máquina. Cronenberg postuló así una especie de filosofía o religión laica en torno al concepto de "nueva carne" —una tesis cuyo predicamento ha continuado practicando el mismo director a lo largo de toda su carrera, y que también llegó a establecer interesantes ramificaciones e influencias en la obra de otros autores, como es el caso de Shinja Tsukamoto en su díptico Tetsuo, el hombre de hierro(1989) y Tetsuo, el cuerpo de martillo (1992)— es decir, la transformación de la identidad física en el seno de una sociedad postindustrial, altamente tecnificada, en la que el ser humano es incapaz de discernir claramente entre lo que ocurre en el plano de la realidad plausible o en el plano que afecta únicamente a la virtualidad, de forma que sufre una mutación que lo sitúa en una esfera totalmente extrema, en la que el cuerpo humano llega  a conjugarse a la máquina en una simbiosis  perfecta.

Es el instante en el que las fronteras entre lo real y lo ficticio se difuminan, y se ponen de manifiesto las tensiones entre el modo de vida dentro del desarrollo en la era digital, siendo necesaria la redefinición de los roles que han de asumir los individuos en el interior de este contexto eminentemente metamórfico. Videodrome nos sumerge en el desarrollo de un mecanismo de abducción, el que se lleva a cabo en el cuerpo y en la mente de Max Renn (James Woods), un dirigente de una cadena de televisión especializada en proporcionar a la audiencia contenidos de carácter escabroso o violento, quien, en su afán por conseguir emitir unas imágenes impactantes que sean capaces de trasmitir el estado puro de la perversión, se verá poco a poco involucrado en una truculenta trama que le conducirá a cuestionarse el sentido de la vida y de su propia existencia, que lo atrapará en una tupida tela de araña de la que ya nunca podrá escapar.

De esta forma, Max Renn se convierte en el primer esclavo, en la primera víctima de la imagen virtual (a pesar de que este concepto como tal todavía no existía), en un mártir, al fin y al cabo de su tiempo. Cronenberg nos describe minuciosamente las sucesivas transformaciones a las que se va sometiendo Max hasta alcanzar este estado superior de abstracción, y lo hace como si estuviera analizando pormenorizadamente los síntomas que acompañan a una peligrosa enfermedad contagiosa de origen vírico. Hasta alcanzar la metamorfosis absoluta, el ser entero ha de mutar, ya que toda transformación supone una degeneración de un tejido que da lugar a otro nuevo de carácter diferente. La carne de Max se convierte en un ente vivo con autonomía propia; de su estómago surge una hendidura ventral que se desgarra en forma de vagina que pide la penetración de todo material capaz de excitar su ser interno. La dependencia cada vez es más grande.

Cronenberg recrea alrededor de esta adicción un universo malsano, degenerado, sumamente erótico y perverso, en el que el voayerismo se convierte en una obsesión perversamente amoral, pues la enfermedad de la carne se encuentra íntimamente unida a la enfermedad de la psique, verdadera productora de los monstruos y deformidades que habitan el lado más tenebroso de la conciencia humana. Poco a poco esta conciencia se desgaja de la realidad, y por medio de alteraciones psíquicas, toma una independencia propia: un nuevo ser debe nacer, la "nueva carne" pide paso, la fusión del cuerpo con la materia inorgánica, la mezcla entre el cuerpo y la tecnología adquiere su verdadero sentido en este espacio alucinatorio. Por eso, el individuo tiene que desaparecer, ha de autodestruirse para dejar paso a esa nueva noción de sujeto como ente superior.De esta forma, la fascinación y la repulsión se unen a partes iguales en la contemplación de las subyugantes imágenes de conforman Videodrome.

Pero además de la tremenda fuerza plástica que albergan los fotogramas del film, tiene Videodrome el valor de poseer en el substrato de su más profunda significación, el poder de una incendiaria y corrosiva metáfora, aquélla que nos revela de qué forma las imágenes se ha convertido en material de comercio, cómo su sentido ha llegado a devenir en sinónimo de poder y de qué forma su premeditada manipulación puede llegar a trastocar todo el organigrama por el que estructuramos nuestra realidad. Pero quizás lo más siniestro de todo este conglomerado de implicaciones sea el descubrimiento de que hay alguien detrás que maneja los hilos, corporaciones sin escrúpulos (aquí caracterizadas a través de una especie de secta de fanáticos iluminados) que pretenden dominar la vida del ciudadano, misteriosas redes de poder que intentan extender sus tentáculos hasta los lugares más insospechados.

Detrás de esto, la fascinación por lo prohibido, la obsesión por traspasar las fronteras de lo conocido, la curiosidad por adentrarse en el peligro, de explorar los contornos del horror, del sadismo, de la perturbación mental.Es Videodrome un film inquietante, turbio, obsesivo y revelador, pues pone de manifiesto la deshumanización a la que se ha sometido el hombre dentro de una sociedad en avanzado estado de descomposición. Por eso, es ahora, más que nunca, cuando este postulado teórico se clarifica con todo su oscuro y perturbador poder revelador. La "nueva carne" ya es una evidencia en este nuestro enrarecido presente. La "nueva carne" ya es una evidencia en este nuestro enrarecido presente.

Por Beatriz Martínez
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