Crónica III, 27-28 de noviembre
Vamos con la crónica condensada de dos jornadas más (maratonianas, agotadoras) desde el Festival Internacional de cine de Gijón. El clima sigue revuelto en Asturias, aunque parece que el temporal de los últimos días va remitiendo, lo cual es una estupenda noticia dada la dispersión geográfica de los diferentes puntos álgidos del certamen. Eso sí, la temperatura es baja incluso en esta sala de prensa desde la que tecleo, con los dedos ligeramente agarrotados por el frío y el Windows XP haciéndome sus habituales faenas (gracias por todo, Bill, te queremos tío). En fin, son lances que forman parte del trabajo del cronista festivalero y así hay que asumirlos. Y, tras el pertinente pleonasmo para romper el hielo, comenzamos los comentarios.
Antes de reparar en la Sección Oficial me gustaría llamar la atención sobre un trabajo que, por su inmensa modestia y su nula intención de llamar la atención, corre el peligro de pasar completamente desapercibido, cuando se trata de una de las obras más fascinantes que han pasado por Gijón en los últimos años. Se trata del mediometraje Laï, co-dirigido por Nuria Aidelman y Gonzalo de Lucas, una apuesta decididamente minimal que retrata, entre otras cosas, el delicado proceso de restauración de unas obras pictóricas renacentistas entrelazándolo admirablemente con la voz en off que recita un poema medieval de Marie de France en lengua anglo-normanda, un idioma perdido. A través de una selección de planos despojados y de asociaciones de imágenes tan sencillas como profundamente reflexivas, los directores ofrecen una obra que llega a trascender lo cinematográfico para alcanzar la categoria de arte con mayúsculas. La sombra de títulos como El sol del membrillo o En construcción se hace notar en la elaboración del film, que ofrece constantes reflexiones sobre la recuperación de formas de arte y vida del pasado así como de su injerencia (o superviviencia) en el presente y que, en algunos instantes casi encamina al film a senderos cercanos a la ciencia ficción mediante planos tan sencillos como los que muestran la luna, el cielo prístino o el trabajo de los restauradores iluminando las pinturas (sería una ciencia ficción del presente, sin duda), y que incesantemente indagan sobre la lucha del ser humano contra los implacables efectos del paso del tiempo, del devenir de lo real, lo que conduce a la obra al terreno del romanticismo. Erice o Guerín no son los únicos nombres que pueden ser invocados mientras se asiste al visionado de Laï. Los planos que muestran el trabajo de rellenado, punto por punto, de las obras maltrechas o de la demolición de un muro por parte de unos albañiles tienen el mismo poder hipnótico de un film como Le trou, de Jacques Becker, mientras que el instante en el que un avión a reacción atraviesa el cielo marcando una estela parece remitirnos directamente al Kiarostami de El sabor de las cerezas... No están nada mal como puntos de referencia para un film sobre el que seguramente habrá que volver en un futuro no muy lejano, pues bien merece no caer en el pozo del olvido.
El realizador argentino Ezequiel Acuña presentó en Sección Oficial la película Como un avión estrellado, su último trabajo tras la que fue su primera película de larga duración, Nadar solo (2003). El film, escrito de nuevo por Alberto Rojas Apel y el propio Acuña, nos introduce en la vida de un adolescente un tanto pusilánime que convive con su hermano tras haber sufido un trágico acontecimiento familiar, al tiempo que intenta conservar sus pocas amistades y, también, conquistar el amor de la chica que le fascina. La narración combina momentos constumbristas, algunos levemente humorísticos, con secuencias musicales de carácter bucólico que se recrean en la belleza de la protagonista, interpretada por la actriz chilena Manuela Martelli. La película se desliza poco a poco hacia el drama, si bien muchos elementos se nos antojan excesivamente precocinados, muy "de diseño", si se me permite la expresión. De hecho, el vestuario que el actor Ignacio Rogers luce durante el metraje está inspirado, según palabras del director, en el usado por Jake Gyllenhaal para la película de Miguel Arteta Una buena chica, buscando intencionadamente un aspecto indie o post-grunge. Esta impostación estilística se extiende también a la propia planificación de Acuña, que no termina de encontrar ese carácter torturado y/o desgarrador al que aluden las recurrentes citas a la música de Jeff Buckley, músico prototipo del artista autodestructivo. Como prueba de ello tenemos el desafortunado plano imaginario que muestra a la pareja tras una secuencia que pedía a gritos poner punto y final al film, si es que lo que realmente se buscaba era convocar las emociones más íntimas del espectador. En el capítulo de cortometrajes presentados en Sección Ofcial nos encontramos con Pure youth, del griego Ektoras Lyghizos. Un inquietante montaje en paralelo alterna entre un simulacro de terremoto en una escuela primaria y un acto de celebración en el que se hacen referencia a combatientes desaparecidos. Cierta frialdad amenazadora recorre las imágenes, potenciada por el uso del sonido, recordando un poco al Michael Haneke más implacable (concretamente recuerda a su extraordinaria Código desconocido). El suicidio de la profesora del centro escolar añade un elemento críptico y desolador que pone broche final a una pieza extraña y francamente estimulante.
La Sección Oficial también albergó el pase, fuera de concurso, de la película norteamericana Keane, dirigida por Logde H. Kerrigan. Una propuesta financiada con el dinero del seguro perteneciente al anterior proyecto de Kerrigan, la inconclusa In God’s Hands, y rodada en Nueva York en ocho semanas. El film nos acerca a la frenética vida de un hombre apellidado Keane que deambula por la ciudad llevando una existencia caótica en la que se entremezclan acciones no relevantes por sí mismas, pequeños retazos de comunicación interpersonal así como furibundos ataques de nervios. Un film que parece seguir las pautas de trabajos como Rosetta, de los hermanos Dardenne, en cuanto opta por plantear un auténtico tour de force con el espectador, obligado a acompañar al protagonista en cada una de sus acciones, finalmente muy ambiguas, rotundamente opacas. La incapacidad de revelar (o construir) una identidad humana es reflejada en el film, que nos muestra los diferentes roles que el protagonista va desempeñando, desde el de convertirse en amigo desinteresado (aparentemente) de una desconocida hasta el de padre angustiado, pasando por el rol de consumidor de cocaína y follador de mujeres en los lavabos de una discoteca (una secuencia impresionante y seguramente muy difícil de rodar). Keane consigue de este modo introducir al espectador en la pura incertidumbre del caos, lo que inocula a su trabajo un toque de terror realmente agobiante. Las interpretaciones son soberbias, y sólo puede ponérsele el pero de la vuelta de tuerca final que intenta dotar de un sentido circular a un relato que hasta entonces vagaba sin rumbo ni dirección, como la vida misma.
Dentro de la retrospectiva dedicada a Claire Denis se han podido ver dos largometrajes diametralmente opuestos en sus propuestas, de modo que casi parecen ser obra de cineastas distintos. El primero, fechado en 1990, es S’en fout la mort, y narra las peripecias de una serie de personajes inmersos en el mundo de las peleas de gallos. Bajo esa premisa no demasiado estimulante (dichas peleas no son plato de mi gusto, como ustedes supondrán) se esconde una narración nítida, precisa, reconfortante e incisiva a un tiempo, con reflejos de un thriller sobre los bajos fondos bajo el que se esconden lacerantes historias personales nunca del todo explicadas, siempre sugeridas a través de pequeños chispazos en forma de diálogos o acciones. El film recuerda a películas como Desorden, el debut en el largo de Olivier Assayas, o a los trabajos de André Téchiné. Ambos compatriotas han utilizado esa misma estrategia de elaborar un relato engarzado en una cierta tradición dramática para dinamitarlo puntualmente con la explosión de historias entrecruzadas de personajes definidos con profundidad y respeto. El segundo largo de Denis que comentaremos es su obra más reputada últimamente, toda una revelación para algunos. Se trata de L'intrus, film fechado en 2004 y basado en un ensayo de Jean-Luc Nancy. Una historia construida prácticamente a base de secuencias que en cualquier otra película serían de transición, en las que la línea narrativa da vueltas y saltos dejando sin puntos de apoyo al espectador del film cada vez que la acción da un salto temporal o geográfico, lo cual sucede muy a menudo. Película sin explicaciones ni concesiones, inagura, según un sector de sus exégetas, una nueva forma de narrar, si bien no estoy totalmente de acuerdo con ello. Particularmente pienso que el film no construye nada nuevo, sino que su estrategia consiste en dinamitar por completo la narración normalizada del cine de consumo reduciéndola a un escaso puñado de pistas dispersas, lo cual contituye un ejercicio de riesgo sin precedentes (al menos no se me ocurre ninguno a bote pronto). Se trata de una obra pretenciosa, muy incómoda de seguir, desesperante incluso (aunque, como mi querida Mary Jane me comentó al finalizar la proyección, lo cierto es que sus 130 minutos de duración no se hacen largos), que tiene como elemento más interesante, al menos en un primer acercamiento, la plasmación de cierta idea de globalización que hace pensar en demonlover, si bien sus imágenes carecen de la elaboración formal y el poder de fascinación de la brillante película de Olivier Assayas. En todo caso convendrá hacer caso al compañero Álvaro Arroba y volver a verla, porque, efectivamente, un film de las especiales características de L'intrus reclama, al menos, tres o cuatro visionados...
Esto es todo por el momento. En la próxima entrega tendrán cumplida información (subjetiva, of course) sobre el encuentro con el homenajeado Todd Solondz y el estreno absoluto en España de su último trabajo, Palíndromos, así como de nuevos títulos a concurso y de algún que otro posible hallazgo. Hasta entonces pueden disfrutar del trabajo de mis compañeros de "Miradas de Cine", seguramente mucho más ameno y perspicaz que estas infernales columnas gijonesas.
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