Crónica VI, 1 de diciembre
Durante cualquier sesión de cine, y más si a uno le ha tocado acudir solo a la sala, se suelen escuchar multitud de comentarios por parte de las personas circundantes y, en muchas ocasiones, no queda más remedio que morderse la lengua para no intervenir en una conversación ajena. Los festivales de cine no son una excepción en este aspecto y, créanme, un día me gustaría escribir un libro recopilando las más alucinantes conversaciones que he tenido que oír a lo largo de mi vida como espectador en las salas de exhibición. La que a continuación les transcribo (aproximadamente), acaecida antes de visionar la película de Guy Maddin The Saddest Music in the World, no tiene desperdicio:
—¿Ah, pero la película ésta es subtitulada?
—Sí, las del Festival son todas subtituladas.
—¡Qué guay, voy a ver mi primera película subtitulada!... No, espera, no, no es la primera, que el otro día ví Spanglish, y era de las que hay que leer, pero estuvo bien, es muy buena...
En fin, juzguen ustedes mismos cómo anda el panorama, que a mí me da la risa. Tras el pertinente chiste introductorio vamos ya con el artículo (será mejor dejar el tema por el momento).
¿Recuerdan que en la anterior crónica les decía que Pavee Lackeen era la mejor película vista en la Sección Oficial del Festival? Pues no tengo más remedio de retirar lo dicho (aunque la película de Perry Ogden me sigue pareciendo magnífica) y redireccionar semejante halago hacia la última obra del cineasta austriaco Michael Glawogger, realizador que ya había visto pasar por Gijón hace dos años su aportación al film colectivo Zur Lage (State of the Nation) y que ahora regresa con Workingman’s Death. Planteada como una recopilación de cinco historias sobre la situación de los trabajadores de todo el planeta, recoge imágenes de los mineros que operan en lugares casi inaccesibles en Ucrania; los recolectores de azufre indonesos; los matarifes nigerianos que se dedican a desollar cabras, vacas y todo lo que pillen ("excepto carne humana", es su lema) para después asarlos arrojando los cadáveres de los animales a las llamas de una hoguera; los pakistaníes dedicados al desmontaje de inmensos barcos y, finalmente, de los métodos que la industria china está desarrollando para incorporarse a la economía global. El documento ofrecido por Glawogger es una rotunda obra cinematográfica repleta de espectaculares y durísimas imágenes que impresionan por su contenido así como por lo brillante (y arriesgado, incluso físicamente) de su construcción, y que no tienen nada que envidiar a las conseguidas por los films más físicos de Werner Herzog. Una potencia visual desbordante acompañada de un frío, tajante y demoledor discurso sobre el estado de las cosas en el mundo capitalista en el que vivimos, coronado con un epílogo emplazado en Alemania que pone una venenosa guinda al pastel, realmente uno de los platos más fuertes que hemos podido degustar últimamente en una pantalla de cine. Algo muy estimulante se cuece en el último cine que nos ha llegado desde Austria, aunque pocos le estén haciendo todo el caso que merecen trabajos de la categoría de Workingman’s Death.
También en Sección Oficial hemos podido ver la película presentada ya en Cannes por el poco prolífico director japonés Kohei Oguri, titulada The Buried Forest. Un relato aparentemente costumbrista sobre una plácida (así se empeña en mostrarla una y otra vez su realizador) población nipona en la que aparecen los vestigios del bosque enterrado al que alude el título. Mediante una puesta en escena agarrotada en su intento por imitar a algunos clásicos del cine oriental, Oguri firma un relato blando y complaciente en el que destaca muy negativamente la construcción de unas tipologías juveniles absolutamente inverosímiles en el Japón de 2005. Todo el mundo es risueño y tradicional, y las historias (imaginadas o mostradas) en la película son maravillosísimas y pretenden dar vida un mundo no contaminado por la actual hipertecnología e imponer la existencia de ese mundo ideal. Para entendernos, los adolescentes de The Buried Forest son lo más parecido a los sensibles y satinados protagonistas de la teleserie Dawson crece, y la descripción de la comunidad humana en la que se insertan recuerda al pueblecito de Lumberton ideado por David Lynch en Blue Velvet, pero, eso sí, sin escarbar nunca bajo esa apariencia tranquila para buscar lo que subyace, como hace el director norteamericano en su film. The Buried Forest, por si fuera poco, hace gala de varios elementos simbólicos fáciles que devienen cargantes cuando no directamente irritantes. Un acaramelado film de "buenos sentimientos" que terminó despertando, al menos en quien esto firma, sensaciones opuestas a las que pretendería generar. Junto a la película de Oguri se proyectó el cortometraje ruso Posle Pojdya (After the Rain), una práctica de fin de curso de su escuela cinematográfica filmada por Dusan Gligorov. Un hombre deambula por una carretera tras haber sufrido un accidente en el que ha muerto una chica con la que, al parecer, le unía algún tipo de relación sentimental. Un trabajo poco llamativo, apenas sin diálogos, que certifica la dificultad de algunos de los nuevos directores rusos de separarse de la alargada sombra de Andrei Tarkovski, la cual planea sobre diversos instantes del film.
Despedimos la conexión por el momento. Aún quedan algunos cartuchos que quemaremos en la próxima entrega. Estén atentos si desean más información y que les aturdan con expresiones imprecisas y pedantes. Hasta entonces podría ser una buena idea acercarse al cine y disfrutar (en versión original subtitulada, por favor) de The Wayward Cloud (El sabor de la sandía en España. Ya se sabe: Wayward = Sabor; Cloud = Sandía), la deslumbrante última joya del taiwanés Tsai-Ming Liang.
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