El tormento del pasado

Una de las grandes virtudes del hombre siempre ha sido reconocer sus propios errores e inclinarse ante ellos cuando es necesario. Han hecho falta cuatro semanas de autoconvencimiento y luchas interiores para que me acercara a ver la última película de Isabel Coixet. De hecho, si no fuera por la adjudicación de Miradas de Cine para escribir acerca de ella, seguiría sin ningunas ganas de verla. Y es que nunca lo he negado, tanto la figura como el comportamiento de su directora siempre me ha dado náuseas, acarreando inconsciente e injustamente un desprecio innecesario y totalmente infantil hacia su obra. Por suerte me equivoqué, y aunque mi opinión acerca de ella no haya cambiado, he de reconocer que la señora Coixet me ha dado una lección acerca de la universalidad y la capacidad de provocar emociones y sentimientos independientemente de aquello que esa persona te provoque a nivel personal.

A Isabel Coixet este año le tocó superar la misma prueba en la que se vio Fernando León cuando estrenó Princesas. Tras un anterior éxito masivo reconocido con multitud de premios y el apoyo incondicional de crítica y público ( Los lunes al sol en el caso de Aranoa) que fue Mi vida sin mí, Coixet lo tenía a priori difícil para superar la prueba de la gran lupa que la observaba con detenimiento esperando su último trabajo para aupar al o hundirla. De ella dependía. Por suerte Coixet no se dejó amilanar y poco a poco ha construido una película pequeña e intimista que ha dejado caer cual bomba atómica dejando un reguero de efectos secundarios a modo de sensaciones, pensamientos y reflexiones que te acompañan días después de su visionado. La cineasta ha construido una película difícilmente olvidable e imposiblemente indiferente que es ajena a cualquier tipo de frialdad, calando tan hondo como esa humedad que te penetra en los huesos y no te abandona. Esa humedad que se respira en la plataforma petrolífera. Esa humedad de la que están rebosantes sus personajes.

Ambientada en un lugar completamente aislado como es la citada plataforma, la localización sirve como trasunto perfecto del interior de sus protagonistas. Lugar perdido en medio del océano, golpeado por millones de olas que ejerce como limbo terrenal de dos seres torturados, dos muertos vivientes que en su condición opuesta se erigen en los polos opuestos que inexorablemente se atraen entre ellos.

Bajo la simple premisa de la enfermera que va a cuidar de un accidentado que sufre ceguera temporal y quemaduras graves, Coixet nos regala una película sobre el peso del pasado como esencia, pero más allá de eso, una obra con el silencio como germen y semilla, ofreciendo un producto que rezuma humanidad por todos y cada uno de sus poros a través de una historia intimista y muy bien desarrollada y escrita en un guión que ata fuertemente todos los cabos posibles, siendo la fuerte estructura perfectamente descrita un arma arrojadiza que sin duda se eleva como uno de los grades aciertos del largometraje.

Difícil es la tarea de canalizar muchas y diversas emociones a través de un género como el drama, pero la directora consigue sortear las trampas del género y del maniqueísmo fácil para lentamente y con paso firme ir trazando una historia real. Real en su sentido menos crítico, no esa realidad social que gente como Loach o Costa-Gavras han elegido como baluarte, sino la realidad como espejo del alma.

La fuerza de la película radica en la humanidad y verismo de sus dos protagonistas. Magistralmente interpretados por Sarah Polley y Tim Robbins, los dos actores consiguen una comunión total a través del silencio.

Personajes complejos y atormentados que se complementan a la perfección siendo cada uno el salvavidas del otro. Ella, una mujer que esconde un terrible pasado, áspera y tierna, arisca y deseable, dulce y fuerte, vive en el silencio de su sordera que le ayuda a aislarse del mundo cuando le conviene.

Él, intenta olvidar unos hechos de los que se arrepiente. Tierno y muy humano, habla como si sólo a través de sus ironías y chistes consiguiera no caer en la tormenta que se gesta en su interior.

Gracias a la unión de esos personajes, el espectador es testigo de la enorme carga del pasado en una persona y de cómo la soledad y la auto reclusión siempre sin buscarlo pueden albergar una luz, un atisbo de esperanza. Una esperanza que se gesta lentamente, sin prisa, de un modo real y sin forzarlo, dejando que sean ellos los que poco a poco y conscientemente se abran el uno al otro siendo lo que dicen lo menos importante construyendo así una tragedia donde dos personajes que han hecho del silencio un enorme diálogo, siendo uno que, ciego, lo adivina todo y otra que sin abrir la boca lo dice todo, sean capaces de comunicarse con tanta intensidad y humanidad que la mayoría de los seres humanos que hacemos una gala constante de nuestra incesante e innecesaria verborrea.

Filmada de un modo directo y sin concesiones, como debe ser, a Coixet se le nota su deje proveniente de la publicidad unido a ese toque moderno-indie que viene ejemplificado en la constante cámara en mano (no nerviosa) unido a un montaje seco de corte, directo, que funciona muchas veces aunque su abuso y la voluntad de descolocar al público con movimientos de cámara demasiados bruscos casi imposible de percibir lo que está dentro del cuadro, provoca la momentánea salida de tono y en muy pocas ocasiones gratuidad del efecto. Efecto que por suerte la directora consigue paliar con planos reposados y composiciones muy trabajadas, encerrando a los personajes tras armarios, rejas o simples haz de luz, del mismo modo que siguen encerrados en su interior.

Apoyada en una magnífica fotografía, fría y aséptica al principio cuando la acompañamos a ella, pero que evoluciona en su gama cromática a la par que la protagonista, la luz se adueña del cuadro para apoyar los sentimientos de Ana y Josef siendo las secuencias íntimas entre ellos se asemejan a verdaderas pinturas.

Poco se puede intentar decir acerca de películas tan íntimas como La vida secreta de las palabras ya que pertenece a esa categoría de películas que cada uno interpreta lo que quiere y ve lo que necesita, aquellas que cada uno las siente de una manera diferente, aquellas de las que es innecesario que te expliquen o escriban sobre ellas porque solamente uno sabe lo que significa o lo que quiere significar.

Ahí reside la grandeza de las películas que te hacen considerar la vida como un regalo. Gracias.

Por Emilio Mtez.-Borso
cartel

T.O.: The Secret Life of Words. España. 2005. Dirección y guión: Isabel Coixet. Producción: Esther García. Producción ejecutiva: Agustín Almodóvar y Jaume Roures. Fotografía: Jean Claude Larrieu. Montaje: Irene Blecua. Dirección artística: Pierre-François Limbosch. Vestuario: Tatiana Hernández. Drama: 122 min. Reparto: Sarah Polley (Hanna), Tim Robbins (Josef), Javier Cámara (Simon), Sverre Anker Ousdal (Dimitri), Eddie Marsan (Víctor), Steven Mackintosch (Dr. Sulitzer), Eddie Marsan (Victor), Julie Christie (Inge), Daniel Mays (Martin), Dean Lennox Kelly (Liam), Danny Cunningham (Scott).