El boulevar de los sueños rotos
Hay películas cuyo mayor logro cinematográfico consiste en crear, en delimitar un ambiente y trasmitir las esencias del mismo. Una canción del pasado es una de ellas.
El sur americano, Nueva Orleans; ese espacio desmitificado en tantas novelas, tierra de perdedores, de hombres y mujeres condenados al olvido, arrastrados por el fracaso de sus vidas a la marginalidad de un lugar apartado de la civilización, arraigado en las más profundas creencias ancestrales, tiznado de un leve romanticismo que convierte la suave magia de un atardecer en un poso de inevitable nostalgia. Un refugio para la soledad, un lugar donde ahogar las penas entre música y alcohol, donde el tiempo se detiene, las horas parecen interminables, y los días se suceden sin que exista una diferenciación específica entre ninguno de ellos.
Por eso, en Una canción del pasado se masca la quietud de la inactividad y se paladea el sabor añejo del bourbon, pero sobre todo, se destila la amarga sensación de que nos adentramos gracias ella en el territorio de la frustración, de los sueños rotos, de las vidas perdidas, desperdiciadas.
Una joven, Persley Hill (Scarlett Johanson), regresa a su pueblo natal tras la muerte de su madre. Muchas han sido las cuentas pendientes que le han quedado por resolver con su progenitora. Alejadas la una de la otra durante años, su relación era prácticamente inexistente. Sin padre conocido y sin lazos afectivos que suavizaran su carácter, Persley ha tenido que hacerse a sí misma a base de trabajo; un trabajo que ha endurecido su mirada, volviéndola escéptica mucho antes de cumplir los dieciocho años que tiene en el momento en que nos adentramos en su vida, en su historia.
Para ella, la vuelta a Nueva Orleans supone una enfrentamiento directo con su pasado, con aquella parte oscura y desconocida de su existencia con la que todavía no se ha reconciliado. Se trata de un viaje de vuelta a sus orígenes, de reencuentro con sus miedos, con aquellas preguntas sin respuesta que han conformado su pequeño imaginario repleto de sueños difuminados, de anhelos imprecisos, de esperanzas; y la esperanza de construir un futuro mejor en un proceso que inevitablemente ha de pasar por la recuperación de la memoria perdida, por su entendimiento y su dignificación.
Pero cuando Persley llega al hogar materno para hacer las paces consigo misma (o al menos en ese momento, para no cargar con el remordimiento de conciencia de haber escapado cobardemente de los lazos que le unían a su familia), se encuentra un panorama bastante distinto al que esperaba. En su casa se hallan instalados dos hombres, amigos de su madre, con los que tendrá que compartir espacio vital durante los días que dure su estancia. Dos seres desterrados del mundo, inadaptados sociales que tuvieron que buscar refugio en medio de ninguna parte, en la bebida y en su propio dolor, debido a unos acontecimientos pretéritos que marcaron sus vidas y los condenaron a la penitencia del olvido.
Lo cierto es que por ambas partes, el pasado se revelará como un elemento primordial a la hora de establecer las coordenadas en las relaciones que mantendrán los protagonistas entre sí. El eje de la narración se configura alrededor de la confrontación de caracteres que generan las indómitas personalidades de este atípico triangulo en el que se desatará el más diverso abanico de sentimientos: amor, deseo, amistad, compañerismo, celos, resentimiento, respeto... todo ello recubierto por el manto de las citas literarias, los reproches, las confesiones, las decepciones, los secretos susurrados a media voz o simplemente sugeridos mediante un cruce de miradas.
La directora Shainee Gabel aborda el relato desde la honestidad y el respeto hacia sus personajes, creando un espacio cotidiano en el que insertar su día a día, de manera que vamos apreciando la evolución a la que deriva su difícil convivencia. Así, el tejido argumental se compone de esos pequeños roces, de las fricciones que provoca su coexistencia, pero también de aquellas cosas que unos van aprendiendo de los otros. Al fin y al cabo se trata de un relato abierto a la esperanza, en el que los protagonistas encuentran consuelo en sus propias miserias, y en el que parece evitarse un excesivo regodeo en la decadencia crepuscular al que parecen estar abocados sus destinos.
Quizás por eso, el film, titulado originariamente A Love Song for Bobby Long, trata de trazar un retrato a modo de homenaje alrededor de la figura de este perdedor (interpretado con eficacia por John Travolta) cuya sabiduría intelectual no ha evitado que intentara terminar sus días lamentándose de sus errores, víctima de una premeditada autodestrucción. Su camino de redención, de cura de los errores que lo condujeron al enclaustramiento, vendrá por parte de Persley.
Ella logra insuflar aliento a las acabadas vidas de Bobby Long y el joven Lawson Pines (Gabriel Macht). Los rescata de su desidia al mismo tiempo que ellos le aportan la inquietud por el conocimiento, la apertura a una vida más plena a través del estudio y la lectura. En definitiva, todos ganan.
Quizás este sea el aspecto más discutible del film, la forma en la que la narración intenta construirse, ya en su último tercio final, intentando dotar de un sentido preciso a alguna de las incógnitas que pululan en el ambiente. Esto repercute en la credibilidad de una cinta a la que le cuesta asumir el tono con el que encarar muchas de sus acciones. Su carácter literario interfiere por ejemplo en la falta de fluidez con la que se desarrollan algunos diálogos cruciales que dan sentido dramático a la historia. En algunas ocasiones encontramos ciertas situaciones que devienen rotundamente forzadas (como el acto de confesión de la identidad del padre de Persley), por lo que carecen de la emotividad necesaria como para resultar convincentes, verdaderas, y se muestran ineficaces a la hora de crear un auténtico clímax. Esto repercute en la linealidad en el tono de la propuesta. Nada desentona de una manera desmedida, pero tampoco podemos aferrarnos a ningún elemento que nos haga producir en nuestro interior emociones verdaderas. Además existe una confrontación radical entre la facilidad, concisión y desenvoltura con la que se describe el paisaje externo (es decir todo el andamiaje utilizado para crear atmósfera a través de las características intrínsecas del lugar en el que se ubica la trama, Nueva Orleans: su climatología extrema, la forma de ser de las gentes que la habitan, el contraste de razas y etnias, su cultura, su música, sus costumbres...), abordado desde un punto de vista casi antropológico, esbozado con minuciosidad de detalles (seguramente un estilo heredado del pasado documentalista de la realizadora), y la teatralidad en ocasiones poco engrasada, mecánica, con la que se detalla el paisaje interno, aquél que tiene que ver con los personajes y sus interacciones en la pantalla. Este contraste entre los dos planos del entramado constitutivo, repercute en el resultado final de la cinta, quedando ésta a medio camino de sus intenciones.
Shainee Gabel acierta por ejemplo en la modulación del ritmo narrativo, acorde al tempo lento, moroso en el que transcurren los acontecimientos, como si se encontrara lastrado por el aletargamiento o la monótona calidez que nos embarga minutos antes de sucumbir al sueño durante la siesta, esas fracciones de segundo en el que nuestra mente se evade de la realidad e imagina, sueña despierta con las ilusiones que llevamos en nuestro interior. Y eso es precisamente lo que hacen Bobby Long, Lawson Pines y Perlsley Hill, esos tres individuos anónimos que cargan con el peso de sus respectivas historias a los hombros y se limitan a fantasear con la posibilidad de alcanzar una vida mejor.
Probablemente no sean más que éstas las pretensiones de un film que demuestra su humildad en todo momento, y del que no es posible esbozar más reproches que su, seguramente, escasa amplitud de horizontes trascendentes dentro del imaginario cinematográfico colectivo. |
| USA , 2004. Título original: A love song for Bobby Long. Directora: Shainee Gabel. Productores: Shainee Gabel, David Lancaster, R. Paul Millar y Bob Yari. Guión: Shainee Gabel según la novela de Ronald Everett Capps. Música: Edgard Percy y Lee Percy. Diseño de producción: Sharon Lomofsky. Intérpretes: John Travolta (Bobby Long), Scarlett Johanson (Pursy Hill), Gabriel Macht (Lawson Pines), Deborah Kara Unger (Georgianna), Dave Rhodes (Cecil), David Jensen (Junior), Calyne Crawford (Lee). |
|