Descomponiendo la realidad
Desde siempre en el cine de David Cronenberg ha existido una irremediable fascinación por el elemento malsano y enfermizo. Por eso, cuando nos acercamos a uno de sus films, sabemos que estamos a punto de iniciar un viaje al interior de la sustancia más oculta y recóndita que se esconde en el ser humano, sea del cariz que sea, y de adentrarnos en un territorio impreciso donde late la desazón, donde se condensan los efluvios que proceden de la descomposición/degeneración tanto del cuerpo (la carne) en su materialización física a través de la enfermedad y la formación de pústulas, heridas, malformaciones genéticas... como de la mente (la psique) a través de la locura o la paranoia, al fin y al cabo los monstruos que puede llegar a generar todo ser humano.
Cronenberg siempre ha considerado al hombre como a un objeto sobre el que aplicar sus herramientas diseccionadoras para llegar a desentrañar la esencia que subyace en su ser más recóndito. Los cuerpos se convierten así en objetos de estudio, pues en ellos se pueden hallar infinidad de misterios, de anomalías, deformidades, vicios que son necesariamente extirpables. Los miedos, las inseguridades, las obsesiones, los traumas, las alucinaciones del ser humano son los materiales con los que el director construye sus obsesivos films, siempre al borde del delirio o la fascinación hipnótica.
De esta forma, podríamos considerar las películas de Cronenberg como formadas por una fina membrana a modo de piel viscosa y transparente, como si de una placenta embrionaria se tratara, que recubriría un mecanismo complejo, en el que latirían todas aquellas circunstancias y deformidades que rodean los oscuros recovecos de la mente del hombre. Y la violencia es una de esas partes inherentes a la sustancia del individuo, una especie de cáncer con el que todos convivimos y que se encuentra ahí agazapado como una especie parasitaria que cursa un proceso asintomático, pero que está esperando las condiciones adecuadas para producir una reacción en cadena y explotar generando un estallido inesperado. En mayor o menor medida todos cohabitamos con esa larva que desarrolla la agresividad, sólo que su presencia es en unas personas más visibles que en otras, dependiendo del ambiente, la coyuntura, las necesidades o simplemente la querencia o fascinación personal.
En Una historia de violencia, David Cronenberg se zambulle en el análisis de ese mal desde una perspectiva poliédrica, retratando todas las aristas, todas las implicaciones que se pueden sustraer de esta derivación del lado más tenebroso, de los fantasmas que pueblan nuestra conciencia, y siempre desde la rigidez, la frialdad de un cirujano que intenta extraer de la imagen cinematográfica toda su sustancia significativa.
Quizás, toda esa esencia ya aparezca representada en la secuencia que da inicio al film: dos hombres acaban de salir de un establecimiento y la situación parece totalmente normal; pero en el momento que uno de ellos decide volver para coger algo que se le había olvidado, comprobamos que en el interior han cometido una masacre, asesinando a todos los miembros que allí había. La violencia ya se encuentra representada en todo su esplendor en este excepcional arranque, siendo plasmada por Cronenberg desde una contundencia seca y distante, como si lo que estuviéramos viendo fuera mostrado por el director desde fuera, sin implicarse en ningún momento en la atrocidad que se ha desarrollado.
Tras estos tensos minutos de brutalidad, nos situamos en una anodina población de la América profunda. La presentación de personajes no puede resultar más estandarizada de lo que supone la típica imagen de una familia feliz y bien avenida (formada por un matrimonio y sus dos hijos) en la que fluye la armonía y la paz. Pero pronto adivinamos que algo turbio está a punto de romper la falsa cordialidad que destila la pantalla. Existe en la cadencia secuencial una inquietud imperceptible que se cuela por los resquicios de una narración que supura incomodidad por su falsa quietud. El recuerdo de la primera escena sigue presente en nuestra memoria, e intuimos que en cualquier momento ese clima relajado y tranquilo puede descomponerse.
En realidad Una historia de violencia puede considerarse como un relato con un doble recorrido cinético que nos lleva desde la oscuridad hasta la luz (aunque pueda parecer lo contrario), y que está compuesto por un tejido formado por múltiples capas concéntricas que, a modo de máscaras, han de caer si queremos vislumbrar la verdad que anida en el comportamiento de los personajes.
Tom (Viggo Mortensen) y su mujer Edie (Maria Bello) regentan un modesto establecimiento en el que se reúnen prácticamente todos los integrantes del pueblo para charlar y tomar café con un poco de tarta. Su unión matrimonial simboliza las bondades sobre las que se halla establecido "el sueño americano", sin embargo, a partir de un hecho fortuito en el que se desencadena la violencia, asistiremos atónitos a la desintegración de todas las estructuras sobre las que se había cimentado una realidad basada en la mentira, falsa e inexistente. Esa pequeña chispa será la generadora de toda una serie de acontecimientos que se desarrollarán de manera imparable, como si su mecanismo funcionara de acuerdo a un engrasado aparato a modo de bomba de relojería
El primero de ellos supone la transformación de Tom en un ídolo local después de haber conseguido evitar que sus compañeros murieran a manos de los asesinos que pudimos ver al principio del film. Cronenberg realiza un virtuoso ejercicio de estilización visual a través de los recursos de la imagen que posee a su alcance, de forma especialmente evidente en la coreografía de acciones a través de un montaje sincopado y preciso en la vibrante secuencia en la que se materializa la primera puesta en escena explícita de la violencia en la pantalla. Tras este magnífico segmento narrativo, Cronenberg reflexiona en trono a la naturaleza de lo que consideramos un "héroe" en nuestra sociedad actual, de la forma en la que aupamos, ensalzamos a determinadas figuras porque consideramos que sus hazañas se encuentran por encima de las del resto de los mortales, sin importar cuál es su catadura moral o las verdaderas inclinaciones que lo han conducido a cometer un determinado acto de valentía. En este caso se trata de un mero instinto de supervivencia, de un reflejo instalado en la memoria del protagonista que se activa cuando se encuentra acorralado. Además será un resquicio, una puerta de acceso por la que podremos acceder a un pasado que había querido ser enterrado para siempre, y que a partir de ese instante aflorará para pedirle cuentas y desmantelar su presente.
Pero quizás, lo más significativo de todo este proceso será el conocimiento que paulatinamente iremos teniendo del personaje de Tom y que nos llevará a descubrir su cara más oculta, a inmiscuirnos en secretos que habían permanecido enterrados durante años para así intentar acceder a su verdadera identidad, sin la pátina de camuflaje a la que la había sometido durante años.
Si resulta de lo más interesante asistir al proceso de exorcización de los demonios de Tom mediante la paulatino comprensión de su siniestra personalidad, no lo es menos poder contemplar de primera mano los efectos que estas cuestiones provocan en los respectivos miembros del núcleo familiar. Pronto, la desconfianza, el temor y la crispación se van apoderando de Edi (quien se da cuenta de que su vida se ha basado únicamente en una mentira) y de su hijo (quien se convierte en el receptor natural de toda la carga destructiva que genera la violencia que comienza a percibir en su entorno).En consecuencia, todos se ven contagiados por esa descarga de agresividad con la que da inicio la narración.
Cronenberg dibuja un paisaje moral en el que se difuminan las fronteras entre el bien y el mal, pues esta base ya se percibe en la propia dualidad de la naturaleza humana, generado un complejo y rico universo en el que se pone de manifiesto lo precario de la confrontación entre el hombre y la sociedad en la que vive.
Poco a poco, a medida que nos adentramos en la resolución de los enigmas y realizamos un viaje al pretérito del protagonista, la secuencia se vuelve cada vez más oscura y tétrica, y la tensión ambiental va subiendo de elevación a través de una configuración en la puesta en escena analítica, de textura casi clínica. Pero encontramos más que nunca a un David Cronenberg comedido, sobrio, que intenta evitar caer en la sordidez evidente para concentrarse en la construcción de una atmósfera irrespirable en la que late al mismo tiempo el odio, la desesperación y sobre todo el dolor.
Porque dolorosa es la verdad que encierra Una historia de violencia, porque radiografía la ambigüedad que se esconde en el seno de las sociedades modernas construidas alrededor de engaños y manipulaciones que nos ocultan la verdad de los acontecimientos, la hipocresía a la hora de intentar enmascarar la mentira que se esconde tras la constitución del "sueño americano", y sobre todo porque nos proporciona una aguda metáfora acerca del mundo en el que vivimos. Sólo algunas veces, el cine se acerca a la verdad del misterio de la existencia, cuando es capaz de clarificar algunas zonas oscuras de nuestro conocimiento y nos enseña a tender puentes de enlace entre nuestro ser y el resto del mundo. Cuando esto ocurre nos encontramos en el territorio del milagro cinematográfico. Por eso, Una historia de violencia está irremediablemente en esa esfera. Basta con ver la forma en la que se cierra el film, silenciosa, en la que no median las palabras pero sí guardan un profundo sentido las miradas, para darnos cuenta de que Cronenberg ha alcanzado la maestría de los grandes autores del cine contemporáneo, pues además de conjugar a la perfección el virtuosismo en la técnica formal y narrativa, es capaz de lo más importante, es decir, dotar de verdadero sentido a aquello que cuentan por medio unos personajes reales, dotados de una aplastante humanidad y sentimiento.
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