Metamorfosis en libélula
No es M.Butterfly, ni mucho menos, el David Cronenberg que más me interesa. Eso no significa ni que sea un film genuino de un autor reconocido como es el canadiense, ni que no entienda las motivaciones del realizador de Una historia de violencia (A History of Violence, 2005) a la hora de llevar a la pantalla la obra de teatro homónima que, como indica en el film, está basada en hechos reales. Aunque en la ficción Cronenberg y David Henry Hwang, autor del guión basado en su propia obra, extremen el relato hacia un desenlace mucho más dramático —y brillante— que el real, los logros de la cinta dan la razón a los autores, pues es en ese magnífico final es donde se hayan todas las razones para contemplar y disfrutar la cinta. Me ordeno: en la vida real, mucho menos interesante que el mundo de ficción, el diplomático francés Bernard Boursicot (en la ficción René Gallimard/Jeremy Irons) acaba sus días en la cárcel —tras haber mostrado en su comportamiento una homosexualidad reprimida—, mientras que Gallimard acaba su representación tras la metamorfosis final que le lleva a convertirse en la verdadera Madame Butterfly, para posteriormente segmentarse la femoral con un cristal y morir desangrado en el escenario carcelario. La pasión sexual de Gallimard frente a Song (interpretado por John Lone, actor de renombre en los ochenta tras interpretar a Pu Yi en El último emperador / The Last Emperor, 1987, Bernardo Bertolucci; y participar en cult movies de la brillantez de Manhattan Sur / Year of the dragon, 1985, Michael Cimino y The moderns, 1988, Alan Rudolph) va más allá de la sexualidad orgánica. Aunque éste sea un tema obsesivo en los films de Cronenberg, M.Butterfly es una historia de pasión levantada sobre una excelente representación, un engaño perfecto que en manos de David Cronenberg es retratado como una metamorfosis vital: Gallimard pasa de ser un burócrata tan desagradable como seductor a una mosca devorada por una araña envuelta en seda.
Es ese camino que lleva a Gallimard a su autodestrucción el que interesa a Cronenberg. No funciona ni el poco sutil entramado político ni el demasiado obvio diálogo entre arte (en este caso la ópera) y la realidad. Pero sí funciona la cara de Jeremy Irons cuando, en mitad de su procesamiento como espía del gobierno chino, descubre que Song es un hombre. Es en esos últimos quince minutos cuando realmente M.Butterfly adquiere la tragedia operística necesaria para un film que busca el lirismo sin encontrarlo. El encuentro de Gallimard y Song en el furgón policial, donde Song expone que detrás de todas sus máscaras se halla un amor real tras el diplomático y donde Gallimard certifica físicamente su absoluto equívoco, confirma la absoluta genialidad de Cronenberg. El discurso emerge por primera vez con claridad: la sexualidad es una creación de la mente, el ser humano es un animal a la caza de un final apriorístico. No hay más realidad que la que nosotros configuramos en nuestra mente, no hay más moral que la que nosotros pactamos con nuestra conciencia. Es en ese furgón donde a Gallimard se le resquebraja la realidad pactada durante toda una vida. Es el fin. Tras ese furgón sólo puede quedar una última representación: la puesta en escena a modo de corolario de su metamorfosis, coronada por su brutal suicido, mientras en un montaje paralelo observamos con absoluta frialdad cómo Song regresa exiliado a su país.
Como siempre en Cronenberg existen muchos subtextos tras las imágenes, pero en esta ocasión éstos no fructifican como debieran. La identidad cultural, la realidad política, la evolución de Gallimard fuera de su relación con Song, el diálogo entre la ópera Madame Butterfly y la ficción representada... todos subyacen como apuntes fallidos, justo lo contrario que en su film precedente (El almuerzo desnudo / Naked lunch, 1991) y su film posterior (Crash / 1996). M.Butterfly fue recibida con mucha frialdad en el momento de su estreno y además hubo de superar las absurdas comparaciones con Juego de lágrimas (The Crying Game, 1992) de Neil Jordan. Cuando Cronenberg le mostró el film a Bernard Boursicot, éste le dijo que había sabido reflejar a la perfección la pasión, la fascinación por China y por sus costumbres. Al final, realidad y ficción se dieron la mano.
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