El zumbido de Cronenberg
En 1958, un semidesconocido Kurt Neumann, estrenaba The fly. Se trataba de un producto de cine de terror y ciencia-ficción que, con el paso de los años, ha acabado por convertirse en todo un clásico del género. La historia, basada en un relato corto de George Langelaan, originariamente publicado en la revista Playboy, nos mostraba a un científico que experimentaba con una máquina que podía desintegrar a las personas y transportarlas a otro lugar. Al realizar una prueba, una mosca se colaba en la cápsula y, en el proceso, la persona y el insecto acababan fundiéndose en un único ser.
Bastantes años más tarde, concretamente en 1984, el guionista Charles Edward Pogue convenció al productor Stuart Cornfeld de la oportunidad de recoger la historia de Langelaan para realizar una nueva película. La productora para la que trabajaba era la Brooksfilm, presidida por el director y actor Mel Brooks que ya había financiado una de las obras cumbres de la cinematografía contemporánea, El hombre elefante (The elephant man, David Lynch, 1980). En un principio, el encargado para realizar este remake era Robert Bierman, quien llegó a trabajar en la preproducción de La mosca hasta que una tragedia personal le obligó a abandonarla. Cuatro meses después de la renuncia, David Cronenberg entró en el proyecto.
La versión de Cronenberg se desprende de la moralina del filme de Neumann. A éste le interesaba más la transformación ética y moral del protagonista que la estrictamente física. En los años 50, el científico loco era una consecuencia directa de la Guerra Fría que llenaba las películas del género de la ciencia-ficción de catástrofes naturales y mutaciones. Sin embargo, aquí ya no se condena moralmente al científico ambicioso —aunque también se le pueda ver como un elemento peligroso para el resto de la sociedad— que, de algún modo, rompe con las leyes de la moral y juega a ser Dios. Además, Cronenberg está interesado en lo corpóreo, en el aspecto físico, en la alteración y la transformación de la carne. De hecho, una diferencia importante entre las dos películas radica en que el cambio de hombre a mosca, Cronenberg lo diseña, y nosotros lo presenciamos, de manera gradual. Si en la versión de Neumann, el protagonista iba con la cabeza cubierta, sugiriendo los efectos del accidente, y el terrible secreto tardaba un buen rato en desvelarse; en la de Cronenberg, se elude el enigma para centrarse en la enfermedad y en su proceso. Al principio, se sugiere con gestos —cazar una mosca el vuelo—, luego por una nueva voracidad no conocida por el propio científico (alimenticia y sexual) y, finalmente, la metamorfosis se muestra de manera explícita y gradual. A pesar de la espectacularidad de los efectos especiales, David Cronenberg huye, en todo momento, de un tratamiento tremendista y gratuito de las situaciones más violentas y escabrosas. La gran apuesta que hizo por el talentoso maquillador Chris Walas —que más tarde dirigiría The fly II— logró que éste consiguiera reflejar la idea de que el protagonista se está transformando en un ser completamente distinto, ni humano ni mosca, alejando a La mosca de cualquier aliento de producción gore.
En el remake, la acción descansa en un triángulo protagonista, sobre tres personajes que vertebran toda la trama de la película. Por un lado, tenemos al científico Seth Brundle (Jeff Goldblum); por otro, a su pareja, Veronica (Geena Davis), periodista que al comienzo de la película únicamente busca una exclusiva con la que medrar en su profesión y que termina manteniendo un romance con el investigador; y, por último, a la antigua pareja de la chica, Stathis Borans (John Getz), jefe de Veronica, hombre sin escrúpulos en su actividad laboral y en su vida privada. Resulta evidente, sin necesidad de ofrecer más datos de la sinopsis, que las pasiones, básicamente bajas, son un elemento catalizador en la relación de este triangulo protagonista y uno de los puntos que apuntalan el argumento de La mosca y que más interesan al director canadiense. Sexo y muerte van unidos de la mano es los filmes de David Cronenberg. A propósito de esto, Cronenberg señalaba que cualquier historia de amor duradera tiene que acabar así –no entramos en cómo, aunque es de suponer que casi todo el mundo conocerá el final de la película-, si bien sólo sea porque una de las partes enferma o muere antes que la otra. En este sentido, el monstruo creado por Cronenberg no sólo da miedo sino que también es objeto de compasión.
En la segunda mitad de la década de los ochenta, fueron muchos los críticos que vieron en la filmografía de aquellos tiempos alusiones al entonces muy vigente tema del SIDA. Si en algunos casos la evidencia era demasiado clara como para obviarla, en otros, como en el caso que nos ocupa se procedió a articular un discurso que erraba al cien por cien la perspectiva con la que se debían estudiar los textos cinematográficos y nos ofrecía una imagen totalmente desvirtuada y deformada del objeto de estudio. Mucho se habló y se escribió, en su tiempo, acerca de que David Cronenberg fundamentó su película en dos cuestiones muy debatidas –en su momento y ahora, casi veinte años después-: la experimentación genética y las consecuencias del SIDA. Ya se ha sugerido antes, pero el verdadero tema central de la película es la enfermedad y la muerte. Afinando un poco más, podemos decir que a través buena parte de la obra de David Cronenberg se encuentra el tema de la transformación, entendida no sólo en un plano físico sino mental y espiritual. Como bien señalaba él mismo, «el problema es saber si la enfermedad es realmente una criatura disminuida, una criatura enferma, o si es al contrario una criatura reforzada, o además si es otra criatura. La enfermedad indica habitualmente la presencia de otra forma de vida. No siempre, pero a menudo. La buena salud de otra forma de vida nos provoca la enfermedad. Es un arreglo extraño»(1).
Aunque actualmente David Cronenberg parece estar cada vez más alejado del cine fantástico, La mosca es un ejemplo incuestionable de las facultades y la inteligencia con las que el director de Una historia de violencia se mueve al realizar películas desde una perspectiva personal, aunque integrado en el seno la industria. Las ráfagas de humor que recorren el relato y las referencias a las constantes del género actúan como sedante, y permiten una cierta distanciación del espectador de un producto más repulsivo de lo que parece. Cronenberg es un maestro en la recreación de ambientes y atmósferas enrarecidas y malsanas a pesar de que el aspecto aséptico de su puesta en escena parezca querer desmentirlo. Y es que camuflado en el ruido de la normalidad se puede esconder el zumbido de lo siniestro.
(1) David Cronenberg, de Jorge Gorostiza y Ana Pérez. Pág. 108. Editorial Cátedra. Colección Signo e Imagen / Cineastas.
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