12º Festival de Cine Independiente de Barcelona
Sección Oficial
El XII Festival de Cinema Independent-L’Alternativa presentaba este año una de las selecciones más agresivas vistas por este cronista en los últimos años. El festival, que año tras año, va ganando en credibilidad y popularidad —con la excepción de la selección de los jurados, donde este año estaba... yo mismo—, arriesgó al máximo al realizar la selección de largometrajes presentes en la sección oficial, donde únicamente se presentaba un film más acomodaticio: Los suicidas de Juan Villegas, el resto eran propuestas más o menos salvajes y de muy diverso funcionamiento. El film de Villegas, presente en la pasada Zabaltegi del último Festival de San Sebastián, es un brillante relato, a modo de diario personal, que el realizador vehicula a través de su protagonista, un hombre marcado e interesado por los suicidas, al que una investigación al respecto le lleva a encontrarse directamente con su objeto de análisis. Film negro pero melódicamente cómico funciona en cualquiera de sus vertientes argumentales, el equilibrio de los tonos lo convierte en una obra accesible, medianamente simpática, con la única pega que su motivo dramático queda en anécdota narrativa, no se llega nunca a ninguna conclusión y las respuestas, si las hay, vienen impuestas desde el exterior, que funcionen o no depende mucho de cada espectador.
Mucho más errática pero a la vez mucho más sugerente es La sagrada familia del realizador chileno Sebastián Campos. Crónica de una zona residencial, vecina de una playa catártica, de una familia acomodada, Campos plantea su médula dramática como Pasolini haría en Teorema o Chabrol en La ceremonia... aunque con muy distinto resultado. La presencia de una joven liberal en el interior de una familia clásica, le lleva a ésta a desorientar el rumbo de sus vidas con consecuencias desequilibradas, mientras que el desarrollo es sumamente interesante al contemplar cómo se destripan las convenciones morales de los protagonistas, al clímax de la historia le falta algo de fuerza, al decantarse por un final más convencional. Filmada con una mareante cámara en mano que funciona según la secuencia narrada, la película tiene sus puntos álgidos en la sensación de pánico que se desprende al retratar fielmente el descontrol, una manera de aproximarse al caos. La película ganó el premio Casablanca-Kaplan que consiste en el estreno en Barcelona en el cine homónimo.
La ganadora de la sección oficial fue el film turco Melegin Düçuçu (La caída del ángel) una magnífica película del desconocido realizador Semih Kaplanoglu que se pudo ver en el último Festival de Berlín. El film posee una filosofía parecida a la del magnífico film Uzak de Nuri Bilge Ceylan, que como Kaplanoglu, son dignos herederos de las formulaciones plásticas del Andrei Tarkovski más comedido (si es que existe tal Tarkovski). Melegin Düçuçu destaca por muy diversas maneras —interés dramático, brillante puesta en escena, alucinante rigor en el ritmo narrativo...—, pero todas se acaban resumiendo en una: el magnífico equilibro forma-contenido. Kaplanoglu dibuja una obra matemática, de un ritmo lento, casi asfixiante, deja absoluta libertad al espectador para ir construyendo el drama que hay tras las imágenes. Film de cámara, inteligente, sutil y con un final devastador, es el digno ganador del certamen.
El film argentino Como pasan las horas persigue una similar filosofía al de Kaplanoglu, aunque con muy distinto resultado. Película estática, que conjuga brillantemente diversos formatos, y de ritmo exasperante, plantea una doble vía narrativa que juega con el tiempo y con los sentimientos, aunque todo ello, prestado al libre albedrío al espectador, observador de imágenes en (escaso) movimiento que ha de hacerse suyo el discurso esquinado y opaco que crea la obra. No estamos tan lejos de la brutal Gerry de Gus Van Sant, sólo que en esta ocasión nos movemos en terrenos de la realidad y las dos vías narrativas andan fuertemente descompensadas. Tras un arranque genial —atención a la desasosegante conversación rodada sin cortes entre los protagonistas—, el film va perdiendo fuerza a medida que las escenas van agotando al espectador, sin embargo, es en los últimos minutos de la película, donde ésta adquiere de nuevo una fuerza inusitada: un trágico final descubre la obra como un film terrorífico, un retrato fotográfico de lo nimio de la existencia humana.
El film canadiense Fugue del realizador Hakah Sahin fue de largo el film más inquietante de la sección oficial. Película de fantasmas en un terreno onírico —un pueblo perdido enterrado en la nieve—, el film retrata con inteligencia los límites de la miseria humana, tanto orgánica como mental, a la vez que crea una atmósfera mitad de sueño, mitad de pesadilla. Un fantástico protagonista, un atolondrado trabajador de una petrolífera, se mueve por los fotogramas en busca de una especie de felicidad, de ese tipo que se puede encontrar en el culo de un vaso o en una canción de una cassette. El film se vuelve letárgico y monótono, y en ocasiones, Sahin, no logra acabar de tejer correctamente atmósfera, relato y ritmo. Sin embargo los puntos álgidos de la cinta poseen suficiente fuerza como para sostener toda la película. En especial la última secuencia, que a buen seguro hubiera disfrutado alguien como David Lynch: en mitad del bosque nevado, el protagonista encuentra una casucha habilitada para dar refugio al perdido. En ese diálogo final entre invitado y anfitrión el film cobra todo su sentido, la felicidad a veces está en un abrazo y a veces no está en ninguna parte.
Antes dije que Fugue se llevaba el premio a la inquietud del certamen. Esto no hubiera sido así si el film peruano Detrás del mar del realizador Raúl del Busto hubiera funcionado en algún momento de su inacabable metraje de ochenta minutos. Película absurda, que pretende ser godardiana y acaba siendo un monumento a la nada, no funciona ni como un chupito del tedio. Planos fijos retratando una cotidianidad nerviosa, como fumar sin parar o bañarse en una piscina, tras los que se halla un hecho dramático nunca esclarecido; nunca consiguen interesar al espectador en ninguno de los niveles de los que se compone la estética cinematográfica. Puede ser curioso como ejercicio de estilo, sí, pero mucho mejor como cortometraje.
Alejandro G. Calvo
Secciones paralelas
Este año con L’alternativa jugábamos en casa. Más que nunca. ¿Y eso per qua? Les cuento: resulta que la organización (hasta ahora –creía yo—, seria y ponderada) decidió que nuestro ilustre jefe (sí, ese que firma los párrafos de ahí arriba) formase parte del jurado encargado de dirimir la... cómo llamarla... la película menos horrenda de la Sección Oficial. Ni que decir tiene que esta afortunada circunstancia fue muy agradecida por este redactor carpetovetónico, escarmentado en años anteriores del tipo de celuloide proyectado en la esforzada y tortuosa Sección Oficial.
Así pues, libre de compromisos post-modernos y fiel a mi condición reaccionaria, pude tirar por el camino de baldosas amarillas: las agradecidas secciones paralelas, bastante suculentas en este festival. La obra completa de Iván Zulueta (que está compuesta por bastantes más cosas que sus dos largometrajes), el humanista Nicolas Philibert (documentalista galo encumbrado con todo merecimiento tras su hermosa Ser y tener) o el universo austro-chungo de Ulrich Seidl. De todo esto hablaremos, aunque sepan que hubo mucho más: miradas del sur, mestizaje, dietarios filmados, escuelas del cine del mundo... háganme el favor de pasarse algún año para comprobar que, en lo que a variedad se refiere, L’alternativa sirve el menú más variado de Barcelona.
Ulrich Seidl: el cafre que llegó del Danubio.
De Ulrich Seidl padecí la película que más proyección internacional le ha dado hasta el momento: Canícula / Día de perros (Hundstage, 2001). Esta "película" se llevó el premio especial del jurado en Venecia, entre otros muchos reconocimientos incomprensibles. Estética feísta, catálogo de situaciones límite, mal gusto crónico y ganas de herir sensibilidades: no se le puede negar a Ulrich que tiene las cosas claras a la hora de plantearse el ejercicio de su profesión.
Queda claro también que no le gusta su tierra natal, poblada por psicópatas del tuning, insatisfechas sadomasoquistas, divorciados forzados a cohabitar, viudos con ganas de marcarse un postrero homenaje y vecinos fascistas dispuestos a ajustarle las cuentas a quien ose rayar su coche.
Durante el visionado de la cinta, un extraño fenómeno me hizo replantearme mi condición de marginal: una parte importante del público... se reía. De acuerdo que algunas situaciones basculan peligrosamente entre el patetismo y el surrealismo, pero de eso a descojonarse viendo como torturan al alguien (incluyendo el encasquetamiento de una vela en su doble esfínter) o alguna risotada histérica escuchada mientras un macarra golpeaba a su chica... los personajes de Ulrich mueven a la conmiseración, aunque están retratados con tal falta de amor, que no me extraña que algunos saliesen convencidos de haber visto una buena comedia, cuando sólo se trataba de un flojísimo cuadro costumbrista-tremendista.
Mucho más interesante resultó su Imágenes de una exposición (Bilder einer Ausstellung, 1995), notabilísmo trabajo surgido de una idea bien sencilla: preguntar a los asistentes a una exposición de arte contemporáneo, qué les sugiere la contemplación de unos cuadros abiertos a demasiadas interpretaciones. Ni que decir tiene que el darles la posibilidad de verter ante la cámara sus teorías estéticas se traduce en un ejercicio freudiano donde cada cual "se deja ir", dejando bastante claras sus carencias y/u obsesiones.
No tiene desperdicio la confrontación marido / mujer: ella, callada y comedida, él, directo y visceral ante una forma de arte que no comprende ni puñetera falta que le hace. O el entendido encorbatado, dispuesto a encontrar explicaciones "elevadas" a creaciones que —le pese a quien le pese— sólo pueden catalogarse como tomaduras de pelo.
Destaca en esta fauna un personaje que se vislumbra lleno de posibilidades... tantas, que el director lo utilizó como protagonista en su siguiente trabajo: The Bosom Friend (Der Busenfreund, 1997). Háganse una idea del tipo: cincuentón que vive en casa de su madre, coleccionista y almacenador convulsivo de prensa escrita y dispuesto a largarle —a quien tenga la suficiente paciencia como para escucharlo— su propia teoría sobre las mujeres, el elemento fálico, el busto y la búsqueda incesante del calor vaginal. Vamos, un pobre diablo incapaz de valerse por sí mismo, lúbrico maestro de instituto encadenado a una rutina sórdida.
Ulrich Seidl, pues, se une al pelotón de cronistas desencantados de la centroeuropa más próspera. Un austriaco que odia cordialmente a su país y a cuyo lado Michael Haneke queda reducido a la categoría de "moralista bienintencionado". Eso sí... el bueno de Ulrich se pasa de frenada: le puede un denodado gusto por lo bizarro y explícito, inclinación que le lleva a caricaturizar una realidad grotesca, que nunca debería de resultar risible a un público mayoritariamente descolocado.
Iván 'a contracorriente' Zulueta.
Existe una reacción automática al decir este nombre: Arrebato. Sí, sí, Zulueta es el director de una de las pocas películas de culto que ha dado este país. ¿Más tópicos? Que si es un autor maldito, que si esto, que si lo otro...
Bueno, sepan que el primer largo de Iván se tituló Un, dos tres... al escondite inglés, un gracioso remedo de las películas hechas por Lester para los Beatles, incluyendo videocliperas muestras del pop-julay nacional. El argumento demuestra que la historia de este país se repite una y otra vez: unos jóvenes muy ‘modennos’ tratan de evitar que ninguna formación de esas que están en el candelero preste su voz a la última cutre-composición dispuesta a representarnos en el festival torturo-musical de marras.
Philibert: el hombre que sabía infiltrarse en comunidades
Sí, en comunidades reducidas, en grupos heterogéneos donde alguien ejerce de abnegado maestro dispuesto a darlo todo por hacerse entender, por llegar a sus alumnos, a sus enfermos o a sus amigos. Si todos quisimos tener un profesor como el Georges Lopez de Ser y tener, en las nuevas películas redescubiertas de este gran oyente —es magnífica la capacidad que tiene para estar ahí, al lado de alguien, sin forzarle a reaccionar por la mera presencia de la cámara— encontramos que ese estilo lo fue depurando durante la década de los noventa.
En El país de los sordos es capaz de explicarnos la importancia del lenguaje de los signos y la dificultad para hacerse entender con los que oyen, magistralmente escenificada en una boda entre sordos celebrada por un esforzado sacerdote no-sordo. Maravilla también, que seamos sólo nosotros (los "normales") quienes entendamos como un handicap algo que muchos de ellos consideran un don.
Nuevamente Nicolas nos presenta a unos individuos desconocidos, a los que seremos capaces de diferenciar, comprender e incluso apreciar al cabo de 90 minutos. Y no se trata de personajes elaborados por ningún guionista observador... ¿es eso capaz de entenderlo una parte del público? ¿El virus de la ficción lo tenemos inoculado desde pequeños? ¿Está este mundo falto de sensibilidad? Son posibles explicaciones a un hecho absolutamente increíble de no haberlo vivido: nuevamente, un sector de la platea se tronchaba con los problemas de integración de los sordos, encontrando divertidísimas las complicaciones impuestas por una sociedad acostumbrada a ejercer políticas aislacionistas para con los diferentes. Sonrojante. Y muy revelador.
Lo de menos nos lleva hasta las dependencias de una institución para el tratamiento de enfermedades mentales, alejada de la tenebrosa imagen que tenemos todos de los manicomios. En un entorno idílico, los pacientes hacen tiempo hasta la hora de tomar su siguiente medicación, a caballo entre la cordura y una locura que surge de vez en cuando, en ramalazos extraños, en frases sin sentido.
Se les mantiene activos, se estimula su capacidad creativa, se les conmina a participar en la elaboración de la comida (y a pesar de todo, ¡cuán inquietante resulta ver a un loco con un cuchillo en la mano!). Todo ello resumido en una función teatral veraniega, cuyos prolegómenos y representación final les llena de ilusión... y algo de confusión.
Jorge-Mauro de Pedro Ayuso
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