Érase una vez, en los suburbios de París…
Tuve la suerte de ver La escurridiza, o cómo esquivar el amor (de ahora en adelante, L´esquive) uno de los últimos días de la Mostra de Valencia del año 2004. En una edición irregular en la que se dieron cita un buen número de piezas de extrema ramplonería, el film de Abdellatif Kechiche se presentó ante la prensa con la modestia de la obra apenas conocida, en la que ni su cineasta, ni mucho menos su cuadro actoral, nos sonaban de nada. El resultado fue la inmediata sorpresa y admiración de todos. L´esquive es, sin ningún género de dudas, algo muy, muy diferente a todo lo que había pasado ante nuestros ojos.
La película de Kechiche plantea, sobre todo, cuestiones de tipo social y, más concretamente, se centra en el fenómeno de la inmigración al igual que otras tantas películas. Pero, y ahí radica su particularidad, el prisma y las formas que adopta el cineasta nada tienen que ver con piezas de aparentes similitudes temáticas. Ante todo, porque Kechiche no sermonea. Se desplaza, conscientemente, del criticismo maniqueo de, por ejemplo, Ken Loach para ahondar en un conjunto de personajes a los que trata con un mimo y una delicadeza asombrosas. Mientras que en la gran mayoría de las películas de contenido social o realista dichos personajes no son más que metonimias de instituciones, grupos étnicos o reductos urbanos con el fin de que el "mensaje" o las intencionalidades del director lleguen con mayor fuerza al espectador, Kechiche no precisa de estos elementos para lograr el mismo fin, porque L´esquive rezuma vida por cada uno de sus fotogramas. Los personajes poseen la gran virtud de la verosimilitud y aparecen ante el espectador como un reflejo nítido, puro y emotivo de la adolescencia, sin necesidad de recurrir a las situaciones extremas ni a la escatología tan habitual en el cine estadounidense y, por desgracia, últimamente también en el cine español.
¿Cuáles son, por tanto, los elementos de los que se sirve el cineasta para lograr consumar estos propósitos? Básicamente dos: el guión y la puesta en escena. El guión prescinde de todo elemento literario, tan habitual en el cine francés, a excepción de la integración narrativa de la obra de Marivaux Juegos de amor y fortuna que sirve al cineasta de contrapunto para descubrir sus verdaderas intenciones, ya que Kechiche opta por sumergirse en una naturalidad absolutamente deslumbrante. Los diálogos, extensísimos, copan amplios pasajes de la película con la peculiaridad de parecer inventados en el mismo momento de su declamación. No son diálogos que contengan la subjetividad del orador que intenta plasmar un determinado concepto ideológico en los mismos, sino la frescura y espontaneidad de un grupo de adolescentes de quince o dieciséis años, cuyas dudas y temores nada tienen que ver con los recovecos existenciales del mundo adulto. El guión (escrito por el mismo Kechiche), por consiguiente, juega con los retazos de la vida cotidiana de la manera más exacta y consecuente posible. El subtema de la inmigración no deja de tener protagonismo, por supuesto, pero adquiere un cariz marcadamente secundario al no ser una circunstancia que preocupe dentro de la coyuntura de los jóvenes protagonistas sino, estrictamente, una invención política. Lo que le interesa a Kechiche, lo que centra todos y cada uno de sus esfuerzos narrativos es la hermosa, ingenua por momentos, historia de amor entre Krimo y Lidia, así como los cruces y avatares del resto de chavales. Es este híbrido de intenciones lo que hace del guión de L´esquive un ejemplo paradigmático de una forma de entender el cine social alejada de trivialidades y superficialidades.
La dirección, por su parte, apunta una interesantísima doble vertiente. Kechiche construye la puesta en escena con una sobriedad espartana, sin incurrir en ningún tipo de exhibicionismo visual. Ello, por un lado, subraya las características realistas del film y lo enlaza, tácitamente, con el estilo de Tavernier e, incluso, de los Dardenne. Sin embargo, pronto se revela que esta opción visual escogida por Kechiche busca la objetividad más absoluta y no los flancos discursivos de los cineastas antes citados. La cámara de Kechiche es, sencillamente, un espejo que muestra a personajes y situaciones tal y como son, que no tiene la necesidad de revelar colores políticos, ni ahondar en puntuales miserias, ni mucho menos dejarse llevar por el peligroso terreno de la manipulación. Lo que Kechiche, en definitiva, muestra con el objetivo de su cámara es lo que acontece dentro de una articulación tan concreta como el universo adolescente.
Huelga decir que ninguna de las virtudes esbozadas podrían haberse consumado sin otro elemento a tener tan en cuenta como el propio guión o la dirección: las excepcionales interpretaciones de un conjunto de jóvenes actores no profesionales a los que el cineasta sabe extraer hasta el más mínimo recurso expresivo, para completar y redondear un tratamiento de personajes sencillamente perfecto.
L´esquive, sobria y concisa visualmente, hermosa y delicada argumentalmente es ya, a algo más de un año de su estreno, una obra muy importante dentro de la cinematografía francesa actual y un film revelación tanto para sus principales responsables como para quienes creíamos que el cine galo no hacía más que cubrir con el adjetivo de "qualité" lo que no era más que ramplonería y acartonamiento.
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