La camarera del Titanic (pequeño cuento de Navidad)
En la vida de uno existen muchos momentos de soledad, tantos que si hubiese que calcularlos la cifra sería tan elevada que nos asustaría. Yo, a diferencia de muchos, prefiero ser consciente de éstos y disfrutarlos con la mayor de las melancolías sin evitarlos. Uno de los momentos donde más solo se siente uno es en la Navidad. Y, como soy algo masoquista, me gusta regocijarme en ello. En diciembre, junto con el frío, lo que más odio es la Navidad y creo que es por ello que frecuento los bares más que nunca. Acostumbro a sentarme en la barra, tomar mi cerveza y relacionarme poco, excepto con mi camarera preferida.
—¿Cómo estás Salomón?— dice la camarera con su semblante alegre. Ella es alegre, no porque se sienta feliz. La felicidad que ella desborda no es más que una mera imposición profesional con los clientes y tal vez una autodefensa. —Bien— le respondo yo de manera escueta pero amable mientras ojeo un diario.
—¿Sabes que van a hacer una película de la vida de Manolete, el torero?— Ella sabe que me dedico al cine y por eso me habla de películas, para mí tiene mucho valor. —¿Qué te ha parecido Camarón?... a mi me gustó mucho— En esas situaciones es cuando uno debe olvidar todo lo que ha defendido en su vida profesional y convertirse en un ser humano, no en el atrofiado en el que me he acostumbrado a ser y sobre todo no decir...—¡Camarón! ¡Manolete!... ¡De qué mierda de cine me hablas!—
La camarera es muy aficionada al cine, al cine convencional, por supuesto, pero al menos intenta ser cinéfila... y lo proclama —¡Yo soy cinéfila!— y es que ve muchas películas. En el fondo no hay mucha diferencia con los otros cinéfagos. Ella, y la larga lista de novios que le he conocido hasta la fecha de hoy, han ido a ver todas las películas que en los multicines se proyectan cada semana, algo de lo que yo soy incapaz. Así que mirándolo fríamente hace más por la industria del cine ella que yo. Y si eso sirve para que alguien viva un intenso momento de felicidad, ¡Viva el cine convencional!
—Million Dollar Baby sí que es una gran película— dice la camarera. Ella es una fanática de ese film, y no es que no me parezca excelente pero para ella lo es por motivos extra-cinematográficos. La camarera es muy respetuosa con las personas que se proponen un objetivo y lo consiguen con esfuerzo y sacrificio. Ella también es así. Pero la película de la cual es absolutamente fan, que para ella es la mejor obra cinematográfica de todos los tiempos es Titanic. Yo sé que es así desde que hace varios años que me lo dijo. Ella sabe lo que opino del videojuego creado por James Cameron, así que evitamos hablar del tema por un mero respeto mutuo, tengo tendencia a perder los papeles con cierta facilidad. Recuerdo tantos y tantos momentos en los que me ha hablado de lo maravilloso que es el amor entre Leonardo Di Caprio y Kate Winslet que creo que hasta yo les admiro, de lo importante que es renunciar a tu vida por amor como hace la Winslet, luchar ante las adversidades por tu amada como lucha el rubito, pero sobre todo, enfrentarte a la muerte con la entereza con la que ambos lo hacen. Y si algo le sobra a la camarera desde que la conozco es entereza, tanta que podría haber salvado a todo el Titanic ella sola.
La camarera tiene casi treinta años como yo, pero por su vida podría ser mi hermana mayor. Perdió a sus padres cuando tenía diecinueve años en un accidente de tráfico, ella fue la única superviviente del choque. Dejó sus estudios universitarios y empezó a trabajar viviendo con sus tíos, fue de un lado a otro hasta estabilizarse y conseguir alquilar su piso, el mismo en el que vive a día de hoy desde hace ocho años. Aguantar a borrachos, buscones y maleducados hasta las tres de la madrugada cada día de la semana no es algo agradable, pero para ella es suficiente para poder vivir su vida feliz, una vida que también le permite disfrutar religiosamente de una sesión de cine en casa con Ghost. Esta es otra de sus películas preferidas, con la cual disfruta de la belleza de Patrick Swayze. Yo le digo que ahora es algo viejo, pero ella quiere recordarle como si siempre fuese a ser el de la película.
Esta semana, la camarera, está especialmente sensibilizada con Erin Brockovich, que trata de una mujer que pierde su trabajo. Ella tenía dos trabajos: por la mañana en una tienda de ropa y por la tarde en el bar. Ha sido despedida, mejor dicho, no le han renovado el contrato de trabajo en la tienda y, mientras cuelga las bolas de adorno del árbol de Navidad del bar, me explica que por culpa de eso su vida se "va a la mierda". Me cuenta que el jefe es un imbécil y que porque ella tiene casi treinta años ya no la quiere en su plantilla, que prefiere niñas de diecinueve, que dan mejor imagen. Mientras se acerca y se aleja del árbol, que está a mi derecha, portando espumillón para seguir decorándolo, me cuenta que todo se le va a complicar mucho.
La camarera podía pagar su piso gracias a que tenía dos trabajos, a que su sueldo era doble, miserable pero doble, y con ello llegaba a pagar su alquiler y le quedaba algo para comer y los gastos. Desde hace dos meses, la camarera no puede pagar el piso. El administrador, un esnob con pinta de general nazi, le ha dicho que si en diciembre se cumple la tercera cuota impagada debe irse. A pesar de haber estado ocho años pagando religiosamente, a pesar de haber reparado ella con su dinero la mayoría de los desperfectos del piso, a pesar de haber comprado todos los muebles, debe irse. El nazi no está por la labor de entender dos o tres meses malos en la vida de alguien. Y ella, no ha encontrado otro trabajo. Debe irse.
La Camarera mantiene su sentido del humor y me dice... aquí me sorprende ¡y mucho!, que se siente como el protagonista de ¡Qué bello es vivir! al cual durante la Navidad le desprenden de todo lo que posee. Su pequeña empresa, su familia, su gente y todo por lo que ha luchado los últimos años de su vida, se esfuma. Ella no es que tenga mucho, pero su piso es lo único que tiene y se lo van a quitar. Tal vez no es de su propiedad, pero seguro que lo conoce mucho mejor que el administrador de fincas, allí están todos sus detalles, sus pertenencias, su personalidad, en fin, su vida de ocho años. Ahora tendrá que vivir en una habitación que le alquilará una amiga y dejar sus cosas repartidas en casas de amigos, entre ellas, la mía.
La camarera, que dice haber descubierto el baile tras su fascinación por la película Dirty Dancing, baila sola en el bar donde soy el único cliente al que mostrar su estilo, y no es que pretenda demostrarme nada. Se sirve una cerveza para acompañarme y me cuenta que será la primera Navidad que no podrá celebrar en su piso. Al no tener familia con la que compartir estas fechas, la camarera organizaba fiestas donde acudía mucha gente que brindaban hasta al amanecer con alcohol y comida que ella preparaba concienzudamente para ese día, era su día... Ese día era la persona más feliz del mundo. Se acabó. Debe irse.
Se hace la hora de volver a mi casa, dos cervezas son suficientes para mí a esta hora... tengo sueño. Le doy un billete de veinte euros a la camarera para que me cobre.
—Hoy invito yo— dice ella y después de quedarse muda unos segundos me vuelve a sorprender con —¿No te gusta la frase... "Si tu saltas yo salto"? la dice Di Caprio en Titanic. Quiere decir que las personas no sólo debemos pensar en nosotros mismos, ya que sin los demás no somos nada, ¿para qué quedarse en el mundo si lo que más te importa se tira al mar?... ¿no te parece?— Yo sonrío con cierta soberbia intelectual porque me habla de Titanic y me dirijo a la puerta, no sin antes despedirme. —¡Por cierto Laura, si no nos vemos; ¡Feliz Navidad!— y le lanzo un beso desde lejos. Ella me mira con su habitual expresión de felicidad. —¡Feliz Navidad, Salomón. Disfrútala!
Salgo del bar y empieza a llover. Aprieto el paso mientras me subo el cuello del abrigo y pienso en Laura, en mi camarera preferida. Pienso en que quizá algún día haré una película dedicada a ella y la titularé "Camarera, camarera, tú eres buena, pero el mundo no se entera" En esos momentos, empapado, me río de mi propia simplicidad.
Tal vez el día de Navidad nadie recordará el piso que perdió Laura, tal vez ese día su casa estará vacía y colgará el cartel de "se alquila" en lugar del muérdago, tal vez ya no habrán luces que brillen iluminando sus fiestas, tal vez este año ella elegirá trabajar en el bar para olvidarse de todo, tal vez esta Navidad nadie se acordará de mi camarera del Titanic. Pero yo sí, y brindaré por ella, ese día y siempre.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS VALIENTES!
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