Treinta años sin Pasolini y... ¡un Bergman tras otros veinte!
Noviembre fue un mes de pan y circo: la humanidad toda contuvo el aliento ante el partido del siglo de este mes, ¡un Real Madrid-Barcelona, casi ‘na’! Pues bueno: llegó el día, se jugó, concluyó y... nada hubo.
Aunque los efectos secundarios duraron lo suyo: de repente, amainó la tensión política y los analistas de lo nimio se pasaron veinte minutos por telediario durante una semana ralentizando cada regate, cada pase, cada mirada fuera de(l) campo del nuevo Dios ibero, Ronaldinho (a ver cuánto dura...)
En la pantalla grande acaecieron otras cosas —de desigual relevancia— que paso a glosar, con el fingido desencanto habitual. (¿Se nota mucho que hice una porra y no me tocó?).
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Ingmar Bergman... ¿ha tenido algún día bueno en sus últimos 87 años de vida?- Los Méliès (ese par de salas del eterno retorno donde las películas van y vuelven con mágica precisión) organizan cada pocos meses mini-ciclos (cualquiera que sea la excusa es bienvenida) con el cine del más atormentado de los cineastas vivos o muertos. En esta ocasión pude repescar Pasión, otra de personajes aislados con los inevitables Max von Sydow, Liv Ullmann y Bibi Andersson. Vamos, igual de alegre que un velatorio...
No se dejen engañar por la sorna apóstata de este hereje. Bergman es el último de los grandes que todavía habita este mundo y de su importancia sólo se darán cuenta algunos cuando la noticia de su muerte inunde la sección de "espectáculos" en los periódicos y perpetren un montaje apresurado de tres minutos (ya saben, con el "the very best of") después de los deportes, para cerrar el noticiero de la uno.
Destaca en Pasión un recurso metacinematográfico bastante original, aunque lo haya visto ya en otras ocasiones: los cuatro protagonistas principales, claqueta mediante, son interrogados sobre aquello que les sugiere los personajes que están interpretando, estableciéndose un interesante diálogo entre lo que estamos viendo (¿ficción?) y aquellos que participan en la representación (¿realidad?).
Disfruto también con el estreno tardío de Saraband, unánimemente considerada como el "testamento definitivo" de Bergman entre los cronistas y gacetilleros españoles (¡qué ganas tienen de que la palme, joder!). Una película otoñal donde se mezcla la mitomanía de ver nuevamente en acción a dos de los mejores actores de su repertorio, con la sensación agridulce de saberlo todavía tan fiel a sí mismo, que es lo mismo que decir... triste, abandonado y solo.
David W. Griffith... y el resto.- Llegan directamente restauradas vía MoMA filmes del tipo aquél que enseñó al cine a expresarse y abandonar el balbuceo, el que sentó el canon de cómo debían de contarse las cosas (¿existe una forma "correcta" realmente?). Para simplificar: el Newton del cine, a la espera de que llegue un Einstein con una teoría general de la relatividad.
Entre lo visto (que incluía el tostón bíblico muy DeMillesco de Judith de Bethulia), me quedo con La batalla de Elderbush Gulch, un western de masas corriendo arriba y abajo con salvamento en el último minuto a cargo del milagroso séptimo de caballería (sello Griffith). Y sobre todo, con Un mundo aparte, donde la incombustible Lillian Gish se dedicaba a aguardar la vuelta de un amante empeñado en hacer fortuna allá, en la gran ciudad... bucólica y tradicionalista hasta decir basta, ¡pero con tanto encanto!
Por cierto, estas sesiones —como otras encuadradas dentro del cine silente— acostumbran a venir acompañadas al piano por un monstruo llamado Joan Pineda, uno de esos genios humildes, eternamente escondido detrás de la partitura y del que a buen seguro leerán panegíricos glorificadores cuando un día de estos nos abandone (el hombre este todavía está hecho un roble, así que esta circunstancia se dilatará mucho en el tiempo, ¿ok?). Aunque algunos honores en vida tampoco le irían mal, digo yo...
30 años sin Pasolini.- Nobleza obliga: ¡teniendo esta sección el título que tiene, no pretenderían que me mostrase indiferente a dicha efemérides!
No se dejen engañar por las apariencias: el cine de P.P.P. no me entusiasma especialmente, con las excepciones de Accattone, Mamma Roma y El evangelio según San Mateo. Y a ese pasote final titulado Saló, nunca le he rendido la enfermiza adoración que otros le profesan. Demasiada mierda, para mi gusto.
Lo que resulta indudable es (era) su condición contestataria. Un ‘tocacojones’ en toda regla y, por lo tanto, alguien de mi agrado (los demás somos meros aficionados: voceros sin gracia en comparación con el provocador de las gafas oscuras y los amigos de pelo rizado). Releo las extrañas circunstancias que rodearon su muerte... Pino Pelosi alegaba que tuvieron una fuerte discusión después de "una relación sexual insatisfecha" (¿?). Otros hablan —y resulta más plausible— de una "emboscada premeditada para acabar con una voz incómoda en la Italia de los años '70, la de un intelectual que se alzaba contra la clase dirigente" (Guido Clavi).
Bueno, tanto da. Las verdades nunca mitigan el peso de las ausencias. Descanse en paz, rodeado de angelitos asexuados a los que poder toquetear. ¡A tu salud, joven sátiro!
Isabel Coixet: la estulticia secreta de sus palabras.- Entrevistada aquí y allá con motivo de su último estreno, la Coixet no deja indiferente a nadie (bueno, o eso pretende... a mí particularmente me la trae al pairo, algo hastiado de su cultivada imagen de super-diva-oligofrénica).
Preguntada en un encuentro digital por los siniestros parecidos entre Rompiendo las olas y su última telemovie, contesta ‘to mu’ seria, haciéndose casi la ofendida: «Yo creo que la coincidencia anecdótica es la de la plataforma, que él sea un trabajador de la plataforma. Yo creo que en mis películas nadie se inmola en nombre de nada y que mis protagonistas tienen poco que ver con los de Lars Von Trier. Yo creo que a mí me gustan más las personas que a él. Y sobre todo me gustan mucho más las mujeres que a él».
Isabel —a ti, que tanto te gustan las "personas"— te recomiendo revises a la Bess de Rompiendo las olas, la Karen de Los idiotas o la Selma de Bailar en la oscuridad y compruebes —¡oh, terrible dolor!— cómo tu increíble talento jamás podrá describir sentimientos tan complejos como los de tu tan odiado y sin embargo genial colega. Por mucho que te gusten las mujeres más que a él... que está por ver.
Cine subtitulado o... ¿no cine?.- Sincopado debate en la redacción en torno a la manera "idónea" en que deben de verse las películas. Me explico: pocas dudas caben de que el cine debería de consumirse siempre en su versión original, si lo que de verdad interesa es apreciar plenamente una obra artística ("¿arte, cine? ¿De qué habla este payaso?"). Y esto no se debe a que nos guste practicar idiomas (mi poliglotismo comienza y acaba en un chapurreo hiriente del inglés), sino al hecho —creo que incuestionable— de que con el doblaje nos estamos perdiendo, cuanto menos, el 50% de la interpretación, teniéndonos que quedar con el sucedáneo impuesto por un tipo del que pocas veces conocemos, siquiera, el nombre. Pero ya saben cuál es la cantinela siempre que se toca este tema: "es que en España hay una escuela de dobladores tan maravillosa..." (que sería lo mismo que justificar la iconoclasta acción de un tarado que se dedicase a recortar los cuadros de Goya expuestos en el Prado con el argumento de que "tiene tal maestría a la hora de utilizar el cutter y la tijera... sabe seleccionar tan bien los trozos con los que quedarse de las grandes obras...").
Aquí se produce el primer trauma para un espectador medio. ¡Tener que leer las palabrejas esas que desfilan a pie de pantalla! Duro, muy duro. ¿Cómo vamos a lograr que el público aprenda a valorar el cine alejado de los cánones archiconocidos si para empezar y de motu propio jamás entraría en una sala de V.O.? El círculo deviene fácilmente en vicioso: "quiero ver algo distinto pero siempre acabo viendo un filme doblado porque en las películas "raras" hay que leer todo el rato y no se pueden hacen las dos cosas a la vez y..."
Educar al espectador. Tan fácil como eso. Y para mí, el camino (como para Jose Manuel López, vehemente editor de Tren de sombras (www.trendesombras.com) y furibundo defensor de formatos originales) consiste en ir "enganchando" paulatinamente al aficionado al cine (y futuro cinéfilo) con filmes subtitulados. Pero no podemos pretender pasar de 0 al infinito de una sola tacada: presentarles de sopetón a Béla Tarr o Alexander Sokurov y exigirles que los aprecien sí o sí, tendría (tiene) unos indudables efectos contraproducentes, como sin duda los tuvo el tratar de hacernos leer El Quijote a unas edades en las que lo único que podíamos hacer era... odiarlo cordialmente.
Poco a poco, paso a paso. Sin asustarles, sin golpearles en el bajo vientre con un cine elitista que no tiene porqué gustar a todo el mundo, que no tiene ni tan siquiera porqué ser sinónimo de cinefilia. Ganándonoslos y no haciéndolos víctimas de nuestros gustos particulares. Hacerles espectadores críticos con aquello que ven, apoyarles en la elaboración de SU propio criterio. Eso, en otro tiempo, se llamaba "educar en la ciudadanía"... ¿ahora?
Música de Nino Rota.- Pues ni más ni menos que eso: música de películas de Nino Rota (1911-1979) en el Auditori de Barcelona, con los "grandes éxitos" de ese compositor que nos hace tararear instintivamente cierta melodía cuando alguien menta Ocho y medio o Las noches de Cabiria. Se pudo escuchar también Waterloo, una suite sinfónica con temas de El gatopardo y —cómo no— un El padrino que suena doblemente doloroso escuchado en directo por una orquesta bien pertrechada.
Una orquesta dirigida en esta ocasión por Franco Petracchi, a quienes renombrados compositores italianos le han dedicado alguna de sus piezas (Mortari, Donatoni, Henze, Berio, Trovajoli... (1)). Por cierto, cuentan que Rota compuso la mayoría de las veces en deferencia a la amistad que le unía con Fellini, dando forma musical, delante del piano, a las improvisaciones y canturreos del director de Los vividores. Con todo, el compositor era consciente de que se repetía y estaba bastante hartito de su colega, demasiado intervencionista con el trabajo ajeno y obsesionado con tonadas que le recordasen una y otra vez a su infancia.
Otra curiosidad: Rota impuso a la Paramount trabajar para la partitura de El padrino sin tener que desplazarse a los Estados Unidos, algo receloso de que su consabida militancia de izquierdas le pudiese acarrear algún problema en plena época Nixon. Esto tuvo sus contrapartidas: sin su control directo, la productora hizo con sus arreglos lo que le hizo la real gana, enfatizando aquellas piezas que consideraba más "comerciales" dentro de un conjunto francamente impresionante. Rota aprendió la lección: En El padrino II, fue a los USA para evitar injerencias groseras.
Joaquim Jordà: un condenado a muerte se ha escapado.- Leo una sorpresiva entrevista al gran documentalista catalán en la cual revela, como quien no quiere la cosa, que aparte de estar enrolado en varios proyectos más o menos cinematográficos... tiene cáncer de hígado. Y lo suelta como quien no quiere la cosa, sin apostillarlo en exceso, sin lanzar ninguna soflama sobre la muerte o la voluntad de supervivencia. De hecho, reconoce que después de someterse a una primera sesión de quimioterapia, ha decidido renunciar a ningún tratamiento, porque no está dispuesto a pasar el 50% del tiempo que le queda en las salas de algún hospital.
Tres hurras por este insensato, por este loco-lúcido... y que tenga suerte en su viaje: seguir creando, ajeno a todo. ¡Aguanta, Joaquim!
El invencible Satyajit Ray.- La pieza de en medio de la trilogía de Apu —piedra de toque del cine indio y demostración pasmosa de neorrealismo bengalí— es Aparajito. Sin llegar a la intensidad lírica de La canción del camino, en esta segunda entrega asistimos a la adolescencia de nuestro descastado jovenzuelo, así como sus primeras intentonas por salir a flote tras abandonar el campo y recalar en la tumultuosa Calcuta.
¿Cualidades? Que todavía resista cualquier extrapolación con sociedades actuales (¡50 años después!). Pero sobre todo, la belleza y el ritmo de esta danza de la muerte donde paulatina pero inexorablemente van desapareciendo los "secundarios" de nuestras vidas: una abuela de la que apenas nos acordamos, una hermana que enfermó en mala hora, un padre que nos quiso mejores que él, una madre que trabajó y trabajó en silencio hasta morir de agotamiento... Jorge Manrique se reencarnó en este adorador de ríos vitales, de arroyuelos anónimos que desembocan en mares sin nombre.
Winterbottom, codificado.- Tarde, más bien tarde, rescato el Código 46 del siempre curioso (a veces incluso sublime, como en el caso de Wonderland) director británico.
Nuevo enfoque a un tema muy frecuentado en los últimos años (Gattaca, ¡Olvídate de mí!): la genética y la traición de la memoria. Gente que se amó y nunca lo sabrá, virus que permiten mejorar la empatía, sociedades tuteladas por Esfinges que todo lo saben...
Yo me quedo con tres apuntes (sí, cada loco con su tema): la generación espontánea de un nuevo idioma, amalgama azarosa de los ya existentes; la división de este planeta en dos castas, tema que ya abordó de manera más verista en In This World (aquí se necesita incluso de una "cobertura" limitada a n horas para pasar de uno a otro mundo) y la instauración de una policía del fornicio, dispuesta a evitar que te tires a tu hermanita pequeña in vitro, que en este futuro de cepas y espermatozoides en el ‘frigo’ nunca se sabe.
Rebuscando en el fondo de la caja...- Pero no de una caja cualquiera, no: hablo de La caja de Pandora, del ilustre olvidado Georg Wilhelm Pabst, película de las postrimerías del mundo (y tan postrimerías... 1929) más conocida por el nombre de su pérfida (¿o cándida?) protagonista, una tal Lulú.
Lulú (encarnada por Louise Brooks, actriz de fulgurante y pasajero estrellato que marcaría tendencias en moda capilar, flequillo mediante) es una mujer que acarrea la desgracia a todo aquel que entra en relaciones con ella. Y el caso es que no hace más que regirse por sus pulsiones más primarias, sin ningún tipo de inhibición o miramiento, sin ninguna consideración interesada. Cuando pretende a un hombre, créanme que sabe cómo conseguirlo: ninguno se resiste a sus encantos, es más... ¿por qué deberían hacerlo?
Desoladora en sus conclusiones, me recordó —por su contundencia alejado de moralinas— a la Avaricia de von Stroheim. (Por cierto, ¿alguien ha podido disfrutar de la versión restaurada en 1999, de cerca de cuatro horas?)
Dime qué blockbuster se estrena... y te diré quién te paga.- Prácticamente todos los periódicos de tirada nacional tienen un suplemento de tendencias cuya única razón de ser acostumbra a ser ganar premios de diseño en prestigiosos eventos internacionales. Se supone que son muy "alternativos" y "dinámicos", con el tarjet puesto en lectores entre 19 y 34 añicos, urbanitas, puestos en cine, música, restaurantes fashions y demás cultura de trivial pursuit.
El rollito reivindicativo ("ey, si quieres ser ‘chupiguay’ no te puedes perder la última de Tsai Nosequé Yeng") se va al carajo cuando la plata está en juego. Verbigracia: el estreno de la cuarta parte de Harry Potter. En ocasión de este "evento", el suplemento La luna de Metrópoli del diario El Mundo se marcó una triple portada con los rostros de los protagonistas y una editorial apestosa por lo sumisa, que bajo el título "Tres portadas para un acontecimiento excepcional" vertía "profundos análisis" de este calado: «Harry Potter y el cáliz de fuego promete convertirse en uno de los fenómenos sociológicos de las navidades (...) En España tiene como meta superar los casi seis millones y medio de espectadores que congregó en las salas Harry Potter y la piedra filosofal». Sonrojante. Periodismo de altura, arriesgado y... "militante".
La última de Zinnemann.- Se tituló Cinco días, un verano y fue la notabilísima despedida del director de Solo ante el peligro, De aquí a la eternidad o Chacal. Les ayudaré a hacer memoria: era la nada anecdótica historia de una aventura extramatrimonial en los Alpes suizos a principios de la década de los treinta, donde el alpinismo, las alturas y la majestuosidad del entorno desembocaban en una tragedia de cuento medieval.
Hay una escena en particular (siempre hay una en toda buena película) que se me ha quedado grabada: aquella en la que descubren entre el hielo del glaciar el cadáver de un hombre que, cuarenta años atrás, se despeñó en vísperas de su boda. La mujer con la que iba a desposarse, presentida viuda durante lustros de espera, acude a reconocer el cadáver. Un muerto por cuyo rostro no han pasado los años, protegido de los desaguisados del tiempo, resguardado por los rigores de un clima extremo. En cambio, ella no es ahora más que una anciana a punto de despedirse de este mundo, cuya faz cuarteada por los recuerdos pone de manifiesto una siniestra paradoja temporal que haría las delicias de Carl Sagan o Isaac Asimov.
Pequeños cambios = nuevas renuncias.- No te das cuenta, no sabes cómo y acabas acumulando una renuncia más. Pasará inadvertida para muchos; otros la agradecerán muy de veras, hallando en ella otro símbolo inequívoco de la modernidad, otro signo inequívoco de los tiempos.
Ya hay cobertura en los suburbanos. El metro, último reducto a salvo de conversaciones idiotas a distancia ("un besito", "estoy yendo para allá", "¿dónde me has dicho que era?", "te pierdo", "no empieces como siempre, cari") ha sido tomado por las ondas. El "gran plan" continúa su curso: al autista de la PDA se le unirá ahora el marido con mala conciencia que advertirá a la parienta de que ya está en camino, la quinceañera con brillantina en los párpados podrá decirle a su madre que llegará a cenar, el jefe podrá "pillar" al empleado que se creía a salvo, con una excusa plausible, finalizada ya su jornada...
Para mí, el metro (con sus 20 minutos de ida y sus 20 minutos de vuelta) significaba una de las pocas posibilidades de lectura ajetreada, con una mano en el travesaño y otra en el libro, pasando página penosamente entre el sobaco del vecino, la mirada perdida de aquel del fondo y la sonrisa pícara de una mujer que siempre anda pensando en otro. Un oasis bastante sórdido donde el silencio imperaba hasta que alguien entraba por la penúltima puerta del vagón recitando aquello de «soy ‘sicómano’ y me ha ‘dao’ la sida».
Quizás no importe, quizás sea lo mejor... ¿para qué leer, ya?
(1) Extraído del programa de mano nº 7, temporada 2005-2006.
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