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La última película de Fernando Meirelles es un milagro del cine comercial por dos motivos. Primero porque su tratamiento de la explotación de África no escatima puñetazos al mundo ¿civilizado?, si bien no el único culpable, sí el que colecciona más papeletas de la injusticia. Y ya sabemos que el cine mayoritario toma la pastilla azul de Matrix. Y segundo porque ha logrado reunir un reparto de estrellas que no se tapan los ojos ante la fealdad, una derivada de tercer grado en un colectivo que, por regla general, piensa que el mundo es un decorado más. Que Meirelles es una mosca cojonera quedó patente en Ciudad de Dios, pero que siguiera haciendo cortes de manga al sistema con un presupuesto mayor se antojaba difícil. Pues lo ha hecho. ¿Con concesiones a la novela original de John Le Carré?, sí. ¿Con típicos tópicos de las gentes del continente negro?, sí. ¿Con buenos muy buenos y malos muy malos?, sí. Pero lo ha hecho. De momento, Meirelles no se ha vendido.
La banda sonora es otra rara avis. Muy pocas veces un compositor no anglosajón tiene la oportunidad de musicar un guión producido en EE.UU. o Inglaterra, como es el caso. Hubo y hay excepciones como Nino Rota (El padrino), Ennio Morricone (Los intocables), Georges Delerue (Platoon) o Maurice Jarre (Lawrence de Arabia), casi siempre músicos de Italia y Francia, por la actividad de sus cinematografías. Pero españoles..., de aquí nada de nada. El donostiarra Alberto Iglesias, habitual en la filmografía de Julio Médem y el último Almodóvar, rompe esta costumbre con El jardinero fiel, aunque ya antes avisó con su breve participación en Comandante, el documental sobre Fidel Castro de Oliver Stone.
Lejos de estridencias o exhibiciones para venderse en el mercado, Iglesias ha decidido ser fiel, primero, a sí mismo, y después a su estilo, el minimalismo, mágico en Los amantes de círculo polar. Y la sinceridad tiene premio. La composición es un catálogo de pasajes sin melodías reconocibles que, como el personaje de Ralph Fiennes, viajan en busca de identidad por un continente en estado de coma, prostituido por las potencias occidentales, las empresas farmacéuticas y las mafias que venden armas. No hay un tema central ni piezas dedicadas a los protagonistas porque tanto estos como África han perdido sus huellas dactilares. Son extraños en un mundo organizado por despachos y corbatas. En África sólo existe un día a día caótico y desesperanzado, reglado por esquemas europeos, manos negras sin escrúpulos y conciencias sin conciencia.
La música traduce esta realidad con un lenguaje de instrumentos étnicos como la marimba (percusión ligera), pequeños golpes de piano, cuerdas y la prodigiosa voz de Ayub Ogada, solista en los temas Dicholo y Khothbiro. Como los acontecimientos narrados, el tono predominante es dramático y reflexivo, lejos de las melodías bucólicas que generalmente se aplican en las películas ambientadas en África. No hay belleza, paisajística o humana, en El jardinero fiel que no sea también desoladora y hostil porque las personas que viven allí no tienen futuro. La música nunca resta protagonismo a estas imágenes, sino que se mantiene como un murmullo que acompaña a Ralph Fiennes en su doloroso camino de respuestas. Este efecto atmosférico y errante, en continua mutación, piel musical de las mil caras de África, es el mayor logro de Iglesias. Sabemos que hay música, pero no podemos atrapar ninguna melodía; sabemos que África llora, pero sólo unas pocas manos no bastan para recoger las lágrimas.
Fuera de la pantalla la partitura tarda en digerirse, incluso se atraganta por momentos. Y es que el oído está acostumbrado a los esquemas academicistas de Hollywood, los patrones más clásicos, donde todo sigue unas normas armónicas. Do, re, mi, do, re, mi... Pero hay otro mundo (musical y social) que prefiere la libertad, el cielo como única frontera y la posición de sol como marcador de hábitos. Está en África, y lucha en desventaja por no ahogarse del todo bajo las ropas de una civilización impuesta.
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