Una película de... ¡¿Roman Polanski?!
Sí, su legendario nombre emparedado entre interrogantes y signos de admiración. Porque no sé si dudar de su autoría (en un ejercicio de caridad cristiana) o, sencillamente, poner el grito en el cielo ante el ineluctable hecho de que lleva su firma, de que el director de este anodino telefilme sea el mismo de Repulsión, El quimérico inquilino o Tess. Y es que Oliver Twist es la definición por antonomasia de mediocridad cinematográfica.
Luego pasaré a matizar tan contundente aserto, no se me espanten. Comencemos por los "síntomas": en los últimos tiempos, la cartelera ha vivido varios estrenos desnaturalizados, buenas películas —algunas de ellas, extraordinarias— donde el crédito de directed by pertenecía a alguien a quien ya creíamos conocer, directores personales (incluso personaliiiísimos) que nos sorprenden sometiéndose y/o aceptando la estética algo ramplona de los "filmes de Industria". A veces, con la aviesa intención de reírse de ella y sus mecanismos de arrastre, de ridiculizarla mediante un desabrido mimetismo. Pero sometiéndose extrañamente —y búsquense las excusas que quieran— a convencionalismos mil veces vistos.
Hablo de Broken Flowers (Jarmusch), de Una historia de violencia (Cronenberg) o de Match Point (Allen). Para las tres es válida la misma pega: interesante periplo emocional el de Bill Murray, pero… ¿dónde está nuestro Jarmusch? Magnífica reflexión sobre el huevo de la serpiente, pero… ¿este no es el director de Inseparables o Videodrome? Malévolo y retorcido Allen, pero… ¿dónde se ha dejado su estilo? (Estoy ejerciendo de abogado del diablo, pues en realidad no subscribo tales opiniones de las dos últimas).
Entiéndaseme por dónde voy: ¿pecan de docilidad los supuestos "autores", integrados tiempo ha en un sistema unificador y enemigo de personalizar los productos? Todavía es pronto para lanzar tan a la ligera una acusación así de grave, pero… el caso de Roman Polanski es de una crudeza palmaria, tan prototípico que da pie a tentaciones de extrapolación.
Por supuesto que se veía venir. La última gran película de Roman se remonta a principios de los noventa, la turbia Lunas de hiel. De ahí en adelante, en realidad sólo destacaría su participación como actor en Una pura formalidad, un duelo plagado de matices junto al también en eterna decadencia Gérard Depardieu. Hasta llegar, eso sí, a la unánimemente aclamada El pianista, que no pasaba de ser una película notable, donde el director renunciaba a parte de su universo escabroso (¡pero suyo y sólo suyo, a fin de cuentas! ¿Por qué otra cosa cree que pasará a la historia del cine?) en aras de un ansiado consenso entre crítica y platea… ¿o acaso se creen que hasta el más personal y rarito de los directores europeos no sabe hacer una película "que guste"? (Que no siempre es sinónimo de blockbuster: los mecanismos que regulan la afluencia a los cines entre los gentiles todavía escapan a simplificaciones matemáticas o ingerencias estadísticas).
Estos días ha caído entre mis manos Moteros tranquilos, toros salvajes un magnífico libro de Peter Biskind sobre aquella generación que intentó dinamitar el sistema desde dentro, a principios de los setenta. (Bueno, una explicación menos romántica diría que lo único que querían era conducir coches caros, acostarse con portadas de Playboy y meterse por la nariz cualquier cosa que les pasase su endomingado dealer). Fuera como fuese, aquellos vividores desbocados, parecían haberle encontrado un sentido a sus vidas: su oficio. Eran capaces de cometer las mayores locuras con tal de sacar adelante aquellos proyectos que más les motivaban, aquellas historias que más entroncaban con su manera de ser o de ver el mundo. Y Roman Polanski (como Coppola, como Scorsese, como Schrader, como Bogdanovich) formaba parte de aquella camarilla.
Algunos definen la inteligencia como la capacidad para adaptarse al medio. Convendríamos, de ser así, que Roman Polanski es una persona sumamente inteligente. No se si tendrá la sensación de haberse vendido (¿qué demonios importa eso si tu cuenta corriente tiene seis ceros más?), pero su última "creación" —de la cuál se ha reservado su parte del león como productor— nos presenta a un director cansado de su oficio, carente de ideas y —lo que es peor— incapaz de reconocer su sequía.
Porque Oliver Twist no aporta nada en absoluto al resto de versiones efectuadas hasta la fecha del clásico dickensiano. No sólo eso: carece de la fuerza, de la intención e incluso del aliento de sus predecesoras. Se erige, de hecho, en paradigma de un cine literario propio de otros tiempos, un cine que rinde pleitesía a una obra mayor proveniente de otra disciplina artística y que parece pedir perdón, en cada fotograma, por cometer tamaña tropelía; consciente en todo momento de que la literatura es una forma "más elevada" que la mera pulsión cinematográfica. Y si un director de cine cree tal cosa —o nos hace sentir tal sensación a través de su trabajo—… apaga y vámonos.
En la canónica y sublime Oliver Twist de 1948, David Lean nos dio una lección de claridad expositiva y sensibilidad isabelina (ya nos había demostrado en Cadenas rotas que entendía el particularísimo y desdichado catálogo dickensiano), en un fresco miserabilista donde sobresalía Alec Guinness como Doctor Honoris Causa en la universidad de la vida, el ambiguo y trágico-cómico Fagin.
Veinte años después, en la mastodóntica e hipertrofiada Oliver! de Carol Reed (es una lástima que este hombre haya pasado a los anales de la academia por este filme y no por El tercer hombre o El ídolo caído) y bajo un enfoque abiertamente lúdico, se nos presentó al más convincente de los Sikes: el sin par Oliver Reed (sí, por los apellidos adivinarán un claro ejemplo de justificado nepotismo), malo emblemático y con caché.
En 2005, Roman Polanski se limita a fotocopiar los originales con una preocupante desgana, en una película donde el máximo responsable parece haber sido el encargado del diseño de producción (solvente Allan Starski). Por lo demás: consabida y detallista reconstrucción histórica con música repetitiva y carente de cualquier intención enfática (todo un defecto en una historia tan dada a punteados melódicos como esta). Un Ben Kingsley que deja escapar la oportunidad de toda una vida: uno de esos papeles que cualquier actor ansía poder incorporar a su nómina de creaciones imperecederas. Unos niños sin gracia ni maldad, deficientes actores que ni tan siquiera han comprendido bien cuál es su cometido dentro de las desventuras del huerfanísimo Oliver.
Y algunas licencias francamente inexplicables: ¿qué pasa con los orígenes aristocráticos del protagonista? ¿Se quedaron en la sala de montaje o le parecieron excesivamente melodramáticos a Roman? ¿Y qué me dicen de condenar a muerte a Fagin —ignoro cuán fiel es en este particular al original, lectura de infancia diluida ya en mi memoria— "regalándonos" un postrero encuentro entre víctima y mentor donde este último, esquizofrénico perdido, parece una copia mala de Norman Bates?
Para qué seguir hurgando en la herida. Declaraciones de Roman Polanski: «las novelas del tiempo de Dickens no tienen la rígida construcción que se requiere para una película (…) Las aventuras de Oliver Twist están más estructuras en la película que en el libro (…) Con los otros personajes, quería que todos ellos fueran memorables, y creo que lo hemos conseguido (…) Para conectar con el público más joven no me dio miedo plasmar el lado más inquietante de la novela» . ¿Realmente no se entera de nada o todavía nadie se ha atrevido a decirle que ha rodado un entretenimiento pueril y redundante, cinematográficamente vacío?
Hoy tengo la muñeca rota para lanzar frases lapidarias: Polanski ha perpetrado una película masiva, un producto anónimo con ganas de arrasar en la taquilla navideña y asegurarle una jubilación dorada. Dice el bueno de Roman que «cuando mis hijos me llevan al cine, o salgo pitando a los quince minutos o me duermo».
Enhorabuena. Ha logrado hacer una de esas películas que va a ver con sus hijos. |