Demasiado, demasiado poco
Hay películas que hacen del exceso su principal seña de identidad. Pero aquello que en determinadas cintas es una virtud, constituye, en muchas otras, un lastre que las arrastra a profundas simas. Hay autores que recurren al exceso para propulsar sus obras, un exceso que a menudo lleva de la mano lo ético y lo estético. Serían los casos, tan dispares, del irregular Terry Gilliam en el fantastique o del sublime Douglas Sirk en el melo. Pero para el exceso hay que tener mano. Para medirlo, dosificarlo y hacérselo llegar al espectador de manera adecuada. Cuando mucho llega a ser demasiado, puede quedarse en demasiado poco. En el cine, lo importante no es que la trama sea verídica. Lo importante es que la puesta en escena haga que el espectador crea en el verismo que el autor le ofrece.
Ha habido este año tres estrenos que han planteado hacer del exceso su arma principal: El sueño de una noche de invierno, Joves y, ahora, este Viento de Tierra. Una hipérbole que deviene retruécano y las hunde a las tres en la inoperancia y al espectador en el aburrimiento. Este Viento de Tierra, crónica suburbana de seres desafortunados reúne con pasión operística tal conjunto de infortunios en torno a un único personaje que transforman una posible denuncia social en una fábula insuficiente que se cierra sobre el vacío de una historia mal construida y peor resuelta. Hay en este mundo mucha gente desafortunada pero la historia de Vincenzo parece un "aggiornamiento" de las plagas bíblicas: el padre pierde el trabajo, su madre no gana suficiente como zurcidora, su hermana emigra con un tío que resulta ser un acosador, Vincenzo ingresa en el ejército, su madre es echada del domicilio, Vincenzo es destinado a Kosovo (1) y, finalmente, casi solucionado, enferma por exposición al uranio enriquecido (¡). Esta crónica de una familia obrera de la periferia napolitana acaba sepultada bajo el exceso de desgracias sin que Vincenzo Marra consiga transmitir el dolor o la desolación imperante en los barrios miserables de esta Europa falsamente feliz. A Marra le sobra voluntad y le faltan recursos y capacidades. No hay un problema con los actores, mayoritariamente no profesionales. Hay un problema con la cantidad de cosas que quiere contar, de modo que produce un rechazo de la historia por parte del espectador. Y es lástima, puesto que los primeros 20 minutos de metraje contienen momentos interesantes: la panorámica de un barrio tan sobrepoblado como las favelas brasileñas, la mirada triste del padre de Vincenzo, el viento de tierra que barre las calles, los paseos en motocicleta en las calles sucias y polvorientas (como con los Dardenne, como en Siete vírgenes)…
¿Debemos condenar el cine social por sus excesos? En absoluto. Aun con sus ocasionales torpezas y su fealdad, Loach seguirá siendo un referente en el séptimo arte. Con su discurso árido y riguroso, Leigh nos recordará dónde estamos. Y quizás Frears vuelva por sus fueros en un futuro próximo. Mientras, junto al Mediterráneo, debemos seguir contando con la solidez ética y las apuestas narrativas, entre lo clásico y lo postmoderno, de autores como Nanni Moretti y Gianni Amelio. Nosotros y el propio Vincenzo Marra.
(1) De donde su mejor amigo, a punto de dejar el ejército, es salvado por falta de presupuesto para que se evidencie un destino fatal que, por coherencia con el resto de la trama, debería estarle reservado.
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